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Comienzan, allí, a excitar los odios llamados religiosos. Basta ver las fotos de millares de mahometanos indonesios que en Yakarta han clamado en masa por la guerra santa, con la misma cara torva con la que milicianos de su fe asesinaron a las buenas gentes de Timor Oriental, católicas por feliz herencia portuguesa. Se quejan de muertes en aquellas islas Molucas a las que también llevaron el cristianismo los grandes navegantes lusos y que fueron luego las sabrosas islas de especería, cuna de la pimienta, el clavo y la canela. Cuando la nao Victoria volvió triunfante a España mandada por el vasco Elcano no sólo había dado la primera vuelta al mundo; traía además en su bodega, desde allí, un precioso cargamento de clavo. Alguien tendrá la culpa, o la mayor parte de ella, en las luchas entre cristianos e islamistas contra las que esos manifestantes protestan y que, según las autoridades, han causado al menos mil quinientos muertos; y los criminales deberán ser castigados con dureza, sea cual sea la fe en la que se amparen. Pero empezar con ese pretexto una nueva guerra de religión sería una monstruosidad que los unos y los otros, creyentes en un solo Dios, deben impedir. Y no sólo allí: al sur de Egipto una veintena de cristianos coptos ha muerto por la mano airada de sus convecinos musulmanes. A nadie conviene, y menos que a nadie a los seguidores del Islam, que sea verdad el triste pronóstico de don Samuel P. Huntington sobre el choque de las civilizaciones. Una frase resume su pesimismo: Mientras el Islam siga siendo el Islam (como así será) y Occidente siga siendo Occidente (lo que es menos seguro), el conflicto fundamental entre dos grandes civilizaciones y modos de vida continuará marcando sus relaciones en el futuro, tal como las ha marcado durante los últimos catorce siglos. Entretanto, aquí como en el resto del mundo se ha celebrado el final del Ramadán, el mes del sacrificado ayuno y de la intensa oración para los seguidores del Profeta que, en España, son hoy más de trescientos mil, inmigrados, que son muchos, y propios, que son pocos. Lo han hecho en paz y sin ser molestados por los cristianos, los indiferentes o los ateos. Esa serenidad del espíritu se ha ganado con el tiempo. La bronca España de Almanzor y de la Reconquista albergó sin embargo también al Toledo de las tres religiones del Libro; y esperamos que nadie quiera atentar contra ella. Tal vez han disminuido entre nosotros algunos valores que creemos importante, como la firmeza en las propias creencias; pero, al menos, hemos ganado en tolerancia para con las ajenas. Abrigo la esperanza de que hayamos sabido rechazar la ley del odio para aplicar la del amor que el cardenal Rouco nos recomendó el Jueves Santo de 1996, día del Amor Fraterno, con las palabras evangélicas del mandamiento nuevo, el de que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Pocos meses antes, nuestro pastor había pedido a los católicos que mantengan con los no cristianos y con los no católicos una actitud ecuménica de acogida fraternal. Gran distancia va del odio al amor; como del pesimismo a la esperanza... Carlos Robles Piquer