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Pokémon es la polémica serie japonesa comprada por Tele5 y estrenada recientemente en la programación infantil de tarde. Tras el enorme éxito obtenido en Estados Unidos, Japón, Canadá y Australia, llega a las pantallas españolas, precedida por la recomendación de ser vista en compañía de adultos. Al margen de las quizá anecdóticas crisis epilépticas de 700 niños, que al parecer fueron provocadas por las excesivas ráfagas de luz y sonido del capítulo 38, que (estén tranquilos) al menos ése no será emitido en la versión adquirida para España, la característica fundamental de la animación nipona es su pobreza, tanto estética como argumental. Sorprende que un país de tan avanzada tecnología realice un producto tan precario, en el que los muñecos apenas tienen movilidad y su expresividad se consigue a través del desplazamiento de campo y la trepidante acción, que esconde por cierto un contenido bastante insulso. Los humanos de la serie tienen todos los mismos rasgos de pollo histérico que en muchas otras series japonesas, y sólo los monstruitos tienen cierta gracia. Otro aspecto fundamental, que conforma el argumento narrado a través de los capítulos, es que se trata de una auténtica máquina de hacer dinero, como prueba el negocio que desde 1996 se viene realizando mediante la venta de videojuegos, películas, juegos de cartas, etc.; más de 1.500 productos con los que se ha superado el billón de pesetas de beneficios en todo el mundo. El lema de estos dibujos: Hazte con todos, con el que se cierra cada capítulo de televisión, resume el objetivo de Pokémon: crear en los niños la necesidad de comprar, coleccionar e intercambiar; en definitiva, se dirige al público infantil como potencial cliente, cosa que por desgracia es muy frecuente. Estos dos motivos son suficientes para desaconsejar los dibujos en cuestión a nuestros menores, que ya reciben suficiente lavado cerebral consumista. Patricia López Schlichting
Pokémon