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Pedro Almodóvar ha logrado acaparar la atención de los medios de comunicación con la fulminante carrera de Todo sobre mi madre hacia los Oscars y los Goya (menos afortunado ha sido en los premios del Círculo de Escritores Cinematográficos que ha preferido inclinarse por Solas).
A pesar de lo controvertido del cineasta y de su, a menudo, provocativa filmografía, pienso que hay motivos razonables para brindarle apoyo en este momento crucial de su trayectoria creativa. Contrariamente a lo que escribieron muchos críticos cuando se estrenó la última obra del cineasta manchego, el camino iniciado por Almodóvar desde hace tres películas nos lleva a lo más interesante de su carrera. En ellas, parece haber abandonado las historias esperpénticas de los primeros tiempos, muy frívolas que no banales y que reflejaban una imagen de la España profunda con raíces más estéticas que sociológicamente reales. Con Todo sobre mi madre (y desde La flor de mi secreto) Almodóvar ha optado por un cine no sólo más personal si cabe, sino y esto es lo relevante más cercano a cuestiones existenciales decisivas y universales, como son la pregunta por el valor del sacrificio, el sentido del sufrimiento, la radicalidad del amor y de la vida más fuerte que la inconmensurabilidad de la muerte. Algunas de estas inquietudes ya estaban presentes en películas anteriores, como en ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, pero ahora Almodóvar ha madurado en su perspectiva y forma de plantearlas. Quedaron atrás la profesión de humor negro, el fetichismo obsesivo y la estética de cómic pop..., al menos en su versión más superflua e inconsistente. Todo sobre mi madre tiene un guión folletinesco y se mueve en esos terrenos tan queridos para Almodóvar, pero minoritarios y problemáticos, del travestismo, la prostitución y la promiscuidad. Pero toda esa fragilidad humana extrema está traspasada en esta ocasión por una mirada que va más allá de los falaces tópicos al uso que se vierten al tratar de esos sectores marginales. Por supuesto que el tratamiento de estos asuntos es insuficiente y su resolución no es totalamente satisfactoria. No podemos olvidar que la tradición artística de la que viene Almodóvar es genéticamente laicista. A pesar de ello, la sinceridad y honestidad aludidas, así como la humanidad vertida en la puesta en escena, llena de drama pero carente de cinismo e indolencia, hacen que el resultado global de Todo sobre mi madre sea un gran paso adelante en la forma de mirar la realidad del cine almodovariano. Por ello aplaudimos el cambio de rumbo de un cineasta que se acerca cada vez más a posiciones con las que sí es posible establecer un diálogo fecundo. Y si los galardones ayudan a confirmar esta tendencia, que sean bienvenidos. Juan Orellana |