RetrocesoA&ONº 196/20-I-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
III Domingo del tiempo ordinario
Evangelio
Cuando arrestaron a Juan, Jesús marchó a Galilea a proclamar el Evangelio de Dios.Decía: Se ha cumplido el plazo, está cerca el Reino de Dios: Convertíos y creed la Buena Noticia.

Pasando junto al lago de Galilea, vio a Simón y a su hermano Andrés, que eran pescadores y estaban echando el copo en el lago.

Jesús les dijo: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron.

Un poco más adelante vio a Santiago, hijo del Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca repasando las redes. Los llamó, dejaron a su padre Zabadeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con él.

Marcos 1, 14-20

Las redes del Reino
Dice Papías, obispo de Hiérapolis (siglo I-II), que Marcos, en el relato de su evangelio, no ha seguido bien el orden de los hechos pues hay cosas que, tal como se cuentan, resultan difíciles de comprender. Una de ellas es la llamada de los primeros discípulos. Basta una orden de Jesús para que dejen las redes, la barca —Santiago y Juan dejan hasta su propio padre— y le sigan. Hasta ese momento, Marcos no ha dicho que Jesús revelase el misterio de su persona o realizase algún gesto significativo para que aquellos pobres pescadores depositaran tan ciegamente su confianza en Él dejando su casa y su medio de vivir y siguieran a un desconocido.

La falta de aparente lógica que Papías achaca a Marcos se disipa si tenemos en cuenta que, cuando éste compone su evangelio, Jesús no es en absoluto un desconocido para sus seguidores. Es el Resucitado de entre los muertos, el Hijo de Dios sentado a la derecha del Padre, el Mesías de Israel y el Salvador de todos los hombres. Por eso, Marcos ahorra muchos detalles de la vida cotidiana de Jesús, que le dan a conocer a sus contemporáneos, y lo presenta irrumpiendo en la escena del lago con una autoridad y señorío inusitados, llamando a los apóstoles a su seguimiento. Y lo que el evangelista quiere resaltar con esta presencia soberana de Cristo es que el Reino de Dios está llegando con Él. De forma que, quien desea entrar en su Reino, debe seguir a Jesús y vincularse a Él. Jesús no sólo anuncia el Reino sino que lo da a quien se une a Él. De ahí que todo lo que se deja es poco si se trata de poseer el Reino de Dios.

Lo más hermoso de este evangelio es que la tarea de aquellos primeros pescadores de hombres no ha cesado, y que sus sucesores siguen arrojando las redes —la red es un hermoso símbolo del Reino de Dios— y aumentando el número de los que siguen a Cristo. Y si no son más, no es porque Cristo haya perdido autoridad o señorío sobre los hombres, sino porque son muchos los que prefieren las redes, la barca y su propia seguridad a lanzarse a la misión de ser pescadores de hombres en un mundo en el que no faltan mercenarios para meterlos en su red. El evangelio de hoy pone el dedo en la llaga de lo que significa la fe en Cristo. Como muy bien ha dicho el cardenal Danielou, el único problema para la fe es el de saber si Jesucristo me ofrece todas las garantías para fundamentar mi vida sobre Él. Pedro, Andrés, Santiago y Juan no lo dudaron y gracias a su decisiva cooperación el Reino de Dios ha llegado hasta nosotros.

+ César Franco
Obispo auxiliar de Madrid


Año de Gracia
El día que se llama del sol (domingo) se celebra una reunión de todos los que moran en las ciudades o en los campos, y allí se leen los Recuerdos de los Apóstoles, que se llaman evangelios, o los escritos de los profetas. Luego, cuando el lector termina, el presidente hace una exhortación e invitación a que imitemos estos bellos ejemplos. Seguidamente, nos levantamos todos a una y elevamos nuestras preces. Una vez terminadas, nos damos mutuamente ósculo de paz. Luego, al que preside se le ofrece pan y vino, y tomándolos tributa alabanzas y gloria al Padre del universo por el nombre de su Hijo y por el Espíritu Santo, y pronuncia una larga acción de gracias, por habernos concedido esos dones que de Él nos vienen. Y cuando el presidente ha terminado, todo el pueblo presente aclama diciendo: Amén. Ahora viene la distribución y participación, que se hace a cada uno, de los alimentos consagrados, y su envío por medio de los diáconos a los ausentes. Este alimento se llama entre nosotros Eucaristía. Porque no tomamos estas cosas como pan común, sino que, a la manera que Jesucristo, nuestro Salvador, hecho carne y sangre por virtud del Verbo de Dios, tuvo carne y sangre por nuestra salvación, así se nos ha enseñado que, por virtud de la oración al Verbo de Dios, el alimento sobre el que fue dicha la acción de gracias es la carne y la sangre de Aquel mismo Jesús encarnado.

Los que tienen y quieren, cada uno según su libre determinación, da lo que bien le parece, y lo recogido se entrega al presidente y él socorre a los huérfanos y viudas y a cuantos se hallan en necesidad.

Celebramos esta reunión general el día del sol por ser el día primero en que Dios, transformando las tinieblas y la materia, hizo el mundo, y el día también en que Jesucristo, nuestro Salvador, resucitó de entre los muertos.

de Apología I. San Justino