RetrocesoA&ONº 196/20-I-2000SumarioEn portadaContinuar
Noches de movida, noches en vela
Tiempo ha, un cantante juvenil de éxito, Adamo, cantaba a la noche: La noche me hace al volver enloquecer. La noche siempre es un tiempo acotado; hay noches especiales para románticos, noches para licántropos, noches para Walpurgis, noches para gatos, y desde luego noches para jóvenes. Cultura, movida, noche, se han hecho sinónimos, aunque luego la movida sea aquinética, paralizada sobre un bordillo, con una litrona a mano y un largo orín para despedirla. Porque, la noche es del joven. Ahí tienen ellos sus ritos iniciáticos y ahí su psicología evolutiva, su ámbito de autosacralización, su Narciso nocturno.

A ellos, o les sobra fuerza, y por ende pueden estar activos día y noche —desde luego a sus padres no les sobra tanta, y la noche les invita a descansar—, o deberán restituir durante el día las energías que entregan a la noctivagancia, y eso significa que, al día siguiente, el trabajo se resiente, el sueño debe conciliarse a plena luz, los ritmos horarios mutan, y con ello un cierto desajuste.

Además, durante la noche ¿dónde están nuestros jóvenes? No pocos padres tienen la sensación de que durante el día están bajo control, pero durante la noche el descontrol campea; sin embargo, el descontrol es del alma, y no distingue horarios. Desde luego, sí hay ocasiones para el descontrol durante la noche, quizá más que el día, ya de suyo descontrolador. Eso es todo.

¿Y volver, volver, volver? Los padres con menos personalidad creen amarrar más a sus hijos soltándoles todas las amarras: que vuelvan cuando quieran, para que no me llamen antiguo. Ésa es otra de las paradojas que la noche produce.

Por lo demás, el sentimiento de culpabilidad de los padres se desarrolló freudianamente más por la noche... ¿Por qué?

Carlos Díaz