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Los jóvenes son realmente una esperanza? Así se formuló la pregunta al Santo Padre en el libro Cruzando el umbral de la Esperanza, acerca de las nuevas generaciones. Juan Pablo II contestó diciendo que los jóvenes son los de siempre, independientemente de cualquier época, aunque el contexto sea distinto: un clima positivista frente al de tradiciones románticas anteriores. Terminaba el Santo Padre diciendo que tenemos necesidad del entusiasmo de los jóvenes, y éstos, de un guía, y que quieren tenerlo muy cerca.Este año el regalo estrella de Reyes ha sido el teléfono móvil (sin entrar en las valoraciones de ética publicitaria respecto al producto anunciado en distintos medios), y muchos de los que lo han recibido han sido precisamente los adolescentes españoles En muchas ocasiones han sido los padres los que han colaborado con los Magos de Oriente que, ante las salidas y entradas de sus hijos, quieren tener un punto de contacto, una apoyatura que les devuelva la tranquilidad, pues se trata de calmar la conciencia ante un supuesto control a distancia. Pero el problema no está en las lejanías, sino en las cercanías. La juventud, y cada vez parece que se empieza a ser joven antes, está cambiando sus hábitos y se mueve más. La denominada movida de fin de semana dista mucho de las costumbres de hace unos años: hoy cuando un padre le dice a su hijo que vuelva, por ejemplo, a las 11 un sábado, el hijo le suele mirar como a un ser extraño, porque a esa hora es cuando empieza a salir la gente. Así que muchos padres han preferido regalar el móvil, que es como el busca de los médicos. ¿Qué pasa, pues, con los jóvenes los fines de semana? Pues que tienen otra manera de estar en la sociedad, de relacionarse, de divertirse. Y los padres, como poco, quedan en su mayoría desconcertados. Claro, son dos maneras de captar un mismo problema (si es que estamos en realidad ante un problema): los padres que no entienden qué hacen sus hijos a esas horas de la noche por ahí, porque a ellos les han educado diciéndoles que la noche y el salir a ciertas horas no es bueno para nada; y luego la actitud de los hijos, que se sienten incomprendidos porque en realidad no hacen nada malo, y no hay por qué no creerlos: la salida para ellos es estar con los amigos, hablar de sus cosas, y sin estar pendientes del reloj, porque están a gusto. |
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Se ha estereotipado en exceso la combinación de alcohol, drogas, sexo y nocturnidad de los fines de semana, que es algo posiblemente más marginal de lo que pudiera parecer en una primera apreciación. ¿De verdad creemos que nuestros jóvenes son unos pervertidos, unos insociables, o unos lo que sea
? Pensar así es simplificador e injusto, aunque se pueda decir que somos ingenuos. Los jóvenes son jóvenes, y tienen todo su empuje y todas sus ganas y es bueno que lo tengan. Aprender a captar la vida es algo que no puede uno hacer por otro; tiene que hacerlo cada uno (no se entienda esto como una especie de cheque en blanco, por nuestra parte, para que cada cual haga lo que le apetece). Naturalmente, los padres no pueden dejar de ejercer como padres, y los hijos han de aprender también a ser hijos. Esa corresponsabilidad mutua nace de la confianza y del trato cercano, que brilla por su ausencia en la mayoría de los casos. ¿Hemos comprendido que, detrás de cada problema de un joven, existe una situación personal que evitamos conocer, ya que entonces nos comprometería más de lo que estamos...? Bastante tiene uno con sus problemas como para ocuparse también de la educación de los hijos; para eso está el colegio o la universidad.
Ejercer el control sobre el hijo no es siempre la mejor manera de ser padre. Como decía Juan Pablo II, hay que enseñar a lo jóvenes el amor, y para ello los padres, por ejemplo, han de amar el amor humano que brota de la propia experiencia personal, y que es necesario comunicar, sabiendo que lo que se enseña es para ser vivido, no para situar a cada uno en su sitio y, sobre todo, imponiendo sin diálogo posible el propio juicio. Se me ocurre aquí una reflexión. No hay que perder de vista, mutatis mutandis, que Jesús adolescente dejó preocupadísimos a María y a José porque se quedó en el templo sin que ellos se dieran cuenta. Es curioso que ni siquiera les avisó, no les dijo: Vosotros volved sin mí, que yo tengo que arreglar unos asuntos. Se quedó sin más. Y luego, ante la intervención de María y la explicación de Jesús, ellos tampoco terminan de comprender. Hay cosas de los hijos que no se entienden y que, a lo mejor, tampoco es necesario entender. María, sin embargo, guardaba todas esas cosas en su corazón. Quizá sea ése el secreto: guardar más en el corazón y tratar de ir ponderándolo, rumiándolo allí. En cualquier caso, lo que sí parece claro es que María y José confiaban en Jesús, que iba creciendo en sabiduría y en gracia ante Dios y ante los hombres. ¡Qué hermoso es pensar ese aprendizaje mutuo de padres e hijos basado en la confianza, y al mismo tiempo dejando claro, naturalmente que sí, que unos son los padres y otros son los hijos! Pero confiando. Confiar es eso: fiarse del otro, saber que el otro intentará al menos hacerse digno de esa confianza, y ahí está el intríngulis: el controlar si el niño hace esto o lo otro, dejará paso a la tranquilidad de saber que es un chaval que se va a comportar como debe. En definitiva, se trata de educar en libertad. Cuando no existe la auténtica libertad, el control y la sospecha sustituyen a una buena educación. ¡Cuántos tutores, llevados por su propia inseguridad, proyectan hacia los jóvenes sus frustraciones , y cuántos jóvenes, no teniendo un referente en los mayores, buscan otros padres adoptivos! No es una especie de insurrección a favor de los hijos, sino una posible pista para aprender también a ponerse en el lugar del otro ¡Ah!, no estoy en contra de las nuevas tecnologías; así que el teléfono móvil, que un padre regaló al hijo, puede ser ocasión para una llamada del tipo: Papá, sé que estás hoy con mucho trabajo en la oficina, pero, ¿quedamos a comer y charlamos un rato? A.J. Sánchez |