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Celebramos estos días la Semana de oración por la unidad de los cristianos. Este año tiene como lema las primeras palabras del himno cristológico recogido en la carta de san Pablo a los cristianos de Éfeso: Bendito sea Dios... que nos ha bendecido en Cristo. Las distintas estrofas del himno invitan a bendecir a Dios que nos ha salvado por Cristo y en su Espíritu hemos sido enriquecidos con sus dones.El Gran Jubileo del año 2000 representa una oportunidad para escuchar atentamente la llamada del Espíritu Santo a la plena unidad de toda la familia cristiana. No hay que olvidar que el compromiso ecuménico es para la Iglesia católica un imperativo de la conciencia cristiana iluminada por la fe y guiada por la caridad. La tarea ecuménica no es un mero apéndice que se añade a la actividad tradicional de la Iglesia, sino que pertenece orgánicamente a su vida y a su acción. Desde siempre el Espíritu es el admirable constructor de la unidad de la Iglesia. En Pentecostés se produce la efusión solemne y universal del Espíritu. Los apóstoles estaban reunidos juntamente con María, la Madre de Jesús y con los hermanos de éste. En aquel acontecimiento quedaron todos llenos del Espíritu Santo. Esta persona divina les impulsó a llevar a cabo el encargo recibido del Señor Jesús: Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. EL ESPÍRITU DE PENTECOSTÉS
La admirable unidad de la primera Iglesia de Jerusalén es uno de los efectos más llamativos de la venida del Espíritu Santo. El espíritu de unidad era tan profundo que los creyentes no tenían sino un sólo corazón y una sola alma. Sin embargo, la comunión eclesial se vio pronto amenazada. Ya el mismo Pablo lamenta y condena las escisiones que se producen en las primeras comunidades cristianas. Siglos más tarde, comunidades no pequeñas se separaron de la plena comunión de la Iglesia católica, a veces no sin culpa de los hombres de una y otra parte. |
| El segundo milenio ha sido testigo de múltiples y profundas divisiones dentro del seno de la familia cristiana. Los cristianos estamos estrenando el año 2000 de la presencia de Cristo en la Historia mediante la Encarnación. Al mirar hacia atrás, caemos en la cuenta de la necesidad de volver al espíritu de Pentecostés. Somos conscientes de que el espíritu de Babel busca destruir la unidad del Pueblo de Dios. Es urgente recobrar y fortalecer la sintonía con el Espíritu Santo. Él mismo, a principios del siglo veinte, ha suscitado el llamado Movimiento Ecuménico, que tiene como meta restablecer la plena unidad visible entre todos los bautizados.
Juan Pablo II tanto en la carta apostólica Tertio millennio adveniente como en la Bula Incarnationis Mysterium, nos recuerda que la unidad es un don del Espíritu Santo, y que es necesario impetrarlo. El Espíritu Santo, como misterio de comunión personal, anima permanentemente el diálogo de caridad entablado entre las diversas Iglesias y comunidades cristianas. Él nos impulsa a rechazar ciertas exclusiones que hieren la caridad fraterna y el orgullo de creernos siempre los mejores. La Iglesia es una comunión, una fraternidad de personas. En ella se unen un principio personal y un principio de unidad. La armonización de ambos es obra del Espíritu Santo. Hoy día, de una forma u otra, toda la familia cristiana está empeñada en el diálogo de carácter doctrinal. En múltiples diálogos teológicos se están analizando los diversos puntos de divergencia, a fin de alcanzar un mayor consenso doctrinal. Conviene presentar toda la doctrina con claridad, evitando todo falso irenismo. Ahí está el reciente acuerdo sobre la doctrina de la justificación, alcanzado por la Federación Luterana Mundial y por la Iglesia católica después de tres décadas de diálogo teológico. La misión de predicar la verdad, confiada por Cristo a los apóstoles y a la Iglesia, está ligada, y lo seguirá estando siempre, con la actividad personal del Espíritu de la verdad. Él, mediante el ecumenismo doctrinal, quiere guiar a todos los bautizados hasta la completa verdad cristiana. VALOR EN LA ORACIÓN
El ecumenismo espiritual representa el alma del movimiento ecuménico. La entrada en el año 2000 supone para los cristianos una exigencia de renovación y de conversión. Es evidente que no hay verdadero ecumenismo sin conversión interior. La aspiración de cada comunidad cristiana a la unidad está en relación directa a su fidelidad al Evangelio. El Espíritu Santo, dulce huésped del alma, es la fuente íntima de la vida nueva con la que Cristo vivifica a los que creen en Él. El Espíritu anima la vida interior de los discípulos de Cristo. De la vida según el Espíritu brota la auténtica renovación de las Iglesias y comunidades cristianas. Nadie duda de que la oración es un medio sumamente eficaz para pedir la gracia de la unidad: es la expresión auténtica de los vínculos que siguen uniendo a todos los bautizados. La meta de la unidad aparece más cercana cuando los cristianos rezan juntos. Después de veinte siglos, es necesario actualizar la oración de Jesús al Padre: Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado. En nuestra vida el Espíritu Santo se manifiesta como Espíritu de oración. En realidad, el Espíritu Santo se presenta como el autor de la oración cristiana, porque Él ora en nosotros, viene en ayuda de nuestra debilidad y nos impulsa a orar. La experiencia nos indica que el logro de la unidad no puede ser sólo ni sobre todo fruto de los esfuerzos humanos, aun siendo estos indispensables. La unidad, en definitiva, es un don del Espíritu Santo. Así se lo escribía Pablo VI al Patriarca ecuménico Atenágoras I: Pueda el Espíritu Santo guiarnos por el camino de la reconciliación, para que la unidad de nuestras Iglesias llegue a ser un signo siempre más luminoso de esperanza y de consuelo para toda la Humanidad. Que cada comunidad cristiana pida con insistencia y confianza al Espíritu la gracia de reforzar su propia unidad y de hacerla crecer hacia la plena comunión con las demás comunidades cristianas. Sin la sintonía con el Espíritu Santo no es posible avanzar por el verdadero camino de la unidad. Que Él conceda a la familia cristiana la lucidez para saber pedir lo que más conviene a la unidad. José Antonio Gil Sousa |