RetrocesoA&ONº 196/20-I-2000SumarioIglesia en MadridContinuar
El pecado de la desunión
«El Gran Jubileo: una llamada a la conversión» es el título de la exhortación de nuestro
cardenal arzobispo con motivo de la Semana de Oración por la Unidad de los cristianos. Dice:

En los primeros pasos de este excepcional itinerario espiritual y pastoral que significa el Gran Jubileo del Año Dos Mil, nos encontramos con la llamada a la oración por la unidad de los cristianos, en esta semana ya tradicional que culmina con la celebración, el 25 de enero, de una gran conversión —quizá la más trascendental en la historia de la primera evangelización—: la de Pablo de Tarso, el que iba a sembrar la semilla del Evangelio y a implantar la Iglesia en toda la geografía del orbe romano con el dinamismo de la universalidad: como la Católica.

Juan Pablo II no vacila en afirmar que, entre los pecados que exigen un mayor compromiso de penitencia y de conversión, han de citarse ciertamente aquellos que han dañado la unidad querida por Dios para su Pueblo. El milenio que acaba ha sido especialmente doloroso para la unidad de la Iglesia. Dos rupturas, especialmente lacerantes, marcan el principio y la mitad cronológica del segundo milenio de su historia: la de las Iglesias de Bizancio (1054) y las de la llamada Reforma protestante (1517). Los hechos ocurrieron no sin culpa de los hombres por ambas partes, y sus efectos siguen impidiendo en la actualidad la plena comunión eclesial.

Es cierto que se ha avanzado mucho en el camino del acercamiento y de la oración ecuménica. ¡Pero cuánto queda todavía por recorrer en esta hora histórica de verdadera encrucijada para la evangelización del hombre contemporáneo! Lo que hoy se cuestiona es ya pura y desnudamente la fe en Dios: en el Dios verdadero. Es necesario —por ello— hacer enmienda, invocando con fuerza el perdón de Cristo, como nos insiste el Papa. Hay que volver a ese modelo de conversión que fue Pablo de Tarso, el apóstol del amor apasionado a Cristo.

Hoy se persigue a Jesucristo de muchos modos. De la forma brutal y directa como la intentaba llevar a cabo Pablo en Damasco, y de otras muchas sutiles e insidiosas; incluso por la vía de la omisión e inhibición. Los que persiguen a Cristo y su Evangelio y los que se inhiben ante Él, se aproximan mucho.