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Con gran júbilo nos disponemos a celebrar el bimilenario del Nacimiento de Jesucristo en Belén. El Jubileo, para los cristianos, es un tiempo especial de salvación, un Año de Gracia del Señor, proclamado por la Iglesia para que todos los fieles puedan gozar más abundantemente de la gracia y de la misericordia divinas. Dios nos llama a cruzar, junto con nuestros contemporáneos, el umbral del tercer milenio de la era cristiana. Si somos dóciles a la acción del Espíritu Santo, el Gran Jubileo supondrá para nosotros y para el mundo una nueva primavera de vida cristiana .Ningún acontecimiento histórico, ningún descubrimiento, ningún avance en el progreso de la Humanidad, por sorprendente o esperanzador que pueda resultar, podrá superar nunca la importancia del hecho histórico de la Encarnación del Hijo de Dios. Se trata de un hecho histórico, datable por tanto y localizable cronológica y geográficamente. He aquí el carácter histórico del cristianismo. Dios se ha hecho presente en la Historia, en Jesús de Nazareth. La encarnación del Verbo es el hecho central de la Historia que la divide en dos, estableciendo un antes y un después; y, sin embargo, el designio de salvación de Dios es único, porque única es la voluntad de Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. En el cristianismo, el tiempo tiene una importancia fundamental. Este señorío y centralidad de Cristo en la Historia, y la celebración de un tiempo jubilar, nos lleva a reflexionar sobre la historicidad y temporalidad del hombre. En este tiempo existencial, el hombre dispone responsablemente de sí mismo y de su acción, está abierto hacia el futuro y hacia la transcendencia; sin embargo, no puede alcanzar por sí mismo una vida plena. El tiempo da esperanza al hombre. La promesa de Jesús a sus discípulos, Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo, se cumple ininterrumpidamente. |
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RETOS DE NUESTRA SOCIEDAD
-En una era neopagana como la actual, en la que muchos cristianos, especialmente los más jóvenes, viven indiferentes frente a Jesucristo, asumiendo en sus vidas criterios y formas que los acercan a un ateísmo práctico, y en la que el humanismo secularizado ha extirpado los valores cristianos de su raíz religiosa, es urgente que iluminemos la conciencia de los hombres con esta verdad fundamental: La única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. Únicamente es posible un verdadero y auténtico humanismo si los hombres se abren y se adhieren a la verdad de Jesucristo. En los umbrales del tercer milenio, está teniendo un notable éxito, en nuestros pueblos de antigua tradición cristiana, la New Age. Frente a este fenómeno que auspicia un tercer milenio no cristiano sino cosmológico, el Gran Jubileo del año 2000 nos recuerda que el redentor del hombre, Jesucristo, es el centro del cosmos y de la Historia. En el Año Jubilar Dios nos ofrece, de manera singular, el don de su amistad, la reconciliación con Él, el perdón de los pecados, así como la indulgencia plenaria. Siguiendo la pedagogía divina, este tiempo jubilar nos invita a la conversión y a la penitencia. Animo de corazón a todos los fieles, sacerdotes, consagrados y laicos, a vivir la misericordia de Dios, realizando estos signos jubilares, como expresión de la voluntad de convertirse al Señor. |