RetrocesoA&ONº 196/20-I-2000SumarioMundoContinuar
Discurso anual del Papa al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede
¡Nunca más unos contra los otros!
El tradicional discurso anual del Santo Padre al Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede
es cada año como el termómetro con que el Papa mide la situación mundial.El pronunciado
el pasado día 10 ha tenido un significado muy especial. En el último año del siglo y del milenio,
Juan Pablo II invita a reflexionar sobre el pasado y a aprender de los errores cometidos,
y en el Año Jubilar, lanza un grito de esperanza a todos los pueblos de la tierra:
¡Nunca más unos separados de los otros! ¡Nunca más unos contra los otros!
¡Todos juntos, solidarios, bajo la mirada de Dios!

Pocos, si es que alguno, han tenido una visión de la Historia tan preclara como Juan Pablo II, compañero de camino de muchas generaciones de este último siglo, que ha compartido las duras pruebas de su pueblo de origen como las horas más sombrías vividas por Europa, tal como él mismo quiso definirse ante los embajadores acreditados ante el Vaticano. El Papa no habló ex cátedra, no pretendía teorizar, sermonear o acusar a nadie:

Quien les habla, excelencias, señoras y señores, después de más de veintiún años siendo Sucesor del apóstol Pedro, se siente como revestido de una paternidad universal que abarca a todos los hombres y mujeres de este tiempo, sin ninguna distinción. Hoy, por medio de ustedes, que representan aquí a casi todos lo pueblos de la tierra, quisiera hacer llegar al corazón de cada uno una confidencia: al abrirse las puertas del nuevo milenio, el Papa piensa que los hombres podrían finalmente aprender a sacar las lecciones del pasado. Sí, pido a todos, en nombre de Dios, preservar a la Humanidad de nuevas guerras, respetar la vida humana y la familia, colmar el abismo entre ricos y pobres, comprender que todos somos responsables de todos. Es Dios quien lo pide, y jamás nos pide nada por encima de nuestras fuerzas. Él mismo nos da la fuerza para cumplir lo que espera de nosotros.

Más de una vez ha hablado el Papa de las muchas cosas buenas que ha visto nacer el siglo XX, que habrá estado marcado por unos singulares progresos científicos que han mejorado considerablemente la vida y la salud de los hombres. Han contribuido también al dominio de la naturaleza y han favorecido un acceso más fácil a la cultura. Las tecnologías de la información han abolido las distancias y nos han hecho más cercanos los unos de los otros. Nunca hemos estado con tanta rapidez al corriente de los hechos que han ido marcando la vida de nuestros hermanos. Pero es preciso preguntarse: ¿Habrá sido este siglo el de «la fraternidad»? No se puede dar ciertamente una respuesta sin matizar.

No podía faltar un triste recuerdo de las guerras que han exterminado a millones de personas y provocado éxodos masivos, de genocidios, conflictos étnicos y terrorismo, de absurdas situaciones que han llevado a excluir o matar en nombre de Dios... Ni una señal de alarma sobre los peligros para la dignidad humana que suscita, en no pocas ocasiones, el avance de la ciencia, especialmente en el campo de las ciencias de la vida y las biotecnologías, o la mundialización de la economía. Hoy, como siempre, el hombre debe saber elegir el camino correcto. Juan Pablo II recurre a las palabras del Deuteronomio: Mira, yo pongo ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia. Escoge la vida, para que vivas, tú y tu descendencia.

Nuevo orden internacional, nuevo siglo y, aunque con sombras, nuevas razones para el optimismo: Se persigue un proceso de paz en Oriente Medio; los chinos se hablan; las dos Coreas dialogan; algunos países africanos intentan que se vuelvan a relacionar facciones rivales; el Gobierno y los grupos armados de Colombia intentan mantener el contacto. Todo esto muestra una cierta voluntad de edificar un mundo fundado en la fraternidad. Como las operaciones humanitarias con ocasión de conflictos o de catástrofes recientes, que han suscitado loables iniciativas de voluntariado que revelan un fuerte sentido de altruismo, especialmente en las jóvenes generaciones. Y éste es el camino. Los Estados y las autoridades públicas no pueden eludir su responsabilidad, pero tampoco todos y cada uno de los habitantes del planeta: El hombre del siglo XXI estará llamado a desarrollar el sentido de su responsabilidad. En primer lugar, de su responsabilidad personal, cultivando el sentido del deber y del trabajo realizado honestamente: la corrupción, el crimen organizado o la pasividad nunca pueden conducir a una verdadera y sana democracia. Pero a esto se debe añadir igualmente el sentido de responsabilidad hacia el otro: saber preocuparse por el más pobre, participar en las estructuras de ayuda tanto en el trabajo como en el sector social, ser respetuoso con la naturaleza y el medio ambiente, son también imperativos necesarios para poder vivir mejor. Esto supone también que renunciemos a los ídolos que son la felicidad a cualquier precio, la riqueza material como único valor. Y esto también supone que Dios tenga en la vida de los hombres el lugar que le corresponde: el primero.

Concluye el Papa su mensaje a los embajadores: Las puertas del Gran Jubileo están abiertas para los cristianos y las de un nuevo milenio para toda la Humanidad. Ahora lo que importa es cruzar el umbral para ponernos en camino. Un camino en el que Dios va por delante y en el que nos indica el modo para llegar a Él. Nada, ningún prejuicio ni ninguna ambición, nos debe tener encadenados. Una nueva historia comienza para nosotros. Los pueblos que ustedes representan quieren escribirla en su vida personal y colectiva. Hay una historia en la que, hoy como ayer y como mañana, la Humanidad tiene una cita con Dios. Por eso les digo a todos: «¡Buen camino!»