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Completando nuestra reflexión sobre María al concluir el año dedicado al Padre, queremos subrayar hoy su papel en nuestro camino hacia el Padre. Él mismo quiso que estuviera presente en la historia de la salvación, como madre que nos da a todos al Hijo salvador. Para comprender la presencia de María en el itinerario hacia el Padre, tenemos que reconocer con todas las Iglesias que Cristo es el camino, la verdad y la vida y el único mediador entre Dios y los hombres. No estamos afirmando ni mucho menos que el papel de María en la vida de la Iglesia esté fuera de la mediación de Cristo o junto a ella, como si se tratara de una mediación paralela o en competencia, sino que fomenta la unión de todos los creyentes con Cristo. María, en realidad, no quiere atraer la atención sobre su persona. Cada generación de cristianos sigue escuchando el eco de las palabras dirigidas a los servidores durante el milagro de Caná: Haced lo que él os diga. Las palabras coinciden con la voz del Padre que resonó en el monte de la Transfiguración: Éste es mi hijo predilecto... Escuchadlo. Nuestra santidad consiste en hacer todo aquello que nos dice el Padre. Aquí está el valor de la vida de María: el cumplimiento de la voluntad divina. Acompañados y sostenidos por María recibimos con gratitud el nuevo milenio de las manos del Padre y nos comprometemos a corresponder a su gracia con humilde y generosa entrega. (12-I-2000) |