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Lo expresa bien nuestra foto de portada. En definitiva, todo problema humano de relaciones familiares, laborales, económicas, políticas y de todo tipo es una cuestión de mirada. De mirada a la verdad de nosotros mismos, de los otros y de la realidad entera.
Don Bosco en Madrid hoy, cien años después de la llegada de sus hijos a la capital de España, tendría, sin duda esa mirada evangélica a los inmigrantes. Su amor cristiano, católico y por ello abierto al abrazo a la Humanidad entera no podría dejar de mirarlos en su verdad más honda de hermanos, y de hijos. El problema de la inmigración no es otro que una cuestión de mirada a la verdad del ser humano. O nos percibimos como lo que realmente somos: imagen y semejanza de Dios, Origen y Destino de todos y de todo, o la vida se convierte en un constante conflicto de intereses, de modo que no hace falta que vengan inmigrantes de fuera para que exista la xenofobia y la marginación. Hasta los miembros de la propia familia quedan convertidos en extranjeros, extraños a rechazar. Un muchacho tímido, de los recién llegados, trata de recoger su abrigo pisoteado por sus compañeros sin alcanzar a recogerlo. Pasa un buen rato, hasta que alguien cae en la cuenta y, cogiendo el abrigo, pregunta de quién es. El recién llegado no sólo recupera su abrigo, sino el gozo de la acogida de un amigo, y está siendo más honda esta recién estrenada amistad, que la mera convivencia de tantos otros durante largos años. El problema de los inmigrantes, en Madrid, en Europa y en el mundo entero, no es otro que el de un mundo que no puede llamarse hogar, que el de una Humanidad que podrá tener de todo, menos eso, humanidad. |
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Se hace, por desgracia, necesario recordar lo que decíamos, hace ahora dos años, en estas mismas páginas, al abordar este mismo problema de la inmigración. Lo dicho entonces acerca de Europa vuelve a ser necesario recordarlo hoy con ocasión del estudio, referido a la Comunidad de Madrid, que mañana será presentado y que anticipamos en este número. El drama de los inmigrantes decíamos llamando a las puertas de la Europa, paradójicamente, llamada «comunitaria«, al mismo tiempo delata el nuestro, el de una sociedad encerrada en sí misma. Un hombre que no sabe quién es y, lo que es más grave, no quiere saberlo, cae en las mayores contradicciones, debatiéndose entre la euforia por sus conquistas, y la frustración de no saber qué hacer con ellas, porque no sabe a dónde va. ¿Este siglo de la ciencia y de la técnica nos preguntábamos, que deberían hacer la vida más humana, no ha sido, y no sigue siendo, el de las grandes guerras, y especialmente de esa «guerra» que nos separa a unos de otros, en la casa donde ya no hay familia, en el trabajo envenenado por una competitividad salvaje, y en todas partes donde la gente está junta, pero sin encontrarse?
También aquí, en Madrid, tras el retorno de la terrible pesadilla del terrorismo de ETA, y tantas otras pesadillas que no han tenido tregua alguna, como por ejemplo los distintos tipos de droga (cocaína y heroína, o el culto al dios dinero, por mucho que se trate de disimular con maquillajes políticamente correctos), falta una auténtica mirada humana. Donde hay humanidad se acoge a los inmigrantes, y no se teme que me quiten mi trabajo; pura excusa, porque los inmigrantes ocupan los puestos de trabajo que rechazan los trabajadores nacionales. Si la conciencia responsable de Occidente les llevase a su casa lo que vienen a buscar aquí que no es echarles las migajas que nos sobran, sino hacerles protagonistas de su propia historia, no sólo no habría conflictos económicos, raciales y de todo tipo, sino que todos nos sabríamos hermanos, y la palabra comunidad no sería una paradoja. No es una utopía; ya hay hechos que demuestran que es una realidad. La evangélica mirada de don Bosco, hace cien años, lo hizo realidad. En Madrid, y fuera de Madrid. Basta con caer en la cuenta de que la historia de todo ser humano es una historia sagrada. |
Pertenencia
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El hombre depende de otro, no sólo en algunos aspectos, sino en todo:todo aquel que observe su propia experiencia para descubrir la evidencia total de ese Otro que nos ha hecho, que nos hace continuamente y que nos conserva en el ser
El hombre no existía ayer, ahora existe y mañana ya no existirá: es decir, depende. O depende del flujo de sus antecesores biológicos e históricos y entonces será un esclavo del poder, o depende de Aquél que está en el origen del dinamismo de todo lo real, esto es, de Dios. La cultura moderna, que ha ido eliminando la tradición de nuestro horizonte de pensamiento y de acción, ha logrado destruir el valor de la pertenencia, sustituyéndola por una libertad entendida como no adhesión al Padre, que se ha vuelto así fuente de mentira. Si existe pertenencia a Dios, entonces es imposible no darse cuenta de aquello que Dios ha hecho antes de nosotros: el Padre que está en el cielo y el padre y la madre históricos que nos han dado la vida. La primera pertenencia, fisiológica y socialmente hablando, es al padre. Dios se nos ha dado a través de un padre y de una madre. ¿Qué más pueden desear unos padres que poder mirar a sus propios hijos con esta mirada sobre lo humano, a imitación de Cristo? Y, en consecuencia, ¿qué implica el hecho de que una mujer y un hombre quieran que su unión sea bendecida por Cristo y se convierta en Sacramento? Implica comprender y vivir la unidad de sus personas en función del Reino de Dios y, por tanto, de la gloria humana de Cristo. La vida misma se nos ha dado para esto. La expresión gloria humana de Cristo quiere indicar que el Misterio, de algún modo, se hace visible, sensible, tangible y que se puede experimentar gracias a una realidad distinata que se crea en su nombre. La familia es el lugar de la educación en la pertenencia, en la experiencia de la paternidad y de la maternidad. Luigi Giussani |