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A la civilización occidental se la considera tan impregnada de judeo-cristianismo, que sería la Revelación bíblica quien la habría formado...La Revelación bíblica ha dado a nuestra civilización una orientación fundamental en tres puntos: la historia de la Humanidad se despliega entre su origen, la Creación, y su término, la conclusión de la Redención, visión de la que emana la idea de progreso. De ahí parte una segunda característica: la solidaridad universal de todos los hombres, que tienen el mismo destino; son hermanos, responsables unos de otros. En tercer y último lugar, la fe en la victoria del Cristo-Mesías, que libera al hombre del mal, del pecado y de la muerte, fe que se sitúa en el extremo opuesto a la visión budista. Con una perspectiva de dos mil años, ¿se puede decir que el cristianismo ha acertado? ¿No ha sufrido, por el contrario, fracasos desastrosos? El éxito del cristianismo está en no haber cesado de luchar contra lo que pudiera considerarse su fracaso. No ha cesado de obtener éxitos, inmediatamente puestos en tela de juicio por la necesidad de nuevos combates. No comparto la idea de un progreso lineal acumulativo, según el cual los hombres podrían capitalizar las conquistas de la virtud de la misma manera que acumulan los progresos técnicos. El Occidente cristiano ha sido el seno materno de un humanismo hoy esparcido por todo el mundo. Este éxito va, sin embargo, acompañado de una especie de fracaso religioso. La Humanidad no ha progresado moralmente. La Revelación no ha cesado de querer liberar a los hombres del dominio de las religiones cósmicas, que sacralizan la relación del hombre con el cosmos y con la sociedad. La Revelación revela al hombre la condición singular que le viene de Dios: es un sujeto personal, consciente y libre. La verdadera religión, para hablar como los escritores cristianos de la antigüedad, no es una religión entre otras, sino que abre ampliamente el campo de la libertad humana, hasta el encuentro con Dios. La Humanidad toma conciencia de la grandeza de su libertad frente al antiguo destino, y descubre una novedad trágica cuando esta libertad se desvía y esclaviza. La gran esperanza de salvación que encontramos también en el marxismo está en dificultades. En este contexto de escepticismo histórico, ¿el cristianismo no es una víctima? No. Las filosofías del progreso, de las que Marx es el símbolo, son milenarismos, porque proyectan hacia el interior de la Historia la consumación que se encuentra más allá de la Historia. El hombre está siempre en trance de darse a luz a sí mismo, y ningún progreso racional puede dispensarle de ese combate por la sabiduría. Para los cristianos, soñar con una realización en el tiempo de la esperanza de la salvación, cuyo precio sea una secularización parcial o total, es una tentación permanente. Marx pensó una utopía nacida de un cristianismo laicizado, una terrorífica cristiandad sin Cristo ni Evangelio. Pero el Evangelio es una palabra de vida mayor que todas las utopías a las que los hombres tratan de reducirlo. |
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¿Y eso no plantea al cristianismo un problema totalmente nuevo? No sólo el universalismo del mundo moderno es hijo del cristianismo: también el individua- lismo. Pero este individualismo está desenfrenado y se vuelve contra el cristianismo.
El individualismo es la cara paganizada de la libertad espiritual y de la misión profética de los discípulos de Cristo. La Iglesia católica ha llegado a ser frecuentemente una de las dimensiones sagradas de las sociedades. Cada vez que ha sido reducida a un simple engranaje de las mismas, ha sido en su propio detrimento, porque se deshace, cuando se descompone el organismo social al que se había asimilado. Pero la Iglesia ha suscitado hombres y mujeres testigos del Espíritu, contestatarios del orden social y de ella misma, cuando se han dejado subyugar por él. Este individualismo profético salva a las sociedades de sus desvíos. La acogida del Evangelio es siempre un nuevo combate librado desde el interior de las civilizaciones tentadas de replegarse sobre sí mismas. ¿En qué esquema inscribe los derechos del hombre? Las Declaraciones de los derechos del hombre indican un progreso jurídico importante, pero frágil y ambiguo. Importante, porque significan la exigencia de un reconocimiento universal de los mismos derechos para todos los hombres. Frágil y ambiguo, en la medida en que esos derechos no pueden ser definidos más que positivamente, es decir, por consensos que, con demasiada frecuencia, son compromisos. Esas ambigüedades han permitido legitimar un derecho soviético y un derecho nazi. El verdadero trabajo teórico exige encontrarles un fundamento irrecusable. La fe en la dignidad del hombre creado a imagen y semejanza de Dios va por delante de la exigencia política de la razón. ¿Cómo contempla la Iglesia al próximo siglo? Para un hombre de mi generación, que ha conocido la segunda guerra mundial, esta pregunta produce escalofríos. En tales circunstancias, el totalitarismo no está nunca lejos. ¿Habrá que vivir, como lo ha hecho el judaísmo, durante siglos, para poder sobrevivir, separado, en sociedad cerrada, en subcultura? ¿Habrá que desarrollar de nuevo los reflejos de la clandestinidad y de los samizdat del tiempo soviético? La civilización que ha crecido vigorosa en Francia y en Europa se ha nutrido con los presupuestos del cristianismo. Pero, ¿si se volcase en otra era? El cristianismo no moriría más, por ello, que cuando tuvo que pasar de la sociedad romana a los bárbaros. Pero la ruptura de un vínculo fundamental habrá hecho perder su alma a nuestra civilización. La misión redentora del Mesías le sumerge en un mundo cuyas contradicciones él carga sobre sí. Y esa misión se la confía a sus discípulos hasta el final de los tiempos. La Iglesia debe contribuir a hacer las civilizaciones, para que respeten la humanidad del hombre. |