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El famoso cineasta Alan Parker lleva a las pantallas la novela de Frank McCourt Angela«s Ashes Las cenizas de Ángela en la que se narran, de forma autobiográfica, los primeros años de su vida, transcurridos en Limerick (Irlanda) y marcados por una profunda miseria. Dicha adaptación cinematográfica está cargada de resentimiento y de rencor, además de transmitir una mirada sobre el mundo profundamente nihilista.Hay cuatro razones por las que la esperada película de Sir Alan Parker resulta decepcionante. Son razones que se refieren exclusivamente al film, y no a la obra literaria que está en su origen, aunque el novelista haya dado su visto bueno a la versión final del cineasta británico. La primera razón es de tipo histórico. Actualmente la Iglesia no tiene ningún problema en reconocer el pecado presente en diversas realizaciones históricas del pueblo católico. Tanto Juan Pablo II como nuestra propia Jerarquía han mostrado públicamente y en distintas ocasiones esa libertad de autocrítica. Por ello no hay motivos para oponerse a la denuncia de ciertas actitudes del catolicismo local irlandés de los años treinta. Lo que sí es históricamente inadmisible es el juicio de fondo que se deduce de la película: el catolicismo es una hipótesis existencial que, lejos de humanizar la realidad, la corrompe, siendo un factor esencial de la alienación humana. Sin querer ignorar repito los muchos errores en que los católicos podamos haber incurrido, dicha afirmación es difícilmente sostenible desde un punto de vista objetivo e histórico. También por ello parece demagógico empezar el film con esta cita: Hay algo peor que tener una infancia miserable: tener una infancia miserable en Irlanda. Y aún peor es tener una infancia miserable en la Irlanda católica. |
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La segunda razón alude a la trayectoria filmográfica de Alan Parker. En medio de la heterogeneidad de su producción, se reconoce una veta que ha caracterizado gran parte del cine de los noventa: el nihilismo. Pink Floyd: El muro, El expreso de medianoche, Birdy... son algunos nombres que evocan la desesperanza de una vida sin horizontes, de hombres sobre cuya existencia se colapsa el universo. Lamentablemente, Las cenizas de Ángela se inscribe en esta tradición que niega factores evidentes de la realidad, por una motivación ideológica. Esto entronca directamente con la tercera razón: no hay derecho a someter al espectador a dos horas y media de aniquilamiento moral y psicológico sin tregua, sin respiro, sin dejar espacio a los tenues pero verdaderos hilos de luz que emergen de cualquier experiencia verdaderamente humana.
La consecuencia de todo esto es muy lógica y coincide con la cuarta razón: la película se hace insoportable; a veces aburrida, a veces reiterativa, pero siempre excesiva e interminable. Es inevitable recordar algunos títulos de films centrados en la condición miserable de los más marginados y que, lejos de hastiar, conmovían sinceramente: Ladrón de bicicletas, de De Sica; Accatone, de Pasolini; Los olvidados, de Buñuel; Lloviendo piedras, de Ken Loach; Tiempos modernos, de Chaplin... y tantas obras maestras que han descrito a los más pobres sin dejar de amarlos ni un instante con los ojos de la cámara. Juan Orellana |