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Queríamos trabajadores y llegaron seres humanos, decía, hace treinta años, entre la sorpresa y el cinismo, el escritor suizo Max Frisch. Más de un español habría entre los que vio, pero eso ya pertenece al pasado. España se ha convertido en país de inmigración, aunque el número de extranjeros entre nosotros es significativamente inferior al que se registra en los países más desarrollados.La Comunidad de Madrid, con Cataluña el primer destino, acoge a 151.064, de los que 120.000 pertenecen a comunidades susceptibles de catalogarse como inmigración económica .Hay que añadir las entre 15.000 y 20.000 personas que, según las estimaciones, no están empadronadas, aunque también es preciso descontar a estudiantes universitarios y nacionales de estos países que ocupan puestos de alta responsabilidad en empresas, cuya situación poco tiene que ver con la del promedio de sus compatriotas en España; y hay que matizar que a los ciudadanos de Portugal, el país que ocupa en estos momentos la presidencia del Consejo de la Unión Europea y que ha seguido en las últimas décadas una evolución política y económica similar a la española, aún se les considera dentro de este grupo; matices que, poco a poco, se pueden empezar a aplicar a países como Polonia, hoy miembro de la OTAN y firme candidata a ingresar en la UE. La Delegación diocesana de Migraciones, de Madrid presenta mañana un informe titulado Extranjeros en la Comunidad de Madrid. 1999, elaborado por Gloria Lora-Tamayo, que, además de incidir en la procedencia y en el número de los inmigrantes, entra en otros muchos aspectos, como su distribución por barrios y municipios, formación académica o situación laboral. Es, hoy por hoy, el instrumento más completo y actualizado para comprender la inmigración en Madrid, de especial utilidad a la hora de programar ciertos servicios sociales. Pero comprender la emigración, dice don Antonio Martínez, Delegado de Migraciones de la diócesis de Madrid, requiere también responder a la pregunta: ¿por qué vienen? Las causas no se diferencian mucho en su raíz de las que han motivado las grandes migraciones a lo largo de la Historia, y las que, aún hoy, generan trasvases de población en cualquier latitud del planeta. Se acabó la era de las chimeneas. Regiones enteras de Europa van quedando despobladas, porque sus fábricas han cerrado y el trabajo está ahora en otra parte. O porque, sencillamente, nunca llegó a ellas la industria y, tras décadas de continuos éxodos, ya casi todos se han ido. Exenciones fiscales, alojamiento gratuito, subvenciones a proyectos empresariales... De todo están dispuestos a ofrecer los Gobiernos y Ayuntamientos para impulsar una nueva clase de colonos que, pese a todo, no acaba de nacer, ni aunque prácticamente le regalen a uno un pueblo entero. Porque hay que pensar en un trabajo, en tener una escuela para los niños y un hospital cerca, en poder ir al cine los domingos por la tarde: en todas esas cosas que, en definitiva, traen consigo las inversiones. Primero viene la fábrica; después, viviendas para los empleados, tiendas, transporte público y lugares de ocio. Y cuando la gran ciudad se queda pequeña, se construyen nuevos barrios a su alrededor. En Europa, el lugar del mundo en el que mejor repartida está la riqueza, la cosa no llega a mayores; si acaso a lamentos por modos de vida tradicionales que se pierden para siempre. Pero en otras latitudes el fenómeno alcanza cotas inauditas. Buen ejemplo es Iberoamérica, donde el 70% de la población vive hacinada en monstruosas urbes, como México D.F., Sao Paulo o Lima. El aire es irrespirable, el caos y la delincuencia campan a sus anchas, miles de niños abandonados viven en las calles y son ocasionalmente víctimas de grupos paramilitares de exterminio. Mucho que ver tiene con que el 20% de la población mundial concentremos el 87% de la riqueza. Donde hay poco, y encima mal repartido, hay que conformarse con los despojos y confiar en que el futuro será mejor. O escapar. |
| Un proceso similar está ocurriendo a escala planetaria, con trasvases de población hacia los países más desarrollados. Es ley de supervivencia para la persona, que de algo tiene que comer, y optimización de beneficios para el empresario, que prefiere instalarse allí donde la inversión le vaya a resultar más rentable y segura. Y quien quiera trabajo, ya sabe dónde encontrarlo. Pero el precio es caro: hacer las maletas y romper con el pasado, dejar atrás a familiares y amigos, y lanzarse a un futuro lleno de incertidumbres en ciudades y países desconocidos.
Algo de esto sabemos ya los europeos. Escrito queda nuestro pasado, en las novelas de Dickens, en los reproches de Rosalía de Castro a los castellanos de Castilla que explotan como mulas a los emigrantes gallegos, o en las barriadas en torno a Madrid de los años 50. Y hoy, convertidos en más o menos prósperos ciudadanos, en mercado seguro para los negocios que quieran instalarse a nuestro alrededor y que a la vez son los que nos perpetúan en el bienestar, resulta que, para que la cadena funcione, necesitamos que vengan de fuera a hacer aquello que, sencillamente, no nos da la gana de hacer, porque hace tiempo ya que subimos de categoría. Por eso, dice Antonio Martínez, resulta ofensivo escuchar argumentos que se fundamentan en que los inmigrantes han venido a quitarnos los puestos de trabajo. No es verdad: vienen porque los necesitamos. Conviene tener esto muy presente para evitar caer en ciertos mitos. No es cierto, en primer lugar, que el primer derecho de la persona sea emigrar. El primer derecho de la persona es precisamente el derecho a no emigrar. Si la riqueza está mal distribuida, es allí por donde habrá que empezar. Muchos problemas y malentendidos evitaría el mero conocimiento de la realidad de las migraciones. Como dice Lia Barbieri, directora de la Comisión Episcopal de Medios Sociales de Brasilia, en cuanto aumenta el paro o la economía empieza a ir mal, se culpa al inmigrante, aunque realice el trabajo que no quiere nadie. En ciertas zonas de Andalucía azotadas por el paro, los empresarios piden al Gobierno que aumente el cupo de inmigrantes, porque los españoles no quieren esos trabajos; en el conjunto del territorio nacional, según ha calculado la sociedad tasadora TINSA, la escasez de mano de obra repercutirá decisivamente este año en un aumento del precio de la vivienda entre un 8 y un 15%. Pese a todo dice un reciente estudio de la Universidad Complutense y del Centro de Estudios sobre Migraciones y Racismo sobre los Valores solidarios y prejuicios racistas en los universitarios madrileños, el 27,6% de estos universitarios piensa que los extranjeros nos quitan los puestos de trabajo. Otras respuestas muestran rasgos algo más preocupantes, como que el 19,7% se apunte a la idea de que la raza blanca occidental es superior, la más culta y desarrollada del mundo, o que el 15,2% se muestre partidario de echar a los moros de España. ¿Racismo, o prejuicios contra el pobre, para justificar que aquel que nos sirve simplemente lo merece por ser una persona de segunda categoría? De Aristóteles a esta parte, científicos, filósofos, políticos han desarrollado mil y una teorías para tranquilizar o sustraer de las conciencias la cuestión de la injusta desigualdad de oportunidades entre los humanos y facilitar la perpetuación de esas sociedades. Es pura escuela marxista, que, al menos en este punto, exceptuando quizá lo que hay de categórico y determinista en muchos de sus teóricos, difícilmente puede ser refutado: que el hombre no explota sin más al semejante, sino que inventa mitos e ideologías para explicar que lo que hace está bien. Dirá, por eso, que el esclavo no es humano, que los moros no son de fiar, que gentes de todas las razas vienen a invadirnos... La pregunta es: nosotros, que hace poco fuimos los pobres de Europa, ¿vamos a caer también otra vez en la trampa? Y es que éste, según afirma el padre Francisco Puértolas, responsable de Entre Culturas, el centro de ASTI (Asociación Solidaridad Internacional Trabajadores Inmigrantes) en Majadahonda, es hoy un peligro real. No sólo por el materialismo, que reduce a la persona a aquello que posee, sino también a veces por una caridad mal entendida, que, en lugar de ver en el prójimo a un ser humano con los mismos derechos y deberes, ve solamente en razón de un orden económico injusto, en una situación de especial vulnerabilidad, a un sujeto en quien hacer una buena obra, pero que, en el fondo, no es considerado como un igual. |
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Nada más lejos de la intención del padre Puértolas que denegar la ayuda al necesitado y no prestar una acción social eficaz, pero ésa dice no es la función principal que debemos hacer. Es más, haríamos un flaco favor a la persona si adoptáramos una actitud puramente paternalista. Le estaríamos negando, en el fondo, su derecho a desarrollarse como individuo y a valerse por sí mismo. No sorprende, pues, que lo más importante sea la función pastoral, porque es en el reconocimiento del otro como hijo de Dios donde el ser humano adquiere plenamente su valor. Sustraerle esta filiación divina equivale a despojarle de dignidad, que es la que permite perseverar aún en los momentos difíciles y trazarse un proyecto de vida pleno de significado. Por eso, la acción pastoral debe estar siempre presente en todo lo que hacemos con la persona inmigrante, con los que vienen de Iberoamérica o de Filipinas, pero también con la población marroquí, con una presencia de cierta importancia en el municipio. Nuestra actitud ante la persona no puede cambiar porque sea de otra religión, y a esta diferencia religiosa le debemos el más absoluto de los respetos, desde un diálogo ecuménico e interreligioso.
Asesoramiento legal, bolsa de trabajo, cursos de capacitación profesional, apoyo escolar... son algunos de los servicios que, con vocación de gratuidad, ofrece a los inmigrantes Entre Culturas. De entrada, la sorpresa es que los distintos responsables de cada uno de los departamentos considera esta actividad concreta como secundaria. Carmen Clavo, encargada de los aspectos jurídicos y socioeconómicos, y Lola Goytre, responsable de la bolsa de trabajo y formación para el empleo, insisten en que lo único que cuenta en realidad es la persona. De nada serviría que nos centráramos exclusivamente en formación, trabajo, o lo que fuera. Es necesario escuchar al que tienes delante, compartir las penas y las alegrías, estudiar las necesidades y ver cuáles son las soluciones posibles, que siempre alguna hay. Se trata, en definitiva, de un todo: Estas personas no sólo han venido a buscar un trabajo; están empezando una nueva vida, y nuestra función es hacérselo lo más fácil posible. Realismo sin concesiones, ésa es la primera consigna que rige el trabajo de Entre Culturas y de cualquier centro de ASTI. A veces dicen Carmen y Lola es descorazonador ver a personas desesperadas porque «sin permiso de residencia, no hay permiso de trabajo, y sin permiso de trabajo no hay permiso de residencia». Pero así son por hoy por hoy las cosas. También llegan muchos hombres y mujeres con formación universitaria, y hay que decirles que, por el momento, deben conformarse con un trabajo poco cualificado, aguantar un tiempo y, después, ya vendrá con un poco de suerte algo mejor. Algo sí es seguro: La integración no es fácil. Hablamos de sociedades distintas con unas reglas de juego distintas. El mero hecho de tener que pagar regularmente la Seguridad Social nos puede parece normal a nosotros, pero no lo es en muchos países. Ésta es la primera obligación del que viene de fuera: integrarse, y nuestra obligación es aceptarlo y reconocerle ese esfuerzo, porque la integración es cosa de todos. Con el tiempo, tienen su casa propia, un empleo estable y disfrutan de las mismas comodidades que cualquier español. Ejercen esos derechos, porque previamente han ejercido obligaciones. Y no tienen ningún problema especial para ser aceptados por sus jefes, que lo que valoran es su capacitación para el trabajo, o por sus vecinos. No importa concluyen que se sea catalán o segoviano, marroquí o colombiano. Al final, lo que todos pedimos a un vecino es que sea respetuoso. Fuera de ese círculo, en la calle, de cuando en cuando aparecen casos de xenofobia, algunos verdaderamente alarmantes (aquí en Majadahonda, hace unos años, un grupo de cabezas rapadas mató a un chico marroquí). Miedos, prejuicios, ignorancia... las mismas causas que están detrás de cualquier tipo de violencia. Pero, contra estas cosas no hay otro antídoto que no sea la verdad, la verdad de la dignidad inalienable de todo ser humano. Ricardo Benjumea |