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Millones de iberoamericanos han abandonado sus hogares y acudido al reclamo de grandes, inmensas ciudades y de prósperos países. El Sínodo de los Obispos de América, que, igual que los demás relativos a los otros continentes, sirvió de preparación para el Gran Jubileo, tuvo especialmente presente a estas personas: Durante estos días hemos escuchado y acogido los sufrimientos de la Iglesia en América. Escuchamos los sufrimientos de las familias dispersas a lo largo y ancho del continente. Hemos tomado conciencia de las cargas que soportan las familias pobres en muchos lugares donde procuran oportunidades para mejorar su vida sin hallar satisfacción. Conocemos bien las numerosas dificultades que ustedes, jóvenes, encuentran cuando deben cambiar el bienestar de su hogar por el anonimato y la incertidumbre de las grandes ciudades. Conocemos también a quienes parten de su país natal para empezar una nueva vida en una tierra extraña, en la que muchas veces son despreciados y maltratados. A todos les renovamos la promesa de amor de Dios, manifestado en la comunidad de la Iglesia, y la expresión de nuestro amor fraterno para construir el Reino de Dios.
A ustedes, los inmigrantes que han tenido la sensación de no haber sido acogidos en su país de adopción, les hacemos llegar nuestra voz de apoyo. A lo largo de muchas generaciones, la Iglesia ha acompañado siempre a los emigrantes en su marcha hacia una vida mejor y nunca dejará de estar a su lado en cualquier servicio que necesiten. Palabras a los hijos de América, pero también una llamada a los países receptores. Porque, como recordó Leónidas Ortiz, secretario ejecutivo del Departamento de Pastoral de la Conferencia Episcopal Latinoamericana, no es una cuestión de solidaridad, sino de justicia. O, mejor dicho, de superar una grave injusticia de la que todos somos responsables. En el fondo de nuestra emigración iberoamericana dice hay un pecado que nos recuerda los destierros o deportaciones masivas de Israel, causadas también por sus pecados. Se puede decir que la migración por razones de trabajo es una especie de deportación no forzada por un imperio militar, pero sí forzada por graves desórdenes éticos que empujan a irse a los imperios económicos. Ante esta dura realidad, bien vale la pena proclamar: «Hemos pecado los pueblos del Sur, los pueblos iberoamericanos, por corrupción y mala administración. Hemos pecado los pueblos del Norte, porque en nosotros se han concretado los dineros de todas partes«. Sólo Jesucristo nos liberará de esta compleja situación de sufrimiento, de desórdenes éticos, de pecado y de muerte. |