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La puerta del hombre es su corazón. Jesucristo quiere entrar en el corazón de cada uno de nosotros, como lo hiciese hace 2.000 años en la cueva de Belén. Jesús hecho hombre es el Hijo de Dios que busca al hombre, que llama al corazón del hombre. Abrir la puerta es reconocer los signos de la primera llegada de Jesús, y los signos son que Cristo, centro de la Historia humana, no encontró un lugar en la posada, no encontró acogida. La gran tarea, el gran reto de este año de gracias y de bienes es que abramos el corazón, porque no sé si del todo, del todo, hay posada para Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, en nuestro propio corazón. Ciertamente no hay posada para Jesús en nuestro mundo. Jesús es el signo inequívoco del amor y de la misericordia eterna de Dios, la que nuestro corazón necesita, la que solicitamos de tantas formas distintas, misericordia infinita. El sitio de Dios es nuestro corazón. Vamos a preguntarnos: ¿Hay sitio para Dios en mi corazón?
La intención primera y la finalidad última de este Año Santo de gracias es la conversión del corazón en una actitud de agradecimiento y de reconciliación y, por tanto, provocar el cambio del corazón para manifestar la caridad fraterna, el Amor de Dios convertido en amor a nuestros hermanos. AÑO DE PERDÓN
Jesucristo es el único que nos da razones para vivir y para esperar. Hay que escuchar a nuestro propio corazón para encontrar razones y motivos gozosos de vida y de esperanza, de alegría. Contraponiendo la confianza de niños en el amor de Dios frente a la gran arrogancia de creernos suficientes, ¿cuál es el gran pecado de la Humanidad? Decir que no necesitamos de nada ni de nadie. Y ¿qué es el hombre sin el amor de Dios? Estúpidamente, el hombre se repite para sí mismo: Señor, no te necesito. Y por eso el hombre se siente irredento, sin capacidad de redención, sin motivos para esperar y sin motivos para vivir. |
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El Año Santo nos invita a reparar el mal. Hay que reparar, hay que pedir perdón con arrepentimiento y con propósito firme de corregir, sobre todo para los creyentes, las ambigüedades que hacen confusa nuestra fe. Las ambigüedades que tratan de presentar el cristianismo sin Cristo o el cristianismo sin el magisterio y la fe de la Iglesia, que es la que nos da a Jesucristo. El Año Santo supone restablecer la amistad con Dios que sólo es posible con Jesucristo. Sólo Jesús es la reconciliación para el hombre.
La celebración del Jubileo no puede consistir sólo en una serie de actos, incluso de culto, si no vivimos una fuerte experiencia interior. La adoración a Jesucristo en el sacramento de la Eucaristía, en la comunión con el Cuerpo de Cristo, es la intimidad más profunda y la pertenencia más verdadera al Cuerpo de Cristo. ¡Jesuscristo, desde hace 2.000 años estás real y verdaderamente presente en el Sacramento bien conocido y amado, el Sacramento del Amor! Ese Sacramento que ha sido la fuerza de los mártires, de los confesores, y la razón de tantos vírgenes y santos. Sin la Eucaristía no hay santos posibles. La Eucaristía nos reviste del hombre nuevo, de entrañas de amor y de misericordia y nos da el alimento que salva hasta la vida eterna. Así se ha cantado y se ha vivido en la Iglesia durante 2.000 años. Jesucristo, único salvador del mundo, pan para la vida nueva. La Eucaristía es el pan que da hambre, que suscita hambre; no quita el hambre: da hambre de Dios y lo colma alimentando al hombre con el sabor de la vida eterna. + Francisco J. Pérez |