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Tu hermano resucitará, le dice Jesús a María cuando ella, confundida y dolorida por la muerte de su hermano Lázaro, no entiende que Jesús no haya llegado antes para salvarle: Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. En estos días estas tres palabras del Señor han resonado continuamente en mi mente y en mi corazón: Tu hermano resucitará.
Estoy seguro de que aquellas palabras, pronunciadas hace 2.000 años, el Señor no se las dijo sólo a María, sino a millones y millones de hermanos que, creyentes en su Palabra, las leeríamos una y otra vez, y reconoceríamos en ellas no sólo el consuelo, sino también la promesa, de que nuestros hermanos, aquellos que han compartido toda la vida con nosotros, aquellos cuya existencia es inseparable de la nuestra, no han muerto para siempre, sino que resucitarán. Porque, en todo tiempo y lugar, pero especialmente en este momento de oscuridad y de fragilidad, resuenan también en mi interior las palabras de Pedro, las más prudentes, las más inteligentes, las más lógicas y las más sabias que jamás he oído: Señor, ¿a quién iremos. Sólo tú tienes palabras de vida eterna. Por eso, yo quiero esta tarde, antes de ofrecer el sacrificio de Cristo por mi hermano Carlos, unido a mis hermanos sacerdotes, confesar con vosotros, y confesaros a vosotros, mi fe, mi fe en el Dios de la vida, en el Dios del amor, en el Dios que es fiel a su amor eternamente. Porque ni las más hermosas palabras de los poetas, ni los sentimientos de condolencia más sinceros, son comparables con la paz, la serenidad y la fortaleza del don de la fe. Bien sé yo que mi Dios no está lejos. Mi Dios esta aquí, siempre, junto a mí, en mí, en lo más profundo de mí. Y por eso ahora más que nunca entiendo y hago mía la expresión de san Juan de la Cruz: Bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche. |
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Creo en Dios que es amor infinito también para cada uno de los hombres, que nos ha creado a su imagen y semejanza, que nos quiere hijos suyos, y que nos quiere con Él para siempre, porque no es un Dios de muertos, sino de vivos. Creo en Dios todopoderoso, Señor de la vida, dueño y señor del misterio de la muerte.
Creo que no estamos separados, mi hermano Carlos y yo, sino más unidos que nunca. El Dios al que él ahora ve, confiado en su misericordia, alumbrado por el esplendor de su amor, es mi Dios, es nuestro Padre Eterno, que no sólo sustenta toda la creación, sino que también me sustenta a mí aquí, en esta tierra, y a él en el cielo. Es mi Dios el Hijo de Dios, modelo divino de mi humanidad y de la mi hermano, y de la de todos nosotros, eterno espejo donde encontrar la verdad de mi rostro y del suyo, Palabra única ante la que toda palabra mía se disuelve, inseparable Tú que me acompaña, me instruye, me entrega su vida, y muere por mí. Creo también que en el momento en que mi hermano murió, él volvió su mirada hacia su Señor, y mi Señor y su Señor le tomó de la mano, y le rescató del dominio de la muerte para siempre, porque a los que mueren de la mano de Jesús, Dios los llevará con Él. Y teniendo a mi hermano cogido de su mano, me llama y me quiere cada vez más cerca de Él, el Resucitado que resucitará a mi hermano, el Resucitado que me resucitará. Es mi Dios el Espíritu Santo, que ahora acoge el alma de mi hermano, y lo que bendice con su luz eterna, anida en mi corazón, y querría abrasarlo. Es mi Dios la Trinidad. Es mi Dios Comunión, Familia. Amor infinito, modelo de mi humanidad, anhelo de mi mundo y de su historia, auténtico hogar que suplico sea el eterno hogar de mi hermano, donde también yo quiero vivir eternamente. Porque espero que en la tarde de la vida, en que sea juzgado en el amor, pueda entrar también a formar parte de ese hogar, y descansar en Dios, con Dios, y allí encontrar también a mi hermano. Y creo que, en bellísima expresión de san Agustín podemos estar seguros de que Carlos, desde donde está, desde esos cielos y tierra nuevos de que nos habla san Juan, nos dice a nosotros, a quien tanto quiere: ¡Si conocieras el don de Dios y lo que es el cielo! Créeme: cuando la muerte venga a romper tus ligaduras como ha roto las mías; cuando un día, que Dios ha fijado y conoce, tu alma venga a este Cielo en que te he precedido, ese día volverás a verme y escucharás mi corazón que te amó y te sigue amando. Volverás a verme, pero transfigurado y feliz. Sí, lo creo sinceramente. Creo que allá, en ese hogar de Dios que es el hogar de todos los hombres, mi hermano habrá encontrado su hogar verdadero. Creo que sus anhelos de justicia, de paz y unidad, su sueño de un mundo más unido, sobradamente se cumplirán. Creo que todos los pueblos que él estudió, todos los esfuerzos de comunión que él alentó, toda la fraternidad que él buscó y promovió, estarán allí, en el Reino de Dios, en ese reino en el que nuestra historia quedará salvada, en el que, como dice el profeta Isaías, el desierto se convertirá en un vergel, y el vergel parecerá un bosque; morará en el desierto el derecho, y en el vergel habitará la justicia; el fruto de la justicia traerá calma y seguridad perpetua. Con la unidad de todos vosotros, pido al Señor esta tarde que jamás permita que desaparezca de nosotros esta fe y esta esperanza, que con ellas nos dé la paz, que tomando el relevo de Carlos, sigamos construyendo aquí la paz que Dios quiere que vayamos forjando con nuestras pobres manos, y que el Señor lo acoja a él en su paz, bajo el manto maternal de la Madre del cielo, a la que mi hermano siempre invocó y a quien siempre confió su vida. Por Jesucristo, nuestro Señor. Amén. |
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