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Padre Lecea, ¿cuál es la temperatura vital de la vida religiosa hoy, en nuestro país?
Yo diría que la vida religiosa en España tiene una buena calidad de vida. Es cierto que estos últimos años, cuando se habla de religiosos, enseguida se habla de la cantidad. Las estadísticas dicen que, en número, vamos bajando y, también, que el promedio de edad de los religiosos y religiosas de España va subiendo. Vivimos, aún, del impulso renovador que nos dio el Concilio Vaticano II. Ahí se produjo un impulso que poco a poco, a través de los años, ha influido en la renovación religiosa. Se ha mejorado la calidad de la vida comunitaria; la atención a la experiencia espiritual; la expresión celebrativa, por ejemplo, litúrgica; y el aspecto apostólico, hacia fuera: la misión de la vida religiosa. Habrá quien crea que nos está mostrando un retrato excesivamente optimista. Pienso más en lo que es la esencia, el ser de la vida religiosa, porque también creo que cada vez más entendemos la misión de los religiosos no como un hacer, hacer, hacer... pura actividad, sino como algo que viene motivado desde dentro, desde lo que el religioso se siente llamado a ser en la Iglesia, como contribución a su misión, que es lo que Cristo nos encomienda a todos. Desde ese punto de vista del ser de la vida religiosa, soy optimista, pero no prescindo ni ignoro, porque están ahí, los serios problemas que tiene en este momento. Seguro que usted los conoce bien. Hay un problema, que será siempre permanente en la vida religiosa, que es lo que podemos llamar la fidelidad a su propia identidad. En el momento presente hay un problema de identidad en la vida religiosa, y esto no contradice lo que he dicho antes de que se hayan dado pasos positivos en la calidad de la vida religiosa hacia dentro. Una crisis de identidad que puede venir de dos fuentes: interna a la vida religiosa, desde esa pregunta que todos nos hacemos institucional y personalmente sobre si estamos a la altura de esa fidelidad que se debe a nuestra vocación cristiana de consagrados; si realmente tenemos claro, no solamente las ideas, sino también, y sobre todo, en la práctica, en la experiencia, esa identidad de lo que somos en la Iglesia, de lo que la Iglesia quiere de nosotros. Y hay una fuente externa que es la realidad que circunda a la vida religiosa, porque también estamos en el mundo y somos de una sociedad concreta. Podemos decir que existe un desfase, un problema de acomodación. Y no entiendo la acomodación como un mundanizarnos, sino la dificultad de estar a la altura de las circunstancias, con calidad, desde lo que somos y hacemos. Esto produce esa sensación en los religiosos de cierta incomodidad, desasosiego. |
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El Decreto sobre la renovación de la vida religiosa, del Concilio Vaticano II, viene a decir que las mejores adaptaciones a nuestro tiempo sirven, si las anima una vida espiritual.
Estoy muy convencido de lo que ahí se dice, evidentemente. Se cita además, como contexto práctico, una frase que creo que es de Rahner, que dijo que el próximo será un siglo de místicos o no será, cristianamente hablando. Yo creo que la vida religiosa se transformará a mejor desde una experiencia espiritual auténtica, porque es el Espíritu el que mueve toda realidad eclesial. Cuando se aboga por una fidelidad carismática, se está diciendo que se aboga también por una experiencia seria, fuerte, espiritual. Permítame una referencia a la actualidad. Muchos religiosos fueron mártires en nuestra guerra civil. ¿En qué medida este hecho les interpela? El martirio es un signo extraordinario de fidelidad al Evangelio, y esto siempre ha sido así desde los orígenes del cristianismo. El testimonio que llega a ser martirial es hermosísimo, y muestra la calidad de fe de esas personas. Por eso yo creo que, dadas las circunstancias, un hecho martirial para la Iglesia española es algo que hay que agradecer al Señor, aun sabiendo que es una realidad trágica, dolorosa, triste... Siempre uno se refiere a él pensando que redundará en bien de la misma Iglesia. Muchos de estos mártires pertenecieron a Institutos religiosos, que ahora los recuerdan con ese deseo de apoyar su propia fe en el testimonio que su martirio nos da. Y me gusta resaltar que algunas Congregaciones han dicho que no hacían esto para reabrir heridas del pasado, o mantener divisiones o enfrentamientos, sino con el deseo de que sea su memoria un factor de reconciliación. Su participación en el Sínodo especial de los Obispos para Europa ha supuesto un reconocimiento a la labor de coordinación de las iniciativas de los religiosos españoles. En varios momentos del trabajo sinodal, y después también en las proposiciones o conclusiones que quedan ahí sugeridas al Papa, se hace una llamada también a la vida religiosa de Europa para que contribuya, desde su identidad, a la evangelización del viejo continente, pensando que la vida religiosa sea un factor que cree esperanza dentro de la sociedad. El Sínodo ha expresado esto, en primer lugar, haciendo memoria. Ha reconocido todo lo que la vida monástica ya significó en tiempos lejanos para la construcción de la misma Europa. También se aludía a la presencia religiosa en el mundo cultural, sobre todo pensando en el mundo de la teología y de la investigación bíblica, etc... Yo quisiera recalcar algo, porque algún medio de comunicación parecía que ponía en contraposición a Institutos de vida religiosa y nuevos Movimientos, señalando que la vida religiosa ya ha tenido su momento, ya ha pasado, y ahora es el momento de los nuevos Movimientos. El Sínodo rechazó esta dialéctica. Reconociendo el valor que tienen los Movimientos, que lo tienen, nacidos en el contexto presente y respondiendo a necesidades de la Iglesia actual, también se reconoce que todo lo que ha nacido en el pasado tiene derecho a sobrevivir. Es más, conviene que sobreviva y, por tanto, el Sínodo anima a que los religiosos superen las dificultades que tengan. Una cosa no quita a la otra. José Francisco Serrano |