RetrocesoA&ONº 198/3-II-2000SumarioContraportadaContinuar
La verdadera naturaleza
del «birth control»

El gran escritor y periodista inglés convertido al catolicismo, Gilbert K. Chesterton,
escribió ya contra la falacia del control de la natalidad... en los años 20. Ofrecemos
a continuación el resumen de dos proféticos artículos suyos sobre este tema,
publicados en el Lansbury‘s labour Weekly, en 1925 y 1927, y que forman parte
de una recopilación publicada por Rialp bajo el título El amor o la fuerza del sino

La historia real del mundo está llena de casos extraños, de ideas que han dado una voltereta y se han contradicho a sí mismas de forma completa. El ejemplo más reciente es la noción extraordinaria de que lo que se llama control de la natalidad es una reforma social que avanza junto a otras reformas sociales favorecidas por gente progresista.

La historia empezó con Godwin, el amigo de Shelley, y el fundador de tantas esperanzas sociales que se llaman revolucionarias. Los viejos oligarcas estaban dispuestos a usar cualquier herramienta contra los nuevos demócratas; y un día tuvieron la suerte funesta de apoderarse de una herramienta llamada Malthus. Es claro y manifiesto que Malthus escribió una respuesta a Godwin. Si Godwin intentaba mostrar que era posible que la Humanidad fuera más feliz y más humana, Malthus intentaba mostrar que no había posibilidad de conseguir que la Humanidad fuera más feliz y más humana. El argumento que utilizó era éste: si se ayuda al hombre que se muere de hambre para ser más o menos libre o medianamente próspero, se casará, tendrá un número determinado de hijos y no habrá alimento para todos. La conclusión, por supuesto: dejar que se muriese de hambre. Reafirmó la cuestión sobre el aumento de hijos con una curiosa fórmula matemática sobre la progresión geométrica, que cualquier ser humano puede ver claramente que es inaplicable a los seres vivientes.

Pero lo que importa aquí es que Malthus quería que su argumento fuera un argumento contra la reforma social. Nunca pensó en utilizarlo de otra manera: lo usó como un argumento en contra de la antigua costumbre de la caridad humana. Advirtió a la gente contra cualquier arranque de generosidad al dar limosna. Su teoría se echaba siempre como un jarro de agua fría sobre cualquier propuesta de dar propiedad al hombre pobre o un estado mejor en la vida. Tal es la noble historia del nacimiento del control de la natalidad.

La única diferencia es ésta: que los capitalistas de antaño eran más sinceros y más científicos, mientras que los modernos capitalistas son más hipócritas y más nebulosos: mezclan su idea vieja, sencilla y brutal (la de prohibir que los pobres tengan hijos) con un montón de ideales sociales abandonados y enfermizos, y con promesas que son totalmente incompatibles con ella. Pero, a fin de cuentas, es un hombre práctico, y cuando llega al terreno práctico será tan brutal como sus antepasados. Nunca dicen que sufrimos debido a una provisión demasiado generosa de banqueros o que los financieros cosmopolitas no deben tener familias numerosas. No dicen que la elegante muchedumbre de Ascot necesite ser disminuida, o que es deseable diezmar la gente que cena en el hotel Ritz o en el Savoy. Los controladores de la natalidad no tienen el más mínimo deseo de controlar esa jungla. Es demasiado peligroso tocarla. Tiene tigres. Nunca hablan de un peligro procedente de las clases acomodadas. Lo que desea controlar es al populacho, y así lo reconoce en la práctica. Siempre insiste en que un obrero no tiene derecho a tener tantos niños, o que una barriada pobre es peligrosa porque produce tantos y tantos niños. La pregunta que le aterra es: ¿Por qué el obrero no tiene un salario mejor? ¿Por qué la familia del barrio pobre no tiene una casa mejor? Su manera de evitarlas no es sugerir una casa más grande, sino una familia más pequeña. El arrendatario o el patrón dicen a su manera, tan tierna y generosa: La verdad es que no puedes esperar que yo me quede sin mis dineros. Pero voy a hacer un sacrificio. Me quedaré sin tus hijos.

Me divierte reflexionar en esa batalla que se avecina, y recordar que cuanto más control de la natalidad practiquen mis adversarios, tantos menos serán ese día para luchar contra nosotros.

G. K. Chesterton