RetrocesoA&ONº 198/3-II-2000SumarioCriteriosContinuar
¡Viva la vida!
No es éste un grito banal, y menos aún irresponsable o ingenuo. Expresa la convicción más honda y neta. Desde sus mismos inicios, Alfa y Omega no ha intentado otra cosa que servir a ese deseo de vivir, y vivir en plenitud, que constituye lo más hondo de todo corazón humano, y que ha encontrado respuesta cumplida en Aquel de cuyo nacimiento en Belén de Judá se cumplen ahora dos mil años, Aquel que es Principio y Fin de todos y de todo, el fundamento, la roca, sobre la que se puede edificar una humanidad plena y verdadera. Sencillamente porque tiene que ver con todo en la vida, porque tiene que ver con el significado de la vida. Más exactamente, porque es el significado y la esperanza de la vida.

En el mercado de los medios de comunicación faltan respuestas a las preguntas claves. Es abrumadora la cantidad de ofertas sobre todo tipo de cosas..., menos sobre aquello que más importa en la vida: su significado. En esto, el vacío es clamoroso. El semanario Alfa y Omega surgió como imperiosa necesidad de llenar este vacío y, semana tras semana, ofrece a cuantos lectores buscan el diario ABC, cada jueves en su kiosko, razones para vivir con esperanza y plenitud. El secreto de la existencia humana no consiste sólo en vivir, sino en saber para qué se vive. Estas palabras de Dostoyevski explican muy bien el secreto de este semanario de la Iglesia madrileña, que en este número, dedicado precisamente a la vida, franquea las fronteras de la Comunidad de Madrid para asomarse a todos los horizontes de España.

Amar y defender la vida ha sido preocupación constante, manifestada de mil maneras, en estas páginas a lo largo ya de cinco años, y seguirá siéndolo. La vida —decíamos en nuestro primer editorial— es mucho más que una sucesión de hechos sin sentido, de sufrimientos que dejan cicatrices, y de gozos que no perduran; es mucho más que la «pasión inútil» de que hablaba Jean Paul Sartre. La vida es un fuerte grito, que clama por un sentido, por una alegría que dure, y que no haya que comprar o fabricar artificialmente. En definitiva, por una verdad y un amor que permitan vivir la vida y morir la muerte sin destruirse —¡todo lo contrario!— a lo largo del camino.

La existencia de ese deseo —su nombre es sentido religioso— resulta escandalosa para un mundo que pretende bastarse a sí mismo, y que nos quiere hacer creer que la felicidad consistiría precisamente en ahogarlo, pero el sentido religioso no puede ser amputado del hombre sin quitarle a éste lo esencial. Pocos se atreven a decirlo, pero el delicado momento que vivimos, en España y en el mundo, tiene muchísimo que ver con esto. Todo, la vida entera, tiene que ver con esto, y amputar al ser humano el sentido religioso es algo que no se hace impunemente. Pasa factura.

Suele decirse que la defensa de la vida humana desde el momento de la concepción no es una cuestión confesional; que muchos no católicos, e incluso ateos, también la defienden. Sin embargo, los que así dicen no suelen explicar qué entienden por vida humana. Nacer, sentir, pensar, trabajar, casarse y tener hijos, educarlos (¿cómo?, ¿para qué?), gozar, soñar, sufrir... vivir para, al final, morir, no es lo mismo, ciertamente, que vivir para, al final, vivir en la plenitud de la vida eterna.

Afirmar la vida humana, sin reconocer que es en verdad imagen de Dios, con un destino eterno, es en definitiva reducirla a la pasión inútil que decía Sartre, y defender entonces tal pasión frente a los que manipulan y destruyen vidas humanas, no sólo dejaría a éstos completamente fríos, sino que incluso les daría razones para tal manipulación y destrucción. No es verdad que la fe católica sea irrelevante para la defensa de la vida. Más bien, al contrario, es la única que hace plenamente exigible, desde la máxima racionalidad, la defensa de la vida humana, como realidad sagrada que es. Sólo el reconocimiento de este carácter sagrado de toda vida humana —su radical pertenencia a Otro, su único Creador y Señor— hace posible vivirla en toda su verdad, servirla, gozarla, y defenderla absolutamente, cargado de razones.


Televisión así, no
Tras una emisión televisiva ofensiva a la figura del Papa, la Conferencia Episcopal Española hizo pública la sigiuente Nota:

En la noche del pasado jueves, día 20 de enero, en un conocido programa de una cadena privada de televisión se emitió un supuesto debate sobre la persona, ministerio y salud del Santo Padre Juan Pablo II. En su transcurso, los participantes en el mismo vertieron descalificaciones e insultos y ridiculizaron la figura del Pastor Supremo de la Iglesia católica.

La Oficina de Información de la Conferencia Episcopal Española (CEE) recibió desde la mañana del día siguiente numerosas comunicaciones de ciudadanos y ciudadanas que habían seguido la referida emisión, manifestando su malestar y desaprobación por los contenidos y comentarios ofensivos e injuriosos hacia el Papa expresados durante el programa.

La CEE deplora y rechaza esta emisión, a la vez que pide el respeto y la consideración debidas a la figura del Papa. Dicho respeto y consideración, exigible para cualquier persona, no coarta la libertad de expresión, bajo la que nunca se puede amparar el insulto, la ridiculización, la burla, el sarcasmo o la calumnia.

Finalmente, la CEE invita a los telespectadores y usuarios católicos a que, cuando en programas y publicaciones se produzcan situaciones como la que es objeto de esta Nota, protesten ante las empresas y responsables de las mismas, y opten, en el ejercicio de su libertad, por no seguir las aludidas emisiones.

 Madrid, 27 de enero de 2000