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Que un director con fama de vacuo, y además en los tiempos que corren, se haya atrevido a llevar al cine a una de las figuras más controvertidas de la historia cristiana, es motivo suficiente para esperar cualquier despropósito inefable. Pero afortunadamente no ha sido así. Ciertamente la película Juana de Arco tiene excesos y defectos, pero globalmente es seria y aceptablemente digna, tanto en sus intenciones como en sus resultados.En la historia del cine nos encontramos con dos tradiciones iconográficas muy distintas en torno a la Doncella de Orleans. Por un lado la americana, con films de Cecil B. de Mille, Victor Fleming y Otto Preminger, que narran la historia real de la santa con más o menos acierto; por otro lado, la tradición europea, que indaga de una forma mucho más personal en los entresijos espirituales y humanos más profundos. Nos referimos a la obra maestra expresionista de Carl Dreyer y a la puesta en escena del Proceso de Juana de Arco, de Bresson, quizá la obra más austera del séptimo arte. Sin duda alguna, Luc Besson se lo había puesto a sí mismo muy difícil. Pero ha escogido una vía inteligente: ha tendido un puente entre las dos tradiciones. De nacionalidad francesa como la santa, ha hecho una película americana. Y de esa conjunción ha nacido un film que combina el cine histórico clásico con una indagación introspectiva del personaje. Es en esto último donde el guión de Juana de Arco juega su carta más arriesgada y probablemente menos satisfactoria. Los mensajes divinos que recibe la santa son deudores del efectismo típico del Besson más comercial, y son difícilmente legibles desde una óptica no pueril. Más complejo y delicado es el tratamiento de la conciencia de santa Juana, materializada en el personaje de Dustin Hoffman. Quiere hacer un retrato semejante al conflicto interior que vivió Cristo en el Monte de los Olivos, pero lo que consigue es una cierto barullo teológico en que la voz milagrosa de Dios, la voz de la conciencia de Juana y las sugerencias de Satanás se confunden en unos diálogos finales ambiguos que son cosecha propia de Besson. Al final no está muy claro si las hazañas que la santa ha hecho en nombre de Dios resultan ser inmorales y perversas, fruto de su mente vanidosa y arbitraria. Es el punto más discutible y oscuro del film, aunque nunca tratado con ligereza o deliberada tendenciosidad. |
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También hay que reconocer que la actriz Milla Jovovich tiene el mérito de recrear una Juana de Arco bastante normal, sin rasgos histéricos, sin embobamientos pseudomísticos, y a medio camino entre una mujer fuerte por su cercanía a Dios, y una mujer débil y temerosa por sus jóvenes dieciocho años.
En el otro plano, el de la narración histórica, el film es brillante, aunque excesivo en su duración. Las escenas de época son muy atractivas, con una dirección artística a lo grande. Las secuencias bélicas están rodadas con planos medios para adoptar el punto de vista de la santa, siempre cercana a sus soldados. El rey Carlos está interpretado magistralmente por John Malkovich, que muestra un monarca tímido y de débil psicología, pero con un juicio último de buen olfato, aunque siempre condicionado por su mayúscula suegra Yolanda de Aragón, que encarna la oscarizada Faye Dunaway. En definitiva estamos ante un film lo suficientemente brillante como para ir a verlo, y lo suficientemente ambiguo como para suscitar debate. Y debatir con quien ha hecho el esfuerzo de su vida por hacer una obra seria, es sin duda interesante. Juan Orellana |