RetrocesoA&ONº 198/3-II-2000SumarioDesde la feContinuar

Punto de vista
Cuestión de creencias

En su última comparecencia en televisión antes de las elecciones generales del 1 de marzo de 1979, el presidente Adolfo Suárez desarrolló una intervención en tonos dramáticos. Suscitaba el llamado voto del miedo. Entre otras cosas, alertó al electorado sobre posibles consecuencias de votar al partido socialista, como que se aprobase la legalización del aborto, y además con cargo a la Seguridad Social. El voto del miedo funcionó, y la Unión de Centro Democrático ganó las elecciones, incluso con mayor margen que en 1977. En aquella oportunidad el líder del PSOE, Felipe González, reprochó públicamente a Suárez su intervención televisada, y en relación con la cuestión del aborto, afirmó que había sido un golpe bajo.

En 1982, como se sabe, el PSOE ganó arrolladoramente las elecciones. Menos de un año después, desde el Gobierno se anunció una legislación permisiva del aborto provocado, aunque sólo en determinados casos límite. La reforma del Código Penal de 1985 ya sabemos en qué terminos se aprobó y los resultados que ha producido, que no tienen nada que ver, desde luego, con los casos límite, sino que, por el contrario, son la manifestación de un fraude de ley gigantesco, de proporciones seguramente imposibles de comparar con cualquier otra actividad entre nosotros y, claro está, con cargo a la Seguridad Social…, si hay médicos dispuestos a practicar los abortos en los hospitales públicos. Resulta, pues, que la experiencia ha demostrado que no hubo en 1979 tal golpe bajo, sino que Suárez vio con claridad los propósitos del PSOE, y González, con su protesta, simplemente trató de engañar al público.

Desde aquel ya lejano 1979 hasta ahora son ya muy perceptibles en nuestra sociedad los efectos anestésicos que han producido la legislación en esta materia y las prácticas que hizo posibles. Los sondeos de opinión, a principios de los 80, indicaban que más del 80% de la población estaba en contra de cualquier forma de legalización del aborto. Los términos ya se habían invertido a finales de la década, aunque el 80% favorable únicamente la aceptaba para casos límite. La sensibilidad social sobre esta carnicería silenciosa se ha ido difuminando hasta el extremo de que se considera de mal gusto referirse a la condición humana de las víctimas de los abortos.

Muchos no quieren siquiera discutir sobre la naturaleza de un aborto provocado, porque los avances genéticos, médicos y quirúrgicos en la fase prenatal son demasiado rotundos y espectaculares y destruyen por sí mismos cualquier duda al respecto. Pero a algo hay que recurrir para justificar la aceptación social del aborto, y las conciencias anestesiadas han recurrido a un pseudo-argumento descalificador de las actitudes pro-vida, que consiste en decir que la cuestión es básicamente religiosa. Defender o rechazar el aborto es cuestión de creencias, algo que hay que aceptar en nombre de la tolerancia, por muy estrafalarias que las creencias sean. Los creyentes deben permitir las opiniones contrarias a las suyas, del mismo modo que a ellos se les toleran sus creencias (que se entienden así como si fueran manías estrambóticas o supersticiones de chiflados).

Y, en efecto, esta cuestión es de creencias, sí, pero no tal como se presenta, sino como son igualmente cuestión de creencias la esclavitud o la tortura, rechazables también por razones religiosas y, más concretamente, cristianas: la Redención por Cristo ha otorgado la dignidad de hijo de Dios a todo ser humano, cuya vida e integridad física y moral son intangibles. Pero contra la tortura y la esclavitud es beligerante hoy la conciencia social, que si alguna vez estuvo anestesiada en torno a estas prácticas, ha salido ya felizmente de su deformación. Por eso, porque la insensibilidad no es un camino sin retorno, y porque la verdad de las cosas siempre acaba abriéndose paso, soy optimista. Costará probablemente mucho tiempo y mucho esfuerzo, pero un día nos avergonzaremos de haber consentido una legislación inicua, inhumana y cruel como la que está hoy vigente en España.

Ramón Pi

El asombro ante la vida

Con gran agudeza observaba la filósofa hebrea Hannah Arendt que buena parte de los hombres modernos tiene una disposición afectiva hacia el rencor... contra todo lo que es dado, incluso la propia existencia; y que la duda ocupa el mismo lugar central que ocupó durante siglos la maravilla por todo lo que es, en cuanto es. De ahí la incapacidad de tantos para reconocer la evidencia de que cada nuevo ser humano crece y se desarrolla misteriosamente en el seno de la madre, sin que ella ponga otra cosa que su sencilla aceptación. Ni ella, ni el Estado, ni los poderes de este mundo dirigen la formación de sus miembros, ni establecen el color de sus ojos o los ritmos de su gestación.

Contra este realismo sencillo, se levanta hoy un prejuicio ampliamente cultivado, del que Arendt nos daba la clave: que el hombre puede modelar la realidad a su antojo, sin otra ley que su decisión autónoma. Por ejemplo, si el hijo concebido pone en dificultad la vida de la madre, ¿por qué no eliminarlo? Esta degradación de la conciencia personal y social en lo que se refiere al valor de la vida humana es inseparable del proceso que ha llevado a Occidente a alejarse de las raíces de las que ha surgido. La pérdida del sentido de Dios en la vida cotidiana ha abierto un profundo agujero negro que impide a muchos situarse frente a la realidad. Como dice el cardenal Ratzinger, si el mundo no proviene de un acto creador de Dios, sino que es fruto del azar, entonces puede ser manipulado sin ningún límite. Por ello, la tarea de defender la vida no puede agotarse en batallas jurídicas o políticas, que en todo caso sería preciso librar con inteligencia y realismo.

El fondo de la cuestión radica en recuperar una mirada verdaderamente humana, que reconozca en cada hombre, pobre o poderoso, nacido o no nacido, enfermo o desbordante de salud, su dignidad infinita, porque es imagen de Dios. Se trata de convertir ese rencor frente a la realidad, en asombro agradecido ante la vida, tal como no es dada, acompañándola con verdadera simpatía especialmente cuando es pobre y vulnerable. Frente al cinismo y la desesperación imperantes, me permito secundar las palabras de Hannah: Yo en realidad soy muy feliz... El mundo, tal y como Dios lo ha creado, me parece bueno. La Iglesia está llamada a proclamar y hacer palpable esa verdad.

José Luis Restán