RetrocesoA&ONº 198/3-II-2000SumarioEl Día del SeñorContinuar
V Domingo del tiempo ordinario
Evangelio
En aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron. Jesús se acercó, la cogió de la mano y la levantó. Se le pasó la fiebre y se puso a servirlos. Al anochecer, cuando se puso el sol, le llevaron todos los enfermos y poseídos. La población entera se agolpaba a la puerta. Curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios; y como los demonios lo conocían, no les permitía hablar.

Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar. Simón y sus compañeros fueron y, al encontrarlo, le dijeron: Todo el mundo te busca.

Él les respondió: Vámonos a otra parte, a las aldeas cercanas, para predicar también allí; que para eso he venido.

Así recorrió toda Galilea, predicando en las sinagogas y expulsando los demonios.

Marcos 1, 29-39

«Todo el muindo te busca»
Jesús aparece en este evangelio investido de una misión universal. Todo el mundo te busca, le dicen los suyos arrancándole de la oración. Y llama la atención cómo se agranda el escenario de la acción de Jesús: del reducido espacio de la casa de Pedro, donde cura a su suegra, se pasa al conjunto de la población agolpada a la puerta y, más adelante, a las aldeas vecinas donde Cristo quiere predicar. Por último, Jesús recorre toda la Galilea, símbolo del mundo gentil. Cristo se revela así devorado por el afán de predicar y de curar a los enfermos y poseídos. Su misión no se ciñe a Cafarnaúm, ni a los pueblos vecinos, sino que pretende encender un fuego que consuma a toda la tierra. Yo para esto he venido, dice a quienes tienen la tentación de retenerlo entre ellos y poner límites a su misión.

Cristo es un derecho de cada hombre por la sencilla razón de que todo hombre necesita la salvación. Tiene derecho a recibirla. En este sentido, todo hombre, aun sin saberlo, busca a Cristo. Y lo busca desde la más básica y radical necesidad de su ser: la de ser sanado. La imagen de los enfermos y poseídos colocados a los pies de Cristo es la más sugerente representación de la Humanidad que busca descargar su connatural miseria en quien puede soportarla sobre sí como Siervo de Dios y de los hombres. Así lo profetizó Isaías cuando presenta al Mesías como Aquel que cargó sobre sí todas las dolencias y enfermedades de los hombres. Éste es el telón de fondo para interpretar lo que hace Jesús cuando cura a un leproso, paralítico o sordomudo y cuando libera a un poseído. Es el Cristo que carga sobre sí lo que el hombre no tiene fuerzas para llevar él solo, como aquel sobrecogedor Crucificado de Grünewald, lleno de heridas, llagas y postemas, que pintó para colocarlo en un convento donde los apestados podían clavar en él su última mirada antes de morir, con el consuelo de que el Hijo de Dios compadecía con ellos.

Secuestrar a Cristo de la vida de los hombres, retenerlo en nuestro pequeño cafarnaúm para el propio disfrute, impedirle llegar al último confín de la tierra es el mayor atentado contra la compasión que todo hombre necesita. Es el secuestro de la salud eterna, a la que todos tenemos derecho. Es privar al hombre de vivir rescatado de la impotencia de salvarse a sí mismo. Cristo ha venido para predicar a todo hombre y ofrecerle la salud. Y quienes no comparten esta misión de Cristo claudican ante lo que Bernanos consideraba una forma de impostura: vivir sólo para ser queridos. Lo opuesto, justamente, al vivir de Jesús.

+ César Franco
Obispo auxiliar de Madrid


Año de Gracia
El Evangelio de la vida no es una mera reflexión, aunque original y profunda, sobre la vida humana; ni sólo un mandamiento para sensibilizar la conciencia y causar cambios significativos en la sociedad; menos aún una promesa ilusoria de un futuro mejor. El Evangelio de la vida es una realidad concreta y personal: el anuncio de la persona misma de Jesús, el cual se presenta al apóstol Tomás, y en él a todo hombre, con estas palabras: Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Jesús es el Hijo que, desde la eternidad, recibe la vida del Padre y que ha venido a los hombres para hacerles partícipes de este don: Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Defender y promover, respetar y amar la vida es una tarea que Dios confía a cada hombre, llamándolo, como imagen palpitante suya, a participar de la soberanía que Él tienen sobre el mundo: Y Dios los bendijo , y les dijo: «Sed fecundos y multiplicaos, y henchid la tierra y sometedla». Esta participación del hombre en la soberanía de Dios se manifiesta en la responsabilidad específica que le es confiada en relación con la vida propiamente humana;alcanza su vértice en el don de la vida mediante la procreación por parte del hombre y la mujer en el matrimonio. La generación de un hijo es un acontecimiento profundamente humano y altamente religioso, en cuanto implica a los cónyuges, que forman una sola carne, y también a Dios mismo, que se hace presente. Precisamente en esta función suya como colaboradores de Dios que transmiten su imagen a la nueva criatura, está la grandeza de los esposos. La vida transmitida por los padres tiene su origen en Dios: Antes de formarte en el seno materno —dice el Señor—, te conocía, y antes de que nacieses, te tenía consagrado.

Juan Pablo II
de la encíclica Evangelium vitae