RetrocesoA&ONº 198/3-II-2000SumarioEn portadaContinuar
El tributo de los ídolos
El dolor producido por las acciones terroristas no es el único que abate a nuestra sociedad. También produce dolor la noticia, difundida estos días, del suicidio del responsable de finanzas de la CDU alemana. Dolor y compasión, que lleva de inmediato a orar a Dios por su alma, para que sea acogida por la Misericordia infinita, y a orar por su familia, para que no le falte el consuelo de Dios.

Es terrible, sin duda, que alguien se quite la vida, pero no lo es menos que sociedades enteras destruyan su humanidad viviendo bajo la esclavitud de los ídolos —Eliot los sintetizó certeramente en los tres que han quedado en el mundo cuando se ha dado la espalda al Dios verdadero: el dinero, la lujuria y el poder—. Son muchos los signos de esta destrucción; uno de ellos, y no precisamente el más irrelevante, es esa perversión del lenguaje, que es también una forma de idolatría, de quienes consideran al suicidio, o a la eutanasia, incluso como una forma de dignidad, y ensalzan como expresiones de libertad las mayores aberraciones que hoy esclavizan a hombres y mujeres de un modo más terrible que las cadenas de la antigua esclavitud.

El autor de la carta a los Hebreos dice que Cristo ha dado la libertad a quienes por temor a la muerte pasaban la vida como esclavos. Sin duda hay diferencias entre las ostentosas esclavitudes de la antigüedad y las disimuladas esclavitudes de hoy, que, como decimos, hasta llegan a pasar por liberaciones; pero la realidad no se detiene en los maquillajes, por sofisticados que sean, y antes o después la condición de esclavos reaparece en toda su crudeza. Como los dioses del paganismo antiguo que reclamaban el sacrificio de víctimas humanas, también los ídolos del paganismo actual exigen el tributo de víctimas humanas, con el agravante de que este impuesto revolucionario de inhumanidad suele ser directamente proporcional a las multimillonarias cifras macroeconómicas objeto de la adoración de los idólatras contemporáneos.

Al dinero se sacrifica todo: tiempo, familia, amigos, convicciones..., en el mundo de la política, en el de los negocios, en el de los medios de comunicación... La muerte trágica del responsable de las finanzas de la CDU alemana, desgraciadamente, no es en absoluto un elemento extraño en la cultura de adoración al dinero en que vivimos. Aunque el común de la gente no llegue al suicidio físico, dar fe de su progresiva deshumanización, que no conduce sino a la tristeza y a la pérdida del gusto de vivir, es inapelable. Es el ineludible tributo de víctimas humanas reclamado por los ídolos de hoy.

No es un tributo distinto el trágico balance de niños sacrificados en el seno materno, que conlleva asimismo la tragedia irreparable de sus madres, cada día en edades más tempranas. En esto también aparece el satánico disfraz del lenguaje. Últimamente prolifera en periódicos, radios y televisiones, no ya la publicidad de una práctica aberrante de la sexualidad humana —al orden del día a todas horas—, sino el consejo —también cada vez más a la orden del día—, revestido del halo de lo estrictamente científico y médico, y por tanto —se dice— al margen de cualquier valoración moral —¡como si fuera posible la ciencia y la medicina sin la moral!— de la píldora del día después, que no es más que el instrumento asesino de un ser humano ya concebido, tanto más cruel, si cabe, por cuanto la edad de la víctima se cuenta todavía sólo por horas, y la de la madre —triste víctima también de la idolatría contemporánea— se cuenta cada vez por menos años.

Eso de que no se puede servir a dos señores: a Dios y al dinero podrán empeñarse en olvidarlo algunos. La testaruda realidad no lo olvida jamás.

Alfonso Simón