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Lleva diez años recorriendo los cinco continentes para proclamar en todos los rincones el más humano de los mensajes: la vida es el don más grande, y la familia, el ambiente en el que puede ser recibida con más cariño. Antes de llegar a Roma, cuando Juan Pablo II lo nombró, en 1990, Presidente del Consejo Pontificio para la Familia, había sido Presidente del Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) y arzobispo de Medellín. Todos estos años de fatiga al servicio de la causa de la vida colocan al cardenal colombiano Alfonso López Trujillo, 64 años, en un observatorio privilegiado a la hora de hacer un balance del estado por el que atraviesa el más elemental de los derechos humanos. Ahora, cinco años después de la publicación de la Evangelium vitae, la encíclica que este Papa ha dedicado a lo que considera una de las emergencias más graves de los tiempos modernos, el cardenal López Trujillo ofrece un panorama del respeto a la vida en el mundo.Comencemos precisamente con la Evangelium vitae. En esa encíclica, Juan Pablo II hablaba de una confrontación entre una cultura de la vida y una cultura de la muerte. ¿Cómo podría definir cada una de ellas? En estos días próximos celebraremos en el Aula del Sínodo del Vaticano los cinco años de la publicación de esa encíclica. Será una celebración presidida por el Santo Padre y que preparamos conjuntamente el Consejo Pontificio para la Familia, el Consejo Pontificio para la Salud, y la Academia Pontificia par la Vida. Es impresionante la fuerza profética de esta encíclica, solicitada como se sabe en el consistorio extraordinario de los cardenales de 1990. El Santo Padre recogió y lanzó con especial vigor la buena noticia de la vida, la admiración y el respeto que merece, con un anuncio gozoso. Asimismo hizo las denuncias correspondientes ante los casos de violación de los derechos fundamentales. El conjunto de este anuncio, que crea una conciencia más profunda y arraigada del don maravilloso de la vida, se denomina cultura de la vida. Es algo que, si bien surge como una actitud arraigada en el ser del hombre, con una cierta espontaneidad, requiere ser cultivado. Hay que ayudar a formar la conciencia amordazada por las presiones, las agresiones y las manipulaciones de una cultura de la muerte. En esta lucha se juega buena parte del futuro de la Humanidad. Será, a la vez, el test que medirá el grado y el espesor de la verdadera calidad humana. Son grandes los retos, pero son muy grandes y con horizontes mucho más amplios las esperanzas. Este siglo tendrá que ser el del respeto de la dignidad humana, amenazada y conculcada. Sucede algo muy extraño, como lo hemos estudiado en diversos congresos internacionales organizados por el Consejo Pontificio para la Familia. Ponderar toda la riqueza de la defensa de los derechos humanos, y concretamente de la Declaración de 1948 de la ONU, es una conquista apreciable, pero golpea el contraste con las difundidas negaciones de los derechos fundamentales, precisamente contra el más básico, que es el derecho a la vida, ratificado en el artículo tercero de esa Declaración. Es una negación de la universalidad e integridad en que se sostiene. Los millones de víctimas, las más inermes e inocentes, las del crimen del aborto (cerca de 50 millones anualmente), constituyen una inmensa herida abierta en el corazón de la Humanidad. |
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Me sorprende mucho que algunos de los defensores de los derechos humanos y de la lucha por la libertad no tengan esta concreta prioridad en sus programas. Los nascituri son los más pobres de los pobres, y las naciones, sometidas a las presiones que quieren hacer pasar el delito como un derecho, merecen respeto y apoyo.
La ciencia demuestra día tras día, con avances extraordinarios, la maravilla de la vida humana desde el instante de su concepción. Al mismo tiempo, impresiona profundamente la relación única que se crea entre una mujer y el niño que lleva en su seno desde los primeros momentos. Y, sin embargo, las propuestas de legalización o de ampliación de los supuestos para el aborto siguen ahí. En la opinión pública el aborto sigue siendo visto como algo normal. ¿A qué atribuye usted este fenómeno? La legalización del aborto es una incoherencia que hiere la conciencia y que será, sin la menor duda, un motivo de vergüenza histórica. Así como hoy la Humanidad se avergüenza con sobrada razón de la esclavitud y de las discriminaciones en este campo, así, muy pronto, tendrá que avergonzarse de tanta inhumanidad, como todo lo que entraña la cultura de la muerte en las legislaciones que son inicuas y permisivas. Son legislaciones que contrastan con los mismos logros y revelaciones de la misma ciencia. Persisten actitudes, fruto de la confusión y de proyectos que se mostrarán endebles, y hasta se busca agravar la situación en algunas naciones. Acaban convirtiéndose en un juego político, en un empobrecimiento de la democracia. Se quiere imponer una verdad política que se detenta por mayorías parlamentarias de turno, que son bien contingentes. Se suele imponer una disciplina que reemplaza a la debida información, el diálogo, y se exalta como un nuevo orden jurídico y una nueva moral. El Papa, en su célebre discurso a la ONU en 1995, indicaba la urgencia de una gramática que parta del encuentro de las verdades ancladas en la naturaleza de los hombres, una gramática que permita el diálogo y la convergencia para dar un nuevo rostro a la Humanidad. Si bien hay nuevos desafíos y presiones, hay también conversiones, incluso de políticos, y victorias en diferentes naciones. Hay fuerzas de la cultura de la vida que crecen, se fortalecen y tienen una mayor influencia. Sería demasiado largo hacer el simple recuento. Se conoce bien la novedad, sumamente oportuna, del Parlamento de Estados Unidos con respecto al llamado partial birth abortion (aborto tras nacimiento parcial) que es todo un proceso terrible de inhumanidad y de crueldad. La voluntad absolutamente mayoritaria del Parlamento no tuvo eco en el Presidente Bill Clinton, en nombre del derecho de la mujer... Numerosos políticos, científicos, etc., que eran abortistas hoy no lo son. Y eso se refleja en los mismos Parlamentos. La lucha, desde luego, no se concentra en el aborto, ni en otros atentados contra la vida, como es la eutanasia. El problema de una cultura de la vida se refiere a la institución natural que tiene como misión central la vida, es decir, la familia. La misión de procreación integral, entendida por tanto la educación, la acogida, el respeto y el cuidado de la vida, sufren también un duro golpe cuando la institución del matrimonio es erosionada, como ocurre con las uniones de hecho. Es otra grave y terrible confusión que merecería mayor tiempo para su adecuado tratamiento. |
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La vida del niño requiere el regalo de un hogar estable, y hoy los niños son las grandes víctimas también en este campo. Está en juego, nada menos, que el desarrollo armónico e integral del niño que tiene derecho a un verdadero hogar.
La vida no sólo se ve atacada en sus primeros instantes. Está amenazada también por dos fenómenos escalofriantes: la pena de muerte y la eutanasia. Este último no es un fenómeno nuevo. Hace pocos años muy poca gente se atrevía a hacer propuestas de eutanasia, pues podría ser acusado de nazi la práctica fue auspiciada por Hitler. ¿Cómo es posible que se esté dando un paso atrás tan gigantesco? Todo el problema reside en tener o no una buena antropología. La verdad del hombre, su eminente dignidad, están en juego. El hombre, el nascituro, el enfermo terminal, si es concebido como persona, imagen de Dios, como fin, y no como medio, será tratado con el respeto que merece. De lo contrario, todo cae en el dominio de lo arbitrario. ¡Y habrá algunos que se arroguen el derecho de si una vida vale la pena de ser vivida a o no! En todo esto opera la misma lógica. Si el embrión tratado como cosa, no es persona, es manipulable, será también tratado como cosa el enfermo al que se le niega su dignidad de persona, para adquirir la dimensión de una carga insoportable. La vida humana, cuando se encuentra en circunstancias de mayor limitación, dolor y necesidad, requiere más solidaridad, cuidado, compasión. No se puede negar que algunas conductas y algunas legislaciones son de tal forma arbitrarias e inmorales que parecen fruto de sociedades totalitarias. Se piensa que la defensa de la vida es un tema confesional, reducido o limitado a la preocupación de los católicos. ¡No es así! Los valores y verdades fundamentales que están implicados se refieren a todos los hombres, a toda la Humanidad. Es también una exigencia del diálogo en la verdad. Es un peligroso precedente politizar la verdad. La democracia debería ser el mejor humus para el amor, el respeto y el reconocimiento de la vida como derecho fundamental. Terminemos esta grata entrevista recordando la importancia que tuvo la familia y la vida en el Sínodo de Europa, en el cual participé. El cardenal arzobispo de Madrid, en sus relaciones como Relator generalis, subrayó muy bien el fenómeno preocupante en Europa y las posibilidades y urgencias para el futuro. Son temas marginales en los que se juega buena parte del futuro de la Iglesia y de la Humanidad. La Jornada Nacional para la Vida se inscribe en esta realidad. Jesús Colina. Roma |