RetrocesoA&ONº 198/3-II-2000SumarioEspañaContinuar
Apuesta por la vida humana
Todas las sociedades mínimamente civilizadas han defendido siempre el derecho a la vida,
escribe el Presidente de la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal
Española. Esto no obsta para que también todas las comunidades humanas hayan atentado
frecuentemente contra tal derecho. El siglo XX ha contemplado un cambio de mentalidad
significativo. Junto con un rechazo teórico cada vez mayor de la guerra, de la pena
de muerte y de todo acto violento, han aparecido, ancladas en un concepto perverso de libertad
individual, nuevas amenazas contra la vida humana, afirmando como derecho lo que
hasta ahora se consideraba delito, vaciando de contenido el gran mandamiento: «¡No matarás!»

Las leyes que permiten el aborto constituyen el primer peligro serio para la vida humana. Tal como quedan recogidas en la legislación española, aunque se establecen determinados supuestos, la situación de hecho es que —bajo el supuesto de riesgo para la salud física o psíquica de la madre— estamos prácticamente ante un aborto legal libre o cuasi-libre. Las víctimas son unos 50.000 al año, según los datos oficiales. A ello se suma la administración de fármacos que impiden la implantación —y por tanto la supervivencia— del óvulo ya fecundado. La llamada píldora del día siguiente está a la orden del día en los servicios de urgencias de muchos hospitales. Estos abortos tempranos no se contabilizan en las cifras oficiales, pero todo indica que pueden ser más numerosos que los anteriores. En las técnicas de fecundación in vitro, sólo un mínimo porcentaje de embriones llega a implantarse y a progresar; el resto son congelados, o fracasa su implantación. El diagnóstico prenatal, siendo bueno como técnica orientada al cuidado o curación del embrión, desgraciadamente, en no pocos casos, conduce a un aborto, si se sospecha cualquier posible malformación o enfermedad hereditaria.

Al aborto hay que añadir la eutanasia y el suicidio asistido, que atentan contra la vida terminal, o con limitaciones graves, de personas mayores o jóvenes. Por ahora no tienen cabida legal, pero no está ausente su proposición en diversas asociaciones y formaciones políticas.

¿Cuáles son las raíces de este nuevo desprecio de la vida humana? Haciendo un esfuerzo de síntesis podría decirse que, junto a los condicionantes de pobreza y de carencias externas, hay tres factores que favorecen esta nueva mentalidad anti-vida: el primero es la pérdida del carácter sagrado y de la dignidad de toda vida humana; el segundo, la aparición de una antropología no adecuada; y en tercer lugar una concepción perversa de la libertad.

¿QUÉ PODEMOS HACER?


La censura pública y académica de la pregunta por Dios ha ido originando paulatinamente lo que el Papa llama el eclipse de Dios, que priva a la inteligencia humana de la luz necesaria para reconocer sin dificultad que cada hombre —varón o mujer— procede de Dios y está llamado a que Él sea su plenitud eternamente. Su vida humana, creada a imagen y semejanza de Dios, posee una dignidad en su origen, es alguien único e irrepetible en su ser y alcanza todo su sentido al saberse orientada finalmente a Dios: Bien supremo, Verdad plena y Belleza infinita, cumplimiento de las exigencias de todo corazón humano. El eclipse de Dios provocado por el ateísmo, la increencia y el agnosticismo, se traduce prácticamente en relativismo moral que antepone otros intereses a la realidad de alguien que nunca puede ser utilizado, porque es un fin en sí mismo.

La ausencia de una antropología adecuada se pone en evidencia cuando se niega la dignidad de la persona a los concebidos-no-nacidos, o a los deficientes, o a los llamados terminales. Cada ser humano es único e irrepetible e insustituible, no en cuanto individuo de la especie humana, sino en cuanto persona. Ésta es su dignidad y por eso nunca puede ser tratado como un objeto, sino siempre como sujeto, en su inalienable subjetividad.

El tercer factor que posibilita el dominio sobre la vida del otro es la perversión de la libertad. Esto ocurre cuando se olvida que ésta no se fundamenta en sí misma, sino que va precedida por el conocimiento de la verdad. Romper el binomio libertad-verdad es afirmar que la libertad es una fuerza indeterminada que no reconoce más cauces de expresión que los que ella crea e inventa. Posiblemente éste sea el drama cultural más serio del momento presente, ya que reduce al hombre, varón o mujer, a ser producto de las sensaciones y emociones, del placer o la utilidad. Desligada la libertad de la verdad (el bien inteligible) y unida a un concepto individualista de la persona, se hace imposible la educación, y sin más norte que lo útil y placentero, el hombre va a la deriva, es susceptible de cualquier tipo de manipulación y está a merced del emotivismo y de los componentes irracionales.

La cultura dominante, omnipresente en los medios de comunicación, ha facilitado rápidamente el cambio de mentalidad entre tantos españoles que aceptan que la libertad individual pueda tener dominio sobre la vida del no-nacido, del deficiente o del terminal. En este caso, la libertad, en vez de reconocer el camino de la verdad de la persona, se transforma en una fuerza despótica y tiránica, siendo utilizada para matar. Ésta es la crisis más profunda de nuestra civilización, que se agrava todavía más cuando el Estado ampara con sus leyes la muerte del inocente, como en el aborto.

¿Qué podemos hacer los católicos ante las nuevas amenazas que se ciernen sobre la vida humana? La solución pasa necesariamente por la evangelización del mundo y de la cultura. Ante el ocultamiento de Dios, se hace urgente la presencia de testigos que anuncien explícitamente a Jesucristo, el Evangelio de la vida. En este Año Jubilar celebramos el bimilenario de la venida de Cristo al mundo, que tuvo por objetivo, precisamente, anunciar a los hombres el valor trascendente de su vida. La Encarnación del Verbo revela de modo explícito la grandeza del hombre, el sentido de su libertad y el fin excelso al que es llamado. Su muerte en la cruz dignifica hasta extremos inimaginables el valor de cada vida humana.

Quienes escuchan su voz y se dejan impregnar de su misericordia sabrán apostar fuerte por la vida, constituyendo familias cristianas abiertas generosamente a la procreación e imaginando todos los servicios posibles para que no se destruya ninguna vida por falta de acogida y de cuidado amoroso.

+Juan Antonio Reig