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En los albores del siglo cuarto, el césar Máximo ordenó que todos los habitantes de la comarca acudieran a Alejandría para ofrecer sacrificios a los dioses. Los castigos habrían de ser ejemplares para todo aquel que se negara. Pero, según cuenta la tradición, las amenazas no hicieron demasiada mella en la joven Catalina, que refutó uno por uno los argumentos del tirano. Incapaz de seguir él la discusión, y prendado de la hermosura de Catalina, mandó llamar a los más famosos sabios del Imperio, pero ella los convirtió al cristianismo, y hubieron de pagar la cólera imperial con el martirio. Siguieron el mismo destino generales, cortesanos y la propia emperatriz. A Catalina, en cambio, la sacó de la mazmorra y le ofreció compartir el trono, pero ésta prefirió ser decapitada que acceder a tal proposición. Y así murió, manando de su cuerpo leche en lugar de sangre.
¿Crónica o leyenda? Fuera lo que fuere, sirve a la perfección como parábola para ilustrar la historia de los coptos, un pueblo que ha sufrido como pocos las persecuciones, desde san Marcos, su Patrono y evangelizador, hasta prácticamente nuestros días. Hoy Egipto, quizás con Líbano y Siria, el No sólo han escrito los coptos algunas de las mejores páginas de la historia de Egipto, sino también de la cristiandad. De aquí surgió, por ejemplo, el monacato, que tuvo y tiene un centro muy especial en el monasterio de Santa Catalina, a los pies del Sinaí, hoy regentado por monjes greco-ortodoxos. Éste será uno de los puntos centrales de la visita de Juan Pablo II. En su jardín de olivos, donde estaba la zarza por la que Dios habló a Moisés, el Santo Padre presidirá la liturgia de la Palabra. No es un acto ecuménico sin más. Católicos y ortodoxos coinciden en que la presencia entre ellos del Papa es una inyección de estímulo para persistir ante la adversidad, para renovar un coraje del que, como santa Catalina, difícilmente podrían haber dado más muestras. Ricardo Benjumea |