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Sobre el divorcioRespondo a la carta al Director de Joaquín Rodríguez García, en la que se habla de los hijos de divorciados y que supongo responde a una experiencia cercana suya, por haber leído infinidad de ellas en el mismo sentido, y con el único fin de exponer la otra cara del problema. Creo que deberíamos distinguir claramente, por un lado, a aquellas personas que se casan sin fe por la Iglesia y para las que, evidentemente, el acto no constituye más que un mero compromiso humano que, como tal, puede romperse. Para este tipo de personas, denominadas por don Joaquín como aquellos que tiraron cada uno por su lado, a lo mejor la Iglesia debería de ser más valiente y afrontar las consecuencias en la sociedad de negarles el sacramento, o al menos cerciorarse, previamente a la boda, de su fe, cosa harto difícil con cursillos de una semana. Tenemos, por otro lado a los que se casan conforme a su fe, que suelen constituir matrimonios unidos y fieles, y que no se divorcian (como mucho se separan o piden la nulidad). Y tenemos un tercer sector de matrimonios, como es mi caso, en los que uno de los dos cree y el otro es creyente, pero no practicante. Si al cabo de los años este último decide divorciarse, el primero no tiene nada que hacer, salvo a lo mejor haberse ido vivir con él/ella y por tanto en pecado según la Iglesia católica por si acaso posteriormente su pareja se arrepentía. Puede contestarme don Joaquín que estas parejas lo que tenían que haber hecho era romper el noviazgo, pero recuerde que se trata de creyentes no practicantes, no de ateos, y que en cualquier caso les negamos la posibilidad de regresar algún día a una fe que tenían olvidada. En cualquier caso resulta, sobre todo, obligado decir que la gran mayoría de las separaciones no suponen actos vanos y festivos, sino procesos tremendamente dolorosos y difíciles, en los que, la mayoría de las veces, los padres han tenido muy en cuenta el hecho de que es mejor para los hijos tener a unos padres tranquilos, aunque separados. No todos los hijos oyen a sus padres ponerse verdes entre sí; no todos quedan marcados para toda la vida; en muchos casos les tranquiliza saber que sus padres luchan ambos por llevárselos consigo porque ambos los quieren. Por si sirve de ayuda, mi hija ve a su padre cada vez que ambos quieren y pueden, tiene fotos suyas en su habitación, es una niña sumamente feliz en palabras de todos los que la rodean, y es la primera de su clase. ¿Aunque él o ella hayan sido inadecuados maridos o esposas, han de ser también, necesariamente, malos padres o madres? Macarena Montero Estévez Sabiduría y trabajo La sabiduría tiene que ver con la conducta prudente en la vida o en los negocios y con el conocimiento profundo en diversos campos del acontecer humano. La disciplina personal de la consagración al estudio es fuente de sabiduría. El análisis de los hechos, su investigación, su discusión y sus conclusiones, contribuyen a enriquecer nuestros conocimientos. La observación constante de nuestro trabajo nos da un saber a profundidad sobre lo que hacemos, y nos ayuda a disfrutarlo. La conversación seria con nuestros amigos, acerca de los acontecimientos de nuestras vidas, nos permite entenderlas y enrutarlas. La vivencia a plenitud de la vida de hogar nos enseña indelebles comportamientos prudentes frente a los demás. De nuestras relaciones de trabajo y de negocios, aprendemos lecciones diarias de interacción y de obtención de los mutuos beneficios esperados de toda negociación. La sabiduría, entonces, está al alcance de la mano. Quien la desee y la anhele, sólo requiere que ponga toda su intención en el aprendizaje constante que toda acción, todo hecho, todo acontecimiento, toda relación conlleva. Contra la sabiduría atenta la mediocridad en nuestras acciones, en nuestras tareas, aprendizajes, relaciones. La mediocridad no permite profundizar en lo que hacemos y nos lleva por el camino del facilismo y del activismo, sin que vayan quedando huellas profundas de nuestro paso por las vidas de las personas que nos rodean. La sabiduría no anida en la vida superficial, pero se solaza en habitar entre los emprendedores, reflexivos, estudiosos y entre los que, de cada acción, hacen una experiencia. Hernán Saldarriaga Sobre los okupas He leído con atención el comentario de don Andrés Merino, que en el número 195 de este semanario y en su columna Punto de vista habla de los okupas: una cuestión que está en contra de la doctrina social de la Iglesia, de lo legalmente correcto y, por supuesto, del sentido común más elemental: ocupar un piso o local así, por las buenas, constituye un delito de allanamiento de morada y no hay ninguna razón social, ni económica, ni ideológica, ni moral que justifique semejante tropelía. Estoy por eso completamente de acuerdo en lo que dice el señor Merino: los que a sí mismos se autodenominan okupas, no están sino tratando de justificar lo injustificable: una apropiación indebida, por la fuerza, de una casa o de un local, lo que es claramente contrario a la ley y al sentido común. Forzando la puerta como unos vulgares rateros, poco antes del verano pasado se metieron un grupo de sucios melenudos en una casa del barrio de Prosperidad. Yo vivo cerca, lo mismo que sus legítimos dueños, con los cuales hablé personalmente pocos días después de producirse el (esperado) desalojo por parte de la Policía. Ahora yo pregunto: ¿Con qué derecho pintaron a brochazos (en color azul eléctrico) toda la fachada a sus legítimos dueños? Y lo que aún duele más: ¿Cómo se atreven a garabatear un amenazante Volveremos, junto a la hoz y el martillo, sobre la misma pared? La propiedad privada debe revertir en beneficio de los demás: eso es, dicho con otras palabras, lo que nos enseña la doctrina social de la Iglesia. Muy distinto hubiera sido si un grupo de Hermanas de la Caridad, de Franciscanos o de Hermanos de San Juan de Dios, le hubiera pedido a los dueños de ese piso el espacio para crear un dispensario para pobres, un centro de oración o un centro de acogida para inmigrantes. Las cosas se piden por favor, y se deben respetar y cuidar cuando no son de uno. Federico Babé
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