RetrocesoA&ONº 199/10-II-2000SumarioContraportadaContinuar
Adios, Marcelino
Se llamaba Pablo Calvo Hidalgo, quiso ser ingeniero y trabajaba en el mundo inmobiliario.
Tenía 52 años. Acaba de morir en Alicante a causa de un aneurisma, pero fue
—y lo será para siempre— Pablito Calvo, el niño actor que, tras dar vida, y ¡de qué manera!,
al inmortal Marcelino, de José María Sánchez Silva, llevado a la gran pantalla en Marcelino,
pan y vino
por el gran Ladislao Wadja, se retiró del cine al cumplir los 14 años.
Ahora que se han cerrado aquellos sus grandes y serenos ojos azules que le hicieron ser
elegido entre cientos de niños españoles, y ahora que Cristo, su Cristo, se lo ha llevado, de
verdad, ilumina esta página el final del prodigioso e inolvidable cuento escrito por Sánchez Silva:

Marcelino andaba aquellos días como dormido en su propia felicidad. Ni los bichos, ni sus viejos amigos los frailes... nada le distraía de su amistad con el Hombre del desván... Aquella tarde, su ofrenda había consistido en lo más corriente, lo que había dado origen al nombre puesto por Jesús: pan y vino solamente. Jesús descendió, como de costumbre, de su cruz y comió y bebió su pan y su vino, como siempre, y sólo al final, ante Marcelino embebido en su figura, de la cual no quitaba ojo, pero sin atreverse ya a tocarla del respeto y amor que le paralizaban, llamó hacia Sí al niño, y tomándole con las manos por los delgados hombros, le dijo.

Bien, Marcelino. Has sido un buen muchacho y Yo estoy deseando darte como premio lo que tú más quieras.

Marcelino le miraba y no sabía cómo responderle. Pero el Señor, que veía dentro de él lo mismo que ve dentro de nosotros, insistía dulcemente, haciéndole presión con sus largos dedos:

Díme: ¿quieres ser fraile como los que te han cuidado? ¿Quieres que vuelva junto a ti ´Mochitoª, o que no se muera nunca tu cabra? ¿Quieres juguetes como los que tienen los niños de la ciudad y del pueblo?

A todo decía que no Marcelino, con los ojos cada vez más abiertos y sin ver ya al Señor de lo mucho que Lo veía y de lo cerca que Lo tenía de sí.

¿Qué quieres, entonces?, le preguntaba el Señor.

Y entonces Marcelino, como si estuviera ausente, pero fijando sus ojos en los del Señor, dijo:

Sólo quiero ver a mi madre y también a la tuya después.
El Señor lo atrajo entonces hacia Sí y lo sentó sobre sus rodillas, desnudas y duras. Después le puso una mano sobre los ojos y le dijo suavemente:

Duerme, pues, Marcelino.

En aquel mismo instante once voces clamaron ¡Milagro! detrás de la puerta del desván, sobre la escalera, y la puerta se abrió de golpe, y todos los frailes menos fray Malo irrumpieron en la pequeña estancia, en la que apenas cabían tantos. ¡Milagro, milagro!, gritaban los frailes y el padre Superior. Pero todo estaba en calma, y bajo la luz del ventanillo abierto aparecían los estantes cubiertos de libros y legajos empolvados, como siempre; los muebles y maderas hacinadas, y el Señor en su Cruz inmóvil, macilento y agonizante como de costumbre. Sólo Marcelino reposaba entre los brazos del sillón frailero, dormido al parecer. Cayeron los frailes de rodillas y allí estuvieron tanto tiempo como fuera posible, hasta dar en la cuenta de que Marcelino no despertaba. Acercóse entonces el padre Superior a él y, tocándole con sus manos, hizo seña a los frailes de que fueran bajando, y dijo nada más:

El Señor se lo ha llevado consigo, bendito sea el Señor...