RetrocesoA&ONº 199/10-II-2000SumarioDesde la feContinuar

NO ES VERDAD

Abochorna hasta la saciedad la oleada, sin duda sistemáticamente programada en vísperas de las elecciones, en contra de la vida que tiene derecho a nacer. En esa curiosa forma de pacto, pero menos, que se han sacado de la manga el señor Almunia, y que, según el alcalde socialista de La Coruña, le ha hecho un hombre a Frutos, o, como ha titulado algún periódico, Almunia sube a Frutos a primera División, realmente no estarán de acuerdo en casi nada —y para comprobarlo basta cotejar los respectivos programas electorales—, pero, eso sí, lo están en el irrenunciable punto de su altamente progresista acuerdo de mínimos, o lo que sea, según el cual el aborto en España pasaría a ser prácticamente libre y, no faltaba más, gratuito si ganasen las elecciones.

Nuestra civilizadísima Sanidad (a cualquier cosa le llaman sanidad) ya ha alcanzado la conquista que tanto soñaba: las pobres mujeres que quieran acabar con la vida de su hijo abortándolo ya no van a necesitar ir al quirófano: una pildorita de nada acabará con él, por trece mil pesetas que, naturalmente, vamos a pagar todos a través de la Seguridad Social. Uno creía que la Seguridad Social no había sido creada para financiar crímenes. Hasta ayer, los limpios de mente de los centros de exterminio que se camuflan de clínicas, no les habían dicho a las y a los abortistas que el quirófano tenía los riesgos de infección, hemorragia, etc., que ahora dicen que la píldora evita. No sabemos qué riesgos esconderá esta píldora, pero ya nos los contarán cuando descubran otra píldora que mate mejor.

Todo casa en una sociedad cuyo Tribunal Constitucional mantiene la barbaridad jurídica de que el embrión no es sujeto de derechos; o en la que el código deontológico médico ya no condena el aborto —pues peor para el código, que será código, pero de médico no tiene nada—; o en la que la Sala de lo Penal del Tribunal Supremo considera que no es delito presenciar una violación sin hacer nada por evitarla; o en la que se da por bueno que la familia ha dejado de ser una realidad institucional rígida, de acceso exclusivo a través del matrimonio; o en la que IU —esos solidarios de diseño, expertos en pringues—, considera intolerable que la Iglesia se pringue en política condenando el aborto, con una Jornada a favor de la vida, que, por cierto, tiene lugar cada año, haya elecciones o deje de haberlas. La defensa de la vida es cuestión de fe, y de convicciones morales, claro; pero antes es cuestión de educación cívica elementalísima, de no ser un cafre y de no regresar a la ley de la selva, la del más fuerte. Hace falta mucho cinismo para propugnar la liberalización total del aborto y seguir hablando de derechos humanos. Convendría recordarlo al votar.

Gonzalo de Berceo