RetrocesoA&ONº 199/10-II-2000SumarioDesde la feContinuar
Paul Claudel, el poeta del alma, en el siglo de la «muerte de Dios»
«Mi corazón fue tocado, y creí»
En la crítica francesa, el acercamiento entre Claudel y Víctor Hugo es casi un lugar común. Albert Thibaudet, hacia mitad de los años treinta, escribió que Claudel había inundado Francia con la ola poética más grande que se hubiera registrado jamás, después, naturalmente, de la de Hugo. También significativo, un cuarto de siglo después, el juicio de Gaetan Picon, para quien Claudel recuerda a Hugo, sea porque cae en excesos y debilidades tan evidentes que sólo la ceguera del genio puede explicar, sea porque, mientras sus contemporáneos deben casi todo a la inteligencia y a la habilidad, él debe todo a una savia inocente e incesante; tanto, que hace pensar que alguien o algo le haya delegado el poder que crea y levanta los mundos.

Énfasis aparte, hay algo de verdad, o al menos de verosímil; y se podría continuar largamente con citas más o menos del mismo tenor. Pero quizás vale la pena, en cambio, dar un paso atrás para recordar dos testimonios directos, dos impresiones en caliente y en vivo. La primera es de Maurice Maeterlinck, que tras haber conocido al joven Claudel (él, Maeterlinck, tenía seis o siete años más), le escribió: Habéis entrado en mi casa como una horrible tempestad… ¿Quién sois? ¿Sois quizás el conde de Lautréamont resucitado? El otro testimonio, menos dramático pero no menos gustoso, es de Gide, que en su Journal de 1905 le dedica dos inolvidables retratos, suspendidos en equilibrio entre la insoportabilidad, la malignidad y la admiración: Claudel, con su cara sin matices y su chaqueta demasiado corta, es comparado cada vez con un martillo, con un toro, con una fuerza de la naturaleza; procede con afirmaciones bruscas, y mantiene un tono hostil incluso con quien está de acuerdo con él; y en un cierto punto, mirando a Gide fijamente a los ojos, le pregunta a contrapelo: ¿Por qué no se convierte usted?…

Pero ¿qué escritor, qué poeta y —sobre todo, y en la medida en que sea posible descubrirlo— qué alma es este martillo-pilón, este hombre de frente baja y cuello taurino? En cuanto a escritor, viene en nuestra ayuda el mismo Picon, que lo define un Bossuet mezclado con Rimbaud y habla de alianza magnífica en el sentido de lo monumental y de la intensidad lírica. Todo es grande en Claudel, lo sabemos, como en Hugo, incluídos los defectos, las intemperancias, las exageraciones; pero a esto hay que añadir inmediatamente que la grandeza en él no es tanto un resultado como un dato de hecho, una sustancia, incluso una premisa; más que ser un gran poeta, Claudel es el poeta de la grandeza. La grandeza —la del mundo, rigurosamente entendido como Mundo Creado— existe, está ahí; y dar cuenta de ello es la finalidad, la tarea, el deber de la poesía. Esto explica, entre otras cosas, por qué el paso de la dimensión lírica a la teatral sea para Claudel un paso de alguna forma obligado; y explica por qué su paso a la fase, podríamos decir, de comentarista, fue también obligado. De hecho, Claudel acaba, en la práctica, de escribir su teatro hacia la mitad de los años 20; y en la última y larga parte de su vida (murió en 1955, cerca de los 90 años) se dedicó sobre todo a un interminable y laberíntico trabajo de interrogación e interpretación de la Biblia.

En resumen, de testigo-cantor del drama de la Creación, se hizo testigo exegeta de la palabra del Creador; y no había, desde su punto de vista, otra forma posible para tener fe hasta el fondo, más allá del debilitamiento de los sentidos, más allá del debilitamiento del aferrarse a la realidad de las cosas, cuando, en el umbral de su juventud, se verificó el acontecimiento que él recordaría con estas palabras: Mi corazón fue tocado, y creí.

Giovanni Raboni
en Avvenire