RetrocesoA&ONº 199/10-II-2000SumarioDesde la feContinuar
Cine
Buñuel
y los mitos de un centenario

El 22 de febrero se cumplen cien años del nacimiento del más universal de los cineastas españoles, Luis Buñuel. Todos se apuntan a la reivindicación de esta figura tan incatalogable como sugerente. También yo pienso que debe ser recordado, pero quizás por razones distintas de las que esgrime la mayoría.

El nombre de Buñuel se enarbola desde hace años como sinónimo de modernismo, libertad, izquierdismo,... y muy especialmente de anticatolicismo. Lo que no se dice en esta sociedad que se alimenta de tópicos es que el cineasta de Calanda ni era tan modernista ni tan antirreligioso como afirman los estereotipos de curso legal. Voy a indicar esquemáticamente tres razones por las que es reivindicable Luis Buñuel desde la conciencia católica en estos momentos tan significativos de la Historia.

-La obra y el pensamiento de Buñuel es una subversión contra el racionalismo moderno y sus consecuencias: el positivismo, el materialismo, el cientificismo... en nombre de una afirmación incondicional del misterio último de la realidad. Escribe el cineasta: Junto al azar, queda el misterio. El ateísmo —por lo menos el mío— conduce a aceptar lo inexplicable. Todo nuestro universo es misterio. Si fuéramos capaces de aceptar sin desmayo el misterio de nuestra vida, podría hallarse próxima una cierta dicha, bastante semejante a la inocencia.

Buñuel define su ateísmo como instintivo, frente al agnosticismo, que él tacha de racionalista. Amo la felicidad de recibir lo inesperado y tengo horror a comprender. Y la ciencia no me interesa: es presuntuosa, analítica y superficial. Ignora el sueño, el azar, la risa, el sentimiento y la contradicción.

El anticatólico Buñuel coincide con el catolicismo en su rechazo de un concepto ilustrado de razón, omnipotente y cartesiana que niega y elimina el Misterio. Esa cercanía de lo inabarcable la vive ciertamente de una forma deliberadamente irracional e instintivamente heterodoxa, casi como sinónimo del azar, pero lo convierte en un criterio interesante que aplica a todo: afirma por ejemplo, que él se opone a la pornografía porque agota el misterio de una relación amorosa.

-Buñuel abandonó la fe influido por la educación moralista que recibió y por la ausencia de razones convincentes que no supieron transmitirle. Cuando recuerda que en su infancia la religión era omnipresente y se manifestaba en todos los detalles de la vida, confirma que aquello fue una experiencia extraordinaria y feliz por su exquisitez espiritual. Culturalmente, soy cristiano. Habré rezado dos mil rosarios y no sé cuántas veces habré comulgado. Eso ha marcado mi vida. Comprendo la emoción religiosa y hay ciertas sensaciones de mi infancia que me gustaría volver a tener: la liturgia en mayo, las acacias floridas, la imagen de la Virgen rodeada de luces. Son experiencias inolvidables y profundas.

Obviamente se trata de una nostalgia sentimental de la fe, sentimentalismo que es siempre la otra cara de la moneda del moralismo. Pero es imposible descubrir en él un odio a la fe o algo semejante. Hagamos memoria de la repulsa que le produjo saber que en la guerra civil moría gente sencilla de su pueblo por el simple hecho de hacer pública su devoción cristiana; y tampoco olvidemos la desaprobación que expresó ante la brutal matanza de clérigos.

-Por último, Buñuel fue un heterodoxo de la izquierda liberal. Rechazó el economicismo marxista porque —decía— se olvidaba de la mitad del hombre; atacó el sectarismo de los grupos vanguardistas en que militó; le irritó la disciplina comunista y aborreció del Guernica de Picasso y del teatro de Lorca. Podría citar mil anécdotas que indican que Buñuel nunca se apuntó a la religión de los tiempos, sino que siempre conservó la espontaneidad de su búsqueda insatisfecha y su resistencia a aceptar cualquier tópico o estereotipo ideológico que chocase con su experiencia. Pero lo más significativo iba contra la línea de flotación de la ideología moderna: Buñuel reconoció que la libertad total anhelada por las revoluciones es un fantasma. El genio aragonés la representó como un fantasma de niebla: El hombre la persigue, cree atraparla, y sólo le queda un poco de niebla entre las manos.

También se alejó de los dogmas de la izquierda revolucionaria cuando afirmó que el movimiento antifascista de la guerra civil, en el que él había puesto tantas esperanzas, sólo le produjo tristeza.

Obviamente se puede señalar otros muchos aspectos que entroncan a Buñuel con la tradición moderna anticatólica, pero por lo anteriormente expuesto pienso que es necesario acabar con ciertos mitos, manipulados desde intereses ideológicos, y reivindicar públicamente al genio aragonés por razones muy diversas de las que esgrime la mayoría. Pero... será en otra ocasión.

Juan Orellana