El inicio de la Historia
Se había emprendido de veras el camino hacia un Concilio de transición entre dos épocas? Con esta pregunta concluyen las 470 páginas de este libro de historia del Concilio Vaticano II, que, dirigido por Giuseppe Alberigo, acaba de aparecer editado por Peeters/Sígueme. Es el primero de cinco volúmenes: El catolicismo, hacia una nueva era. El anuncio y la preparación (enero 1959-septiembre 1962), al que seguirán: La formación de la conciencia conciliar. El primer período y la primera intersesión (octubre 1962-septiembre 1963); El Concilio adulto. El segundo período y la segunda intersesión (septiembre 1963-septiembre 1964); La Iglesia como comunión. El tercer período y la tercera intersesión (septiembre 1964-septiembre 1965); y Un Concilio de transición. El cuarto período y la conclusión del Concilio (septiembre-diciembre 1965). La edición española (en Italia hace tiempo que salió) está a cargo de Evangelista Vilanova (Monserrat). Este primer volumen se queda en el análisis del anuncio y preparación del Concilio. Consta de cinco desiguales trabajos, y de un epílogo. En el primero, De la seguridad del baluarte, a la fascinación de la búsqueda, y en el epílogo, el prestigioso historiador de Bolonia profesor Alberigo, que nos tiene acostumbrados a estudios mejores, defrauda un tanto las expectativas del lector. Se queda en una lectura cabría decir que excesivamente subjetiva, y hasta ideológica o política más que de la preparación en sí, de las maniobras previas de un ala o de otra, con alguna que otra llamativa contradicción, como definir algo a la vez valioso y superfluo, ¿en qué quedamos?, o en simplismos que le llevan a confundir la opinión pública con tres embajadores y el New York Times. Eso hace sospechar y hasta temer: ¿los mismos apriorismos y condicionamientos conciliares se van a repetir al contar su historia?
Afortunadamente, en este primer volumen, luego no es así. Más serios y de más calado son los trabajos de los profesores E. Fouilleaux (Lyon): El lento camino para salir de la inercia, con interesantes anotaciones sobre el papel de las Universidades católicas; el de J. Komonchak (Washington): La lucha por el Concilio durante la preparación (estudia el trabajo de cada Comisión preparatoria, una por una) hace ver a quién se refería Juan XXIII al hablar de profetas de desventuras, y demuestra cómo la Iglesia supo superar tensiones y buscar soluciones; el de Oscar Beozzo (Sao Paulo), que retrata el clima exterior al Concilio (Islam, judaísmo, marxismo, etc.) a partir de la primera conferencia de prensa de la historia de la Iglesia; y el del profesor K. Wittstaadt (Würzsburg) sobre los siete primeros esquemas y las reacciones del episcopado mundial y la serenidad del Papa, en vísperas ya de la gran esperanza del Concilio. Flojo, y muy sectorial, su análisis de la prensa ante un Concilio, del que se dijo que tuvo tres protagonistas: los obispos, los teólogos y los informadores, pero cuyo principal protagonista y máximo organizador fue el Espíritu Santo.
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Buscador de la verdad
En nada he puesto tanto cariño como en mis poesías. Después de mi novela "Paz en la guerra" no había vertido tanta alma como en ellas: así escribe don Miguel de Unamuno en una carta a Joan Maragall, en 1900, y, con buen tino, Ricardo Senabre trae estas palabras al prólogo de esta impresionante edición de la obra poética de don Miguel de Unamuno que acaba de editar la biblioteca Castro como IV volumen de sus Obras Completas. Poesías, Rosario de sonetos líricos, El Cristo de Velázquez, Rimas de dentro, Teresa, De Fuerteventura a París, y Romancero del destierro, constituyen este precioso volumen de la acreditada biblioteca que preside Juan Manuel Urgoiti y cuyo secretario es Santiago Rodríguez Ballester, y cuyo director literario es Domingo Ynduráin, de la Real Academia Española.
Id con Dios, cantos míos, y Dios quiera que el calor que sacasteis de mi pecho, lo recobréis en corazón abierto: así habla el poeta a sus versos en los que late un ansia infinita de perduración, una aspiración a la supervivencia y una perenne búsqueda de la verdad. El repudio unamuniano de la finitud lleva consigo una orgullosa proclamación de la propia individualidad y una irreprimible tendencia a rechazar cuanto represente actitudes de conformidad. La lírica civil de Unamuno constituye una de las mayores aportaciones del autor a la poesía española de nuestro tiempo, y es, a la vez, confesión, diario íntimo, cuaderno de Bitácora de una larga navegación de más de cuarenta años y compendio y cifra exacta de la personalidad de don Miguel de Unamuno.
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