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En aquel tiempo se acercó a Jesús un leproso, suplicándole de rodillas: Si quieres, puedes limpiarme.
Sintiendo lástima, extendió la mano y lo tocó diciendo:Quiero: queda limpio. La lepra se le quitó inmediatamente y quedó limpio. Él lo despidió, encargándole severamente: No se lo digas a nadie; pero para que conste, ve a presentarte al sacerdote y ofrece por tu purificación lo que mandó Moisés. Pero cuando se fue, empezó a divulgar el hecho con grandes ponderaciones, de modo que Jesús ya no podía entrar abiertamente en ningún pueblo; se quedaba fuera, en el descampado; y aun así acudían a él de todas partes. Marcos 1, 40-45 |
Los leprosos son limpiados El comportamiento de Jesús es como una bofetada de Dios a quienes aceptaban que la lepra era consecuencia del pecado y excluían de la santidad del pueblo a los que la padecían. Por eso, en el gesto de Cristo hay un brote de indignación, dirigida no contra el leproso, sino contra quienes pensaban de esa manera. Jesús tocó al leproso revelando que la pureza de Dios consiste en descender hasta la miseria humana, en besar la carne enferma y dolorida del hombre. Como maestro de la ley, Jesús enseña que el verdadero significado de su doctrina está en sanar a los heridos y consolar a los tristes; que no necesitan del médico los sanos sino lo enfermos. Cristo convierte además este milagro en una prueba de su autoridad que ofrece a los que se obstinan en no creer en él. Sorprende, pues, que la versión litúrgica del evangelio haya suprimido unas palabras que sitúan el milagro en el contexto de la controversia que Jesús mantuvo contra los representantes religiosos de Israel. Después de curar al leproso, Jesús le ordena que se presente al sacerdote y ofrezca por su purificación lo que mandó Moisés en testimonio contra ellos. ¿Quiénes son ellos? ¿De qué da testimonio el milagro? Sencillamente de la autoridad de Cristo que, al curar a un leproso, ofrece un argumento irrebatible contra los que le niegan autoridad divina. Ellos son los mismos fariseos que, cuando Jesús cura al ciego de nacimiento, prefieren negar el milagro a reconocer que Cristo es la Luz capaz de abrirle los ojos. Por eso merecen el juicio de Cristo: si fuerais ciegos no tendríais pecado, pero como decís "vemos", vuestro pecado permanece. + César Franco
En su obra dramática La anunciación a María, Paul Claudel simboliza todo el amor de Cristo hacia el hombre en el beso con que Violaine consuela al leproso Pierre de Craon, un beso que siembra en ella la semilla de la terrible enfermedad. La lepra, en tiempos de Jesús, hacía impuro a quien la padecía. Impuro en la carne y en el espíritu; impuro para la sociedad e impuro para Dios, pues se le negaba la comunidad con los hombres y el acceso al culto. El leproso pregonaba su maldición gritando impuro, impuro, para que nadie se le acercara; y si osaba aproximarse a lugares habitados, se le alejaba a pedradas. De los rabinos se contaban historias como éstas: Rabí
Eleazar ben Simeón se escondía apenas veía un leproso; Rabí Así y Rabí Ammí no pasaban por la calle donde viviese un leproso; y Rabí Meír no comía un huevo que hubiese puesto una gallina en la calle donde vivían los leprosos.
Obispo auxiliar de Madrid
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¿Qué dices? ¿Estás crucificado, sujeto con los clavos, y prometes el paraíso? Sí, para que aprendas también mi poder en la cruz. No entenderías el misterio de la cruz, si no aprendieras el poder del crucificado. (San Juan Crisóstomo)
Cristo al mismo tiempo ha enseñado al hombre a hacer el bien con el sufrimiento y a hacer el bien a quien sufre. Éste es el sentido del sufrimiento, verdaderamente sobrenatural y a la vez humano. Es sobrenatural, porque se arraiga en el misterio divino de la redención del mundo, y es también profundamente humano, porque en él el hombre se encuentra a sí mismo, su propia humanidad, su propia dignidad y su propia misión. El sufrimiento, ciertamente, pertenece al misterio del hombre. El Concilio Vaticano II ha expresado esta verdad: En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado. Esto es particularmente dramático. Pero cuando se realiza en plenitud y se convierte en luz para la vida humana, es también particularmente alegre. Por Cristo y en Cristo se ilumina el enigma del dolor y de la muerte. Es menester que a la cruz del Calvario acudan idealmente todos los creyentes que sufren en Cristo especialmente cuantos sufren a causa de su fe en el Crucificado y Resucitado para que el ofrecimiento de sus sufrimientos acelere el cumplimiento de la plegaria del mismo Salvador por la unidad de todos. Acudan también allí los hombres de buena voluntad, porque en la cruz está el Redentor del hombre, que ha asumido en sí mismo los sufrimientos físicos y morales de los hombres de todos los tiempos, para que en el amor puedan encontrar el sentido salvífico de su dolor y las respuestas válidas a todas sus preguntas. de la Carta Apostólica Salvifici doloris |