RetrocesoA&ONº 199/10-II-2000SumarioEn portadaContinuar
Aprender a vivir con la vida misma
¿Llegará algún día la Medicina a exterminar el dolor? Un mundo sin dolores de cabeza,
sin enfermedades, sin gripe, sin… No suena mal, si acaso, un poco a ciencia ficción.
Pero el dolor no es sólo eso. Sufre el que está solo, sufre el que se ve ante la muerte
o pierde a un ser querido. Y contra eso no hay remedio… pero sí consuelo: convertir
el dolor en medicina. ¿Por qué yo? ¿Por qué a mí? Consciente el doliente de su vulnerabilidad,
y desvanecidos los sueños de autosuficiencia que rondan al hombre, puede ser ocasión
propicia para el reencuentro con su verdadero yo. Así, escribe el Papa: El sufrimiento debe servir
para la conversión
. Nada hay de masoquismo en Juan Pablo II. El dolor no es plato de buen
gusto, pero, en este mundo, es inevitable. Y hay vida fecunda en el dolor, siempre que. como
dice Aquilino Polaino, se desenmascare el fraude de confundir felicidad con placer instantáneo

Barrios enteros de Madrid están construidos sobre antiguos cementerios. Algo más dispersos, en prácticamente cada esquina de las zonas viejas, reposan los huesos de alguien, los que se libraron de la monda, periódicas limpiezas de tumbas que antaño se hacían a la vista de todos. Como los velatorios, o los cortejos fúnebres con que se topaba casi a diario uno saliendo de algún portal. La vida cotidiana de la ciudad era inimaginable sin estas realidades que hoy el progreso ha desterrado. Si en una clínica es donde mejor atendido está un enfermo, no puede extrañar que la mayoría muramos en asépticos hospitales, sin apenas más compañía que el médico y con una cortina de plástico como toda intimidad. Después, exigencias de la burocracia, toca ir a un tanatorio, muy frío, es verdad, pero también cómodo para la familia. Poco a poco, los hogares se han quitado de encima a sus enfermos y a sus muertos. Ni hay médicos o dinero para atender a cada cual en su casa, ni es cuestión de complicar aún más la circulación con ataúdes de un lado para otro...

El problema es que ese planteamiento cargado de burocracia y utilitarismo se ha trasladado también a la mentalidad del hombre de hoy. La sociedad moderna —dice Robert Spaemann con motivo de un seminario sobre el sentido del dolor, celebrado en la Universidad de Navarra— silencia la pregunta sobre el sufrimiento suprimiéndola. Muerte, vejez, enfermedad... se han convertido en palabras tabú. No caben, sencillamente, en un mundo acostumbrado al bienestar y a la opulencia. Sería como reconocer que, después de todo, la ciencia, el ser humano, tiene sus límites, y que aunque pueda maquillar la edad y alargar la esperanza de vida, no podrá evitar jamás la muerte. Llegado a este punto, sigue Spaemann, la sociedad no tiene ya nada que decir. Cualquier hombre sabe que puede caer en las garras de la muerte en cualquier momento, pero ¡no hablemos de eso! De hecho, en ningún sitio se habla de ella y, desde luego, de ningún modo a los moribundos. Pero, sobre todo, ya no se enseña a morir, y así la mayor parte de la gente se encuentra con la muerte por vez primera en la suya propia.

Los avances de la Medicina nos han procurado una mucho mayor calidad de vida. Sin embargo, no pocas veces han producido el efecto de convertirnos en seres temerosos de males que nos puedan llegar, incapaces de afrontar con serenidad cualquier revés de la vida. Si a esto añadimos una mentalidad acostumbrada a vivir sin privaciones, la combinación puede resultar de lo más dañina. Da Spaemann un ejemplo: Cuando, como sucede en los últimos tiempos, leemos con frecuencia que algunos colegiales se suicidan porque han llevado malas notas, no cabe buscar la razón simplemente en que el juicio sobre las calificaciones escolares sea en los padres de hoy más severo que en los del siglo XIX. La razón está más bien en un índice más bajo con respecto de las sensaciones de frustración. Konrad Lorenz ha hablado del creciente infantilismo que impulsa sin cesar hacia una inmediata satisfacción (de los deseos), y que incapacita por ello para soportar situaciones en las que no se da esa satisfacción inmediata. Aquí es donde acaece el verdadero sufrimiento. No tiene sentido dudar de que esos jóvenes sufren, pero ¿por qué sufren? Se trata evidentemente del efecto paradójico de una actitud motivada absolutamente por el intento de evitar el sufrimiento. Una actitud que incapacita para soportar el padecer y aumenta con ello el sufrimiento. ¿No es ésta la misma cobardía que hay detrás de la eutanasia?: Cuando ya no se puede detener el sufrimiento, se acaba con la vida, pues una existencia así ya no tiene sentido.

PLACER NO ES IGUAL A FELICIDAD

Si la felicidad se entiende únicamente como placer, el sufrimiento no puede ser más que la anulación de la persona. Pero el sufrimiento, se quiera o no, es parte integral e inevitable de la vida, y una parte, por cierto, necesaria: Quien nunca tiene hambre, está enfermo, porque el hombre necesita alimento. Si el hombre no alcanza su destino objetivo sin Dios, la exigencia de un sentido absoluto, la necesidad de Dios es una muestra de salud. Y la no necesidad de Dios, un defecto. Lo que ponga al hombre en la ocasión de descubrir subjetivamente la necesidad de Dios es un medio para alcanzar la salvación, dice Spaemann.

Cuando el hombre es capaz de encontrar un sentido a su sufrimiento, la situación cambia radicalmente. Sobre esto narra Spaemann una experiencia en Lourdes, donde fue testigo de una curación inexplicable para la Medicina. Pero no fue la curación lo que me produjo la sensación más honda, sino los enfermos que se iban de Lourdes sin haber sido curados. Se hubiera podido suponer que estaban llenos de la más profunda desesperación, pero ¡ni mucho menos!, ¡todo lo contrario! El mayor milagro de Lourdes es la serenidad de los que se van sin ser curados ¿Cómo puede suceder esto? Esta realidad está relacionada con el hecho de que, para ellos, la curación milagrosa de alguno les hace entender que el sufrimiento que padecen no es un fatal destino. Si Dios puede curarme, debe tener algún motivo para no hacerlo. Un motivo, es decir, ¡un sentido!

Y eso es precisamente algo que necesitamos urgentemente hoy, y que está en la raíz del dolor que consume a muchas personas: dar un sentido a nuestra vida, aceptarnos a nosotros mismos, encontrar un motivo para levantarnos cada mañana. Hay personas que creen que son más tontas de lo que son, y por eso sufren —dice el psiquiatra Aquilino Polaino—. Hay personas que se creen más listas de lo que son, y también sufren por ello, porque conociéndose tan mal van con frecuencia más allá de donde debieran. De ahí que, a menudo, no sea el dolor lo que impide la felicidad, sino precisamente la infelicidad, el vacío, lo que conduce al dolor. Y de ahí la aparente paradoja, en algunos casos, de que algunas personas hayan conseguido dar un sentido a su dolor y hayan alcanzado una vida mucho más rica y plena, mucho más sana, que la de tantos otros rebosantes de salud corporal.

Pero, ¿en qué consiste la felicidad? Dice el doctor Polaino que para alcanzar la felicidad hay que pelear. Esto significa que hay que formarse, que, de alguna manera, hay que buscar la perfección. Convénzanse todos los que todavía están aburridos de que al hombre le es propia la búsqueda de la felicidad, que consiste en la pelea esforzada por alcanzar la propia perfección. Para ser feliz, hay que hacer el bien. El hombre, desde que nace, tiene una cierta perfección: la del ser. Pero el hombre es una perfección inicial que, por estar abierta, exige una perfección final de mayor nivel. El hombre es una perfección perfectible. Y toda nuestra vida consiste en satisfacer lo perfectible a lo que apunta esa perfección inicial. Ser feliz consiste en elevar al máximo techo posible todas nuestras facultades, haciendo el bien. Y eso es lo que muchas veces no hacemos. Y por eso lo pasamos tan mal. Por eso nos aburrimos, porque nuestra vida se ha vuelto ininteresante para nosotros mismos, porque hemos perdido de vista que podemos ser mejores en tantas cosas. Acaso también por eso nos sentimos, en algunas circunstancias, como la náusea en la boca propia y ajena, una situación patética en la que parece que lo único que nos falta ya es vomitarnos a nosotros mismos, porque no tiene sentido nada de lo que hacemos. Porque se pasan los días, y uno no sabe qué hacer consigo mismo.

¿LLORAR DE ALEGRÍA?


No se excluyen de ninguna manera dolor y felicidad. De hecho, cualquier actitud ante la vida que trate de silenciar el dolor es necesariamente banal e incompleta. Incluso cualquier celebración, como escribe José Carlos Bermejo en Humanizar el encuentro con el sufrimiento, resulta incompleta sin un toque de tristeza. Por eso —escribe—, un brindis por los que no están, una oración por ellos, un momento de conversación sobre ellos, un espacio para aquellos momentos tan críticos y especiales que recordamos, harán de nuestros momentos de fiesta auténticos encuentros compartidos y no apagados por los ruidos externos o deslumbrados por las luces y colores que también nos ayudan a celebrar. Y un rato de conversación con quien está en el hospital, en la residencia de ancianos, en la soledad... un rato de conversación donde puedan compartirse también las lágrimas harán que el cava sepa a cava y que la alegría lo sea también del corazón, porque no hay alegría en el presente si no es integrando sanamente el pasado, y la no integración del pasado sabe a amargura y se llama melancolía y más que dar espacio a la alegría, entristece, más que a la fiesta deja espacio sólo al disfraz.

Ricardo Benjumea