RetrocesoA&ONº 199/10-II-2000SumarioEn portadaContinuar
El sí al misterio de Leticia
Ya estaba en el octavo mes de embarazo y volvía para mi última ecografía. Esperaba por fin conocer el sexo de mi cuarto hijo. ¿Se ve algo?, pregunté. La doctora no hablaba. Después de unos segundos me dijo: Sí, pero no me gusta lo que veo. En ese momento de mi vida y la de toda mi familia cambió radicalmente. Nuestra hija (era una niña) tenía una malformación bastante grave. No podía dejar de pensar en ella, en el sufrimiento que la podría causar. Desde ese momento se me hizo más concreto su rostro, queríamos llamarla María, pero ante las llamadas de algunas personas que sin saber cómo dirigirse a nosotros prácticamente nos daban el pésame, una amiga nos sugirió el nombre de Leticia. Esta hija no ha sido nunca motivo de tristeza, sí de dolor, pero un dolor cargado de significado y, paradójicamente, de alegría. Tantas veces, trataba de imaginarme el rostro de Cristo, y se me presentaba de esa manera tan testaruda. Miré mi vida en los últimos diez años y veía cómo todo se había ido preparando para acogerla en casa y tener cotidianamente la posibilidad de reconocer esta provocación del Misterio ante la cual uno puede renegar de todo o decir sí.

Nosotros hemos dicho sí, y a pesar del sufrimiento que nos produce esta circunstancia no deseo, en absoluto, que no hubiera sucedido. Sé que es bueno para mí, para mi marido y también para mis otros hijos, y tengo la esperanza de que Leticia también lo reconozca como un bien.

Irene Llabrés Ripoll. Febrero 2000