RetrocesoA&ONº 199/10-II-2000SumarioEn portadaContinuar
Mañana, Jornada Mundial del Enfermo
«Tenemos que construir
un mundo más sano»
La Jornada Mundial del Enfermo se celebra mañana. El Arzobispado de Madrid ha lanzado
una misión evangelizadora al mundo sanitario, que lleva por lema Jesucristo, salud
de Dios para los hombres.
Culmina mañana con el acto de envío de los evangelizadores,
presidido por el cardenal arzobispo de Madrid, y con un encuentro de oración en el
Seminario Conciliar, a las 19 horas. Hablamos con el Delegado de Pastoral
Sanitaria de la archidiócesis de Madrid, don Jesús Conde

Salud no es sólo ausencia de enfermedad. En el fondo —dice el padre Conde—, la salud es el ansia de vida, el ansia de una felicidad sin límites a la que tendemos todos los seres humanos. Éste es el mensaje de esperanza, que no es otro que la propia figura de Jesucristo, que va a llevar el Arzobispado de Madrid al mundo sanitario, especialmente a los enfermos, pero también a cuidadores, familiares, profesionales, voluntarios… Se trata de ayudar al que sufre a encontrar un sentido a su enfermedad. Y se trata, también, de ayudar al sano a ahondar más en su salud, a hacerla cada vez más suya, más humana y más personal. Y no solamente mientras disfrute de vitalidad orgánica, sino incluso cuando llegue a enfermar. Porque la salud no es sólo cosa del cuerpo. He visto a enfermos terminales que, sin embargo, ganaban día a día quilates de salud, porque esa última etapa de su vida les estaba ayudando a descubrir la auténtica verdad de su propia persona.

¿Quién no necesita, de un modo u otro, sanar?

Tenemos que construir un mundo más sano, más saludable, menos contaminado, menos enfermizo. Ésta es nuestra tarea, y en ella nos encontraremos con enfermedades, con sufrimientos y los tendremos que afrontar, pero sabiendo que el combate contra el sufrimiento tiene como meta un mayor logro de salud, que no es exclusivamente en clave de bienestar, sino en una humanidad cada vez más semejante a la humanidad de Jesús.

¿Puede tener sentido el sufrimiento cuando no hay esperanza en la curación y, en último término, en la promesa de vida futura sin dolor?

¡Claro que puede tener sentido! Aunque un ser humano no acabe de captar el sentido del sufrimiento, esto no significa que no albergue dentro esa capacidad, por el hecho mismo de ser imagen de Dios.

Las semillas del Espíritu de Dios, que es, entre otras cosas, espíritu de sabiduría, están diseminadas por toda la Humanidad y están latentes en tantos y tantos seres humanos. Yo me he encontrado con muchas personas que, sin llegar a dar el salto de la fe, que al fin y al cabo es un don, ante una enfermedad grave o incluso terminal, han sabido encontrar un sentido constructivo en el sufrimiento que les ha permitido acabar su vida en paz consigo mismos. ¿Eso es un trabajo de redención? Evidentemente, sí.

¿Qué se puede aprender con el dolor?

Yo diría que el sufrimiento nos provoca, en primer lugar, a ayudarnos a tener una imagen fiel y real de nosotros mismos: de nuestra limitación, de nuestra fragilidad, de nuestra inconsistencia radical, en definitiva, de nuestra condición de criaturas. Es decir, no somos el centro del mundo, no somos el centro de la vida, somos seres creados. Una de las cosas que tiene la salud, cuando la entendemos desde una perspectiva meramente humana, es que nos lleva, inconsciente e involuntariamente, a tener una imagen parcial de nosotros mismos, una imagen que no es que sea falsa, pero que sí es radicalmente incompleta: la imagen invencible, la imagen de seguridad, la imagen sin riesgos… Pero el sufrimiento hace también más cosas: cuando lo contemplamos en otros, y en lugar de marcharnos vencemos ese instinto espontáneo de huida y nos acercamos a la otra persona, nos mueve la compasión, y nos ayudará a comprenderla cuando la veamos sufrir de manera semejante a como hemos sufrido nosotros. Y, por supuesto, aunque esto ya sea específicamente cristiano, es fundamental el valor del sacrificio. Cuando yo acepto mi sufrimiento y, en lugar de rechazarlo, lo hago mío, lo reconozco como parte de mi vida y se lo ofrezco a Dios a través de la oración, hay ahí una entidad de tipo espiritual, que es impalpable, pero realmente efectiva, y que es una de las fuerzas más poderosas que hace mover la comunión de los santos, que, podríamos decir, es el Internet o la Internacional del bien espiritual.

¿No es una paradoja que de algo en sí malo puedan extraerse consecuencias constructivas?

La revelación de Dios es la superación de todas las paradojas y también de ésta. La mayor paradoja la tenemos en la liturgia central de la Iglesia, que es la Vigilia pascual. En el Pregón, no ya del sufrimiento, sino del propio pecado, decimos: Feliz culpa que mereció tal redención. Hasta el pecado, que es el colmo del mal en sí mismo, porque es la separación del Bien, puede ser ocasión de Bien, como de hecho lo ha sido en la Historia de la salvación.

¿Queda todavía el complejo de ver la enfermedad como castigo divino?

Sí, qué duda cabe de que ante el aparente absurdo de la irrupción de la enfermedad en una situación de salud, un intento de búsqueda de sentido es que yo, de alguna manera, habré pecado y por eso merezco un castigo. De hecho, para los sacerdotes que hemos dedicado nuestra vida al mundo sanitario, una de las labores más constantes y más hermosas, a la hora de confesar, es ayudar a las personas a poner el sentimiento de culpa en su lugar adecuado; en concreto, a advertirles que realmente la enfermedad que están padeciendo no es un castigo de Dios, porque, sobre todo, Dios no se dedica a castigar. Dios, como nos revela Jesucristo, es el Padre misericordioso que nos espera constantemente, incluso cuando nos alejamos de Él.

El propio Juan Pablo II ha dicho que Dios se sirve de un modo preferencial del sufrimiento para su labor redentora, dado que invita así al hombre, que se siente vulnerable, a ponerse en sus manos. En última instancia, la cercanía a la muerte, cuando no nos queda ya nada, salvo Él, en que apoyarnos, ¿no puede ser vista como una ocasión extraordinaria que nos brinda la Gracia del Padre para ayudarnos a nuestra salvación, para reconciliarnos con Él en el momento previo al viaje a Su morada y recuperar el tiempo perdido en estos momentos finales?

No puedo presentar ninguna prueba científica, pero eso no significa que no tenga plena certeza. Mi experiencia de 32 años tratando a personas enfermas cercanas a la muerte me ha hecho saber, no creer solamente, que hay algún momento, quizá el momento de la agonía, cuando ya los sentidos se han difuminado, en el cual la persona interiormente tiene delante de sí a Dios, al Dios Misericordioso. A ese momento lo llamamos el momento del juicio, pero que no es tanto un juicio que Dios nos hace, sino un juicio que nosotros, como seres responsables, nos hacemos a nosotros mismos. Un juicio que, en ese momento, cuando ya estamos libres de tantas y tantas ataduras pero todavía no hemos abandonado este mundo, hacemos muy certeramente, para bien y para mal. Y la presencia de Dios lo que hace es garantizar que no nos condenaremos a nosotros mismos, que no nos daremos por perdidos, por el hecho de que contemplamos con toda claridad que Él no nos condena ni nos da por perdidos, sino que nos acepta y nos acoge. Incluso la persona más pervertida acaba rindiéndose a la luz misericordiosa de Dios y aceptando que tiene que aceptarse a sí misma, que tiene que quererse a sí misma, porque el amor de Dios es más fuerte que el rechazo que uno pueda tener hacia sí mismo.

Y, sin embargo, cuando hablamos de la redención a través del sufrimiento existe el peligro de caer en una cierta actitud masoquista…

Claro, y de hecho hemos caído en eso no pocas veces, pero no porque hayamos seguido el Evangelio, sino porque no hemos sido ciegos ante su verdad, que es la auténtica persona viva y apelante del Señor. Es la actitud enormemente positiva ante la vida, es la actitud de amor a la naturaleza, de aprecio a las cosas más sencillas: las flores del campo, los pájaros del cielo, los sembrados, las mieses, los peces del lago, los pescadores… Su actitud es de salud incomparable, y su rechazo al sufrimiento inútil, al sufrimiento evitable, queda más que patente en su propia persona: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz. La Carta a los Hebreos dice una cosa tremenda, pero que es un certificado de la humanidad del Señor auténticamente incontestable: que Jesús, a gritos y con lágrimas, suplicaba al que podría librarle de la muerte. La angustia fue tan inmensa que su convulsión psíquica y anímica se convirtió en un sudor de hasta gotas de sangre. Psicosomáticamente, diríamos hoy, el rechazo que el Señor tenía de principio a padecer antes de morir y a morir se le tradujo ahí. ¿Cómo lo resolvió? Con pura fidelidad al Padre.

R. B.