RetrocesoA&ONº 199/10-II-2000SumarioEn portadaContinuar
«¡Doctor, no quiero morir!»
El doctor Oliver Jonquet, Jefe de la Unidad de Reanimación del Hospital universitario de Montpellier,
da un impresionante testimonio sobre la eutanasia a la revista Étique et Poblations,
del que reproducimos un fragmento

Lo primero que debo mirar cuando me encuentro ante un paciente es la imagen de una persona, no un cerebro cansado, un pulmón estropeado, un hígado desgastado. Cuando entramos en una habitación con estudiantes, pido a mis estudiantes que empiecen por acercarse al enfermo, aunque esté dormido, que le toquen quizá, y sólo después que consulten los monitores y las hojas de datos técnicos. Si no se presta atención a eso, nuestro trabajo se mecaniza muy rápidamente, y pronto no se verá al enfermo más que como un viejo motor oxidado. Y cuando un motor deja de funcionar, va al desguace. En el fondo, el encarecimiento terapéutico y la tentación de deshacerse de un paciente terminal son consecuencia de una misma desviación en el modo de mirar a las personas.

Nuestro oficio es salvar vidas; y cuando no se puede, calmar a los enfermos, evitar que sufran. Pero, sobre todo, no nos corresponde poner plazo. Pones plazo si inyectas un cóctel lítico o de potasio intravenoso que provoca el paro cardiaco en pocos minutos. A veces me doy cuenta de que un enfermo va a morir pronto. Cuando depende de un respirador o de drogas que mantienen en funcionamiento el corazón, yo puedo hacer lo que se llama una desescalada terapéutica: quitar los medios técnicos artificiales. La muerte puede entonces sobrevenir en el término de unas horas, o de unos días, pero no ha sido programada ni querida por sí misma. Eso no tiene nada que ver con la eutanasia: se trata de dejar que se desarrolle el proceso natural sin pretender determinar un plazo ni emplear métodos inútiles y desproporcionados.

Un paciente que tiene malestar, que sufre, naturalmente desea que eso no dure. A veces he oído a enfermos en tal situación que me espetan: ¡Doctor, quiero morir! Pero es no quiere decir: Deprisa, póngame una inyección letal, sino más bien: ¡Alívieme, escúcheme, míreme, tóqueme! Quédese conmigo unos minutos. Hay que saber descifrar el significado profundo de lo que dice una persona. Por fortuna, hoy contamos con medios de calmar el dolor físico y acompañar en el sufrimiento moral. Estas peticiones por parte de pacientes son, felizmente, muy raras; lo más frecuente es que sean los familiares o el personal quienes expresen sus dificultades para vivir la fase final de un paciente pidiendo la eutanasia. Hace algún tiempo, un paciente con embolia pulmonar me vio entrar en su habitación; yo estaba un poco tenso y, sin duda, poco risueño. Estaba con la supervisora del servicio, que llevaba una jeringa automática; la conectamos al enfermo y él gritó: ¡Doctor, no quiero morir! Sólo más tarde, cuando se hubo calmado, me confió que tenía miedo de que le aplicaran la eutanasia.