RetrocesoA&ONº 199/10-II-2000SumarioEspañaContinuar
Mártires de la fe en Madrid: 1931-1939. Habla el postulador de la Causa
«La persecución fue religiosa,
no política»

El 20 de enero pasado se celebró en Roma, en la sede del Ateneo Pontificio Regina Apostolorum, un congreso sobre la persecución religiosa en España (1931-1939). El acontecimiento suscitó particular atención en la prensa española, pues sirvió para constatar matemáticamente que España es quizá el país con el mayor número de personas que murieron a causa de la fe en este siglo XX.

Entre los relatores estaba don José Francisco Guijarro, postulador de la archidiócesis de Madrid, quien ofreció un interesante análisis histórico sobre el contexto en el que tuvo lugar la persecución religiosa en la capital española, particularmente en las caóticas semanas que siguieron al 18 de julio de 1936. Desde hace tres años, don José Francisco Guijarro está estudiando y preparando los procesos de canonización de personas que podrían ser declaradas mártires y que fueron asesinadas en Madrid. Por el momento, ha presentado la petición de apertura de investigación diocesana de 32 personas, aunque hasta hoy estudia globalmente 1.250 casos, entre los que se encuentran sacerdotes, religiosas y religiosos, laicos comprometidos en movimientos apostólicos. También se encuentra monseñor Basulto, obispo de Jaén, diócesis que ha comenzado su proceso de beatificación, aunque el prelado fue asesinado en Madrid, adonde había sido conducido por la fuerza un día antes de morir.

El caos estalló en Madrid, en el momento del alzamiento de Franco, cuando en un primer momento algunos militares y grupos políticos y después el Presidente del Consejo, José Giral, ordenaron la entrega indiscriminada al pueblo de armas del Ejército. Nacieron así los milicianos, civiles armados, más o menos organizados. En algunos casos, sin ninguna autoridad, ni civil ni militar, utilizaron las armas para hacer su propia justicia cada uno según sus criterios. El ambiente ideológico de la época, que había promovido un anticlericalismo exasperado y un odio a todo lo que fuera religión, hizo que muchos de ellos buscaran a sus víctimas entre todo aquello que pudiera estar relacionado con la fe.

El primer caso cronológicamente hablando estudiado por el postulador de la archidiócesis madrileña es el del hijo del sacristán de la parroquia de San Ramón Nonato, del popular barrio del Puente de Vallecas, fusilado por los milicianos dentro del templo durante un registro que tuvo lugar el mismo 18 de julio, a las nueve de la mañana. Tenía siete años...

El 20 de julio —día en que también habían sido fusiladas dos religiosas ya beatificadas por Juan Pablo II el 10 de mayo de 1998— fue asaltado el hospital de la calle San Bernardo. Muchos de los ingresados lograron escapar. Sin embargo, tres sacerdotes que no se podían levantar de la cama fueron asesinados allí mismo. Se trata de don Bernardo Artigas, y don Bernardo Casal, ambos de la diócesis de León, y de don Felipe Sánchez, de Sigüenza, quienes se encontraban en Madrid para ser operados. El postulador se pregunta cuál era el motivo de tanto odio que llevó a asesinar a un niño de 7 años o a tres enfermos internados en un hospital. No se trataba —responde— sólo de matar a las personas, sino sobre todo de causar un miedo, un miedo de muerte, a todos los que tuvieran la más mínima relación con la Iglesia.

Don José Francisco hizo dos importantes advertencias antes de finalizar su ponencia. Ante todo, consideró que sería históricamente incorrecto mezclar la situación política que tuvo lugar en España a partir de 1939 con la persecución religiosa experimentada por los católicos, por el hecho de ser católicos, en los años anteriores. Se trataba de una persecución religiosa, no política. Esta última no tiene nada que ver con la investigación que hace la Iglesia sobre el testimonio de hombres y mujeres que dieron la vida únicamente por Dios y no por ideologías.

Creo —concluye el postulador de la archidiócesis de Madrid— que no se puede negar la provocación de una mentalidad extendida de animadversión contra la Iglesia católica, y no sólo contra la Jerarquía, sino también (y quizá sobre todo) contra sus miembros más pequeños y débiles, unida al fácil recurso a la violencia, provocado, o al menos permitido, por la autoridad del Estado, a través sobre todo de la distribución indiscriminada de armas de guerra entre sectores del pueblo más caracterizados por su adhesión a una eventual revolución marxista. Esto favoreció la inmolación martirial, de muchas víctimas. Éstas, en el ámbito de una situación de revolución social y de confrontación bélica, no pueden ser confundidas de ningún modo con las víctimas —por muy respetables que sean— de cualquier otro tipo de represión.

Jesús Colina. Roma