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Luchar contra los tópicos es una tarea a veces verdaderamente inútil, y lo es más en el caso de algunas figuras literarias cuyo estudio se suele resolver con esquematismos rígidos, heredados de imágenes ideológicamente interesadas en ofrecer la visión del mundo de un autor, sobre la que resumir la negrura de un pasado al que asociamos todos los males de la reacción, del fanatismo, de la intolerancia y de la crueldad. Porque, aunque parezca mentira, cuando se habla de Calderón en los medios de comunicación se arrastran esos tópicos, aunque sea para desmentirlos, como ahora intento hacer yo. Y ya es triste que haya que reivindicar constantemente la figura más ilustre de nuestro teatro para desmentir toda la credulidad superficial y boba (necia, diría el propio autor) con que se suele considerar la figura del escritor sin haberlo leído nunca o, en todo caso, con análisis carentes del más mínimo sentido crítico de algunas obras, siempre las mismas, de las que se suelen decir cosas de este talante: Calderón representa el espíritu de la Contrarreforma en su forma más intransigente; su teatro ofrece un ideal social inmovilista; su ideario sobre las relaciones familiares y sobre la mujer descansa en el honor masculino, y para defenderlo se llega hasta el crimen, etc
¿Cómo desmentir estos absurdos tópicos? Naturalmente, leyendo con desapasionado criterio su propia obra.Cuando se habla de Calderón se evoca automáticamente el mal llamado honor calderoniano. El tema del honor nunca fue un tema calderoniano exclusivamente, sino tema característico del teatro de la época, que no sólo evidenciaba unas normas sociales determinadas, sino que las llevaba hasta extremos paroxísticos con dos propósitos fundamentales: uno, tratar de hacer un teatro melodramático y de fuertes pasiones para conmover al espectador; y otro, tratar, al conmoverlo, de ejercer una cierta catarsis, como sucedía en la tragedia antigua, para purgar los ánimos del auditorio por medio del terror, y liberarlo del dolor social y personal de leyes tremendas que sólo la sociedad acataba por miedo a la propia libertad. Pero Calderón fue el primero en revolverse contra estas normas tiránicas, y muchos de los personajes de sus dramas e incluso comedias, no digamos entremeses, en donde se hace chacota de semejante código, se manifiestan en contra de la tiránica ley. Otro de los tópicos es el que representa a Calderón como el personaje sombrío adherido a un ideal religioso fanático y cruel. Hoy esta imagen debe ser iluminada con matices más ricos que permiten modificarla desde las propias obras teatrales del autor madrileño. En primer lugar, el ideal católico del católico Calderón era el ideal de su época. Si era combativo, lo era en función primero de su profesión religiosa a partir de los cincuenta años, y después a causa de su inevitable contribución al género del auto sacramental, al que se le confinó por la prohibición de la jerarquía eclesiástica de que siguiera haciendo comedias para el pueblo tras ser ordenado sacerdote. En segundo lugar, Calderón siempre puso por encima de la justicia la piedad, lo mismo en su ideal cristiano del perdón (en sus autos sacramentales es una preocupación constante), que en las obras de contenido político o militar, donde la compasión con el vencido es el ideal caballeresco y noble que persigue siempre. Es cierto, no obstante, que en algunos dramas y autos la justicia es a veces inflexible; por ejemplo, en La vida es sueño, pero no por crueldad sino por prudencia política. Segismundo, cuando ordena encerrar al soldado rebelde en la torre, lo hace para evitar las injusticias que acaba de cometer él mismo, aprisionando su propia parte instintiva representada en el soldado (su inconsciente, diríamos en términos freudianos) en pro de la parte noble e intelectual y reflexiva que representa su nuevo estado de consciencia. |
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HUMANISMO RESPONSABLE
Calderón fue un adalid del sincretismo artístico; reunió en su dramaturgia los distintos complementarios del arte, desde la poesía verbal, hasta la arquitectura del escenario, la música como elemento dramático (algunos en este sentido lo llegaron a considerar un antecedente de Wagner), la función de la acotación escénica y las memorias de las apariencias o indicaciones explícitas para que los ingenieros construyeran máquinas y tramoyas ad hoc que resolvieran las complicadas fantasías de sus fabulaciones dramáticas. Por ello les somos acreedores de la zarzuela, de la ópera en español, de canciones que interpenetran jugosamente todo su arte en escenarios mitológicos, fabulísticos, zarzuelísticos, operísticos o simplemente cómicos (comedias, bailes, mojigangas, entremeses). Sólo hoy, tras denodados esfuerzos de la crítica moderna, se ha podido destacar con entera justicia la aportación calderoniana a la historia de la escenografía del teatro clásico. También en los autos sacramentales encontramos no sólo un canto a los misterios de la fe, sino un verdadero teatro de ideas, precedente del teatro de Pirandello, Unamuno, etc., o del teatro épico de Brecht, y en donde sorprendentemente hay un intento de sintetizar mundo antiguo y moderno, paganismo y cristianismo, reflexión simbólica por hallar una explicación teológica del universo, de la Historia y del mundo político. También se ha descubierto en nuestro dramaturgo toda una construcción simbólica de Madrid, con sus calles y plazas, ermitas y mercados, en el que la ciudad pequeña se hace ciudad de Dios, como en la inspiración de san Agustín. Pero Madrid no es sólo un ámbito alegóricamente sagrado, sino un lugar real donde transcurren las vidas de damas, galanes, graciosos criados, con infinitos enredos y variadas referencias a lugares concretos de la época. El amor es tema tan importante como que por amor se convierte Segismundo de un asesino delincuente en un príncipe prudente y generoso. Calderón es el verdadero poeta del amor. Calderón, pues, representa una realidad muy distinta a las especulaciones injustas y truculentas del pasado, y hoy por fin se nos aparece como una figura luminosa que nos inicia en el cielo abierto y comprensivo de la modernidad. ¡Ojalá sirva todo este esfuerzo de la crítica moderna para modificar el antiguo tópico al que deseamos ya breve vida, como larguísima a nuestro clásico descubierto y por descubrir todavía mañana por su excelso arte y su avanzada comprensión del mundo! Esto ocurrirá cuando el verdadero Calderón haya llegado a todos, y los españoles se puedan sentir orgullosos de un dramaturgo que supo reunir la cultura popular, el mito y el símbolo en un humanismo de profunda responsabilidad. Ana Suárez Miramón |