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En el ámbito de la promoción de la salud y de una calidad de vida entendida rectamente, dos deberes merecen una atención particular por parte del cristiano. Ante todo, la defensa de la vida. En el mundo contemporáneo muchos hombres y mujeres luchan por una mejor calidad de vida, en el respeto a la vida misma, y reflexionan en la ética de la vida para disipar la confusión de los valores, presentes a veces en la cultura actual. Sin embargo, hay también personas que, por desgracia, cooperan en la formación de una preocupante cultura de la muerte con la difusión de una mentalidad imbuida de egoísmo y materialismo hedonista, y con el apoyo social y legal a la supresión de la vida. En este marco, los creyentes están llamados a desarrollar una mirada de fe sobre el valor sublime y misterioso de la vida, incluso cuando se presenta frágil y vulnerable. El segundo deber, al que los cristianos no pueden sustraerse, concierne a la promoción de una salud digna del hombre. En nuestra sociedad existe el peligro de hacer de la salud un ídolo al que se subordina cualquier otro valor. La visión cristiana del hombre contrasta con una noción de salud reducida a pura vitalidad exuberante, satisfecha de la propia eficiencia física y absolutamente cerrada a toda consideración positiva del sufrimiento. Precisamente porque la salud no se limita a la perfección biológica, también la vida vivida en el sufrimiento ofrece espacios de crecimiento y autorrealización. (Mensaje con motivo de la Jornada Mundial del Enfermo) |