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En el primer número de Alfa y Omega, de la mano amiga de ABC, coincidiendo con el centenario del cine, hacíamos la misma pregunta que enunciamos en la portada de este número 200: Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo? Entonces respondían personajes del mundo cinematográfico. Hoy tratamos de ahondar, en estas páginas, en esa respuesta de la fe de Pedro, que desvela la verdad plena: Tú eres Cristo, el Hijo de Dios vivo, y que lanza el reto más trascendental de la Historia. Con este reto, justamente, tiene que ver la razón misma de ser de nuestro semanario, que no en vano lleva como cabecera el nombre de Jesucristo: Alfa y Omega, Principio y Fin de todos y de todo.
Son muchas las cosas que se han dicho y escrito sobre Jesucristo, al cumplirse el dos mil aniversario de su nacimiento; pocas, sin embargo, han tratado siquiera de responder al desafío de este hombre que se proclama sin ambages verdadero Dios. Muchos hablan de Jesús de Nazaret solamente como de un hombre maravilloso, con un mensaje bellísimo de amor y de paz Nada más lejos de la realidad. Si no se reconoce a Cristo como lo hizo Pedro, habría entonces que definirlo como un necio o un loco, o más exactamente como un blasfemo ¡Siendo un hombre te haces Dios!, tuvo que decirle el Sanedrín judío, jamás como un hombre admirable. No hay distorsión más grave de la realidad en las que podríamos llamar cristologías periodísticas recientes se han multiplicado los ejemplos que considerar maravilloso a quien no es más que un loco o un blasfemo. Así lo consideró Saulo de Tarso, y por eso persiguió a muerte a sus seguidores hasta que, camino de Damasco, se encontró con Él con la misteriosa y liberadora locura de la Cruz y lo reconoció al igual que antes lo había reconocido Pedro. |
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De este reconocimiento de Jesús, verdadero Hijo de Dios encarnado en el seno de María de Nazaret, y desde su Iglesia, no recluida en las sacristías sino abierta al mundo entero que así es la Iglesia, brotan estas páginas, y por eso mismo no tienen ningún apartado sobre información religiosa. Todo en ellas, de la primera a la última, es religión en su sentido más hondo y verdadero: la economía y la política, la familia y la escuela, el cine y el teatro, el trabajo y el descanso
la vida entera.
En un mundo confuso y desorientado, que casi no distingue entre la verdad y la mentira, entre el bien y el mal, y que parece no encontrar razones para la esperanza y para la vida, la necesidad más urgente no puede ser otra que mostrarle esas razones, vivas desde hace ya dos milenios, y que hacen posible, a todos los hombres y a todo el hombre, vivir una humanidad plena y verdadera. Estas páginas quieren ser un servicio a la Iglesia en España. Y un servicio, además, que muchos hombres, aun no creyentes, reclaman en nuestra sociedad. Hombres y mujeres quieren hoy escuchar una propuesta clara de fe, una voz que ilumine la existencia y que invite al bien y a la verdad. Esa voz se oye poco en una sociedad marcada por el abuso del poder, también en los medios de comunicación. La cultura dominante impone a sus medios un tratamiento de la religión y de la fe que apenas corresponde con la realidad. En muchos, que dan cabida perfecta dentro de sí a toda clase de magias y sucedáneos, falsas trascendencias y brujerías irracionales, la hipótesis cristiana de una fe que sostiene la vida, la razón y la libertad, no es ni siquiera considerada. En algunos, toda noticia sobre la fe o sobre la vida de la Iglesia es sistemáticamente falseada y presentada de modo negativo, cuando no ocultada. El prejuicio ideológico de que la fe y el progreso del hombre son dos realidades incompatibles, aunque se ha probado como falso en la Historia, y de un modo especialmente dramático en el último siglo, sigue haciendo daño. Una religiosidad verdadera hace al hombre más humano, y que la fe en Jesucristo revela el misterio del hombre al hombre mismo, le conduce a su verdad y a su humanidad más plena, como muy bien demuestra el magnífico texto del cardenal Ratzinger que ofrecemos como documento especial en este mismo número. Por eso nos alegramos de que Alfa y Omega pueda servir a la causa del hombre, de su dignidad de persona, de su libertad y de su verdad. Por la gracia de Dios. |
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El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa de él vivamente. Por eso precisamente, Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es si se puede expresar así la dimensión humana del misterio de la Redención.
En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es confirmado y, en cierto modo, es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo! Ya no es judío ni griego; ya no es esclavo ni libre; no es ni hombre ni mujer, porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús. El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo no solamente según criterios y medidas del propio ser, inmediatos, parciales, a veces superficiales e incluso aparentes debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe apropiarse y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. Si se actúa en él este hondo proceso, entonces él da frutos no sólo de adoración a Dios, sino también de profunda maravilla de sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha merecido tener tan grande Redentor, si Dios ha dado a su Hijo, a fin de que él, el hombre, no muera sino que tenga vida eterna! En realidad, ese profundo estupor respecto al valor y la dignidad del hombre se llama Evangelio, es decir, Buena Nueva. Se llama también cristianismo. Juan Pablo II |