|
|
Doña Ana Botella, esposa del señor Presidente del Gobierno, está desarrollando en estas fechas una inteligente y amplia actividad de la que forman parte no pocas entrevistas a los diversos medios de comunicación. En una de estas amplias entrevistas, la periodista le pregunta: ¿Qué le dice a Ana Botella que la píldora abortiva haya llegado a los hospitales? La respuesta, tal como aparece en el periódico es: Nada
si ha llegado, bien llegada sea. Se hace muy difícil de creer que una persona tan inteligente, mujer y madre cristiana además, diga semejante cosa. ¿Bien llegada sea la píldora abortiva? Quizás no fue exactamente eso lo que quiso decir, pero si lo dijo y sabía lo que decía y por más que he buscado, no he visto un desmentido es de una irresponsabilidad muy difícilmente disculpable en alguien que tiene todo a su alcance para formarse e informarse en conciencia del mejor modo posible. Desmentirlo aumentaría, y mucho, no lo dude, su indudable encanto e influencia. Está a tiempo de rectificar: estas mismas páginas están a su disposición si desea hacerlo. Nunca nadie responsable puede darle la bienvenida a la píldora abortiva. Por incorrectísima que sea políticamente la verdad, hay que decirla, como exige el Evangelio, oportune et importune, a tiempo y a destiempo: el aborto conscientemente provocado es un terrorismo más repugnante si cabe que el de ETA no hay mayor indefensión e inocencia que la del que tiene derecho a nacer, y lo mismo que éste, no puede pertenecer nunca a la conciencia privada de cada cual. La vida es indivisible: no se puede defender, maravillosamente por cierto, en Ermua, y en un hospital no. Lo ha expresado muy bien estos días refiriéndose a la barbarie etarra Mario Onaindía: Una de las trampas actuales es hablar de la violencia, cuando el problema está en las ideas perversas que llevan a la gente a la violencia. En Ermua, o en un centro de exterminio, disfrazado de clínica. Quien quiera formarse una conciencia cívica recta, debe tener en cuenta esas trampas de las ideas perversas. Matar es siempre matar. En un Estado de Derecho no puede haber libertad para matar a los hijos. Muy inteligentemente ABC sacó a su portada del domingo pasado las declaraciones de José Saramago, en las que el Premio Nobel de Literatura afirma, respecto al pacto de mínimos o lo que sea entre el PSOE e IU, que lo imposible es que Izquierda Unida acepte perder su identidad. Dice muy bien el escritor portugués, que se define visceralmente, hormonalmente de izquierdas, y que, naturalmente, reconoce que su ideología marxista viene de la Ilustración del XVIII. Curiosamente, aunque menos, añade Saramago alguna que otra incoherencia inevitable. Dice: En el individuo, lo que cuenta es la espiritualidad, la voluntad de querer ser bueno. Poco más adelante, recuerda: No tengo fe en Dios. ¿Y me podría explicar el señor Saramago esa peculiar cuadratura del círculo de una espiritualidad sin Dios? ¿De dónde procede el espíritu?, ¿de la materia? Una simple pregunta, para terminar por hoy: ¿Por qué sigue en libertad, en la ex - Yugoslavia, ese indeseable sujeto llamado Slobodan Milósevic? Gonzalo de Berceo
Estos días coinciden en los cines españoles dos películas (Dogma y Stigmata) que, aparte su cutrez, tienen el común denominador de un ataque a todo lo que signifique religión y espiritualidad, y especialmente fe católica. En programas de televisión, tertulias radiofónicas y hasta en campañas publicitarias hay todo un acompañamiento, más o menos subliminal. ¡Qué casualidad más casual!, ¿no les parece? Hablan de bromas divinas, estigmas de creyente, y en El País les dan a estas películas páginas de color. El brillantísimo slogan de Stigmata es, para que ustedes se hagan una idea de lo que dan ciertas lumbreras: No tienes que creer
para sufrir. Es verdad. Si lo que usted quiere es sufrir, no tiene más que ir a ver este bodrio.