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Entre tantas fotos profesionales como guardo, recuerdo dos en el grupo de las preferidas. En una estoy charlando de cine, pero yo le escuchaba con la boca abierta sobre cualquier tema con Gabriel Marcel, y bastaba con el nombre. En la otra, sostengo aupado a Pablito Calvo, al salir de la proyección de Marcelino Pan y Vino, para que una muchedumbre entusiasta pudiera contemplarlo como símbolo del nuevo cine español, según el pie que le puso la Revista Internacional del Cine. Coinciden las dos en estar hechas en la misma ciudad prealpina de Varese: en 1954, estudiamos el reorrealismo; en el congreso del año siguiente, hablamos del cine, arte e industria en colaboración internacional, y había dos películas españolas: ¿Crimen imposible?, de César F. Ardavín, y Marcelino Pan y Vino, cuyo triunfo, fuori concorso, en la Mostra de Venecia acabábamos de compartir. Marcelino/Pablito Calvo era un mito mundial, arrollador en Italia, donde la juguetería lo había tomado como fetiche y lo recibía el Presidente de la República.Poco después, el 18 de diciembre, Pío XII le concedía una audiencia privada. La contó Cipriano Calderón en Ya. Los guardias suizos, solemnes, se cuadraban a su paso, camino de la sala del Trono. Eran las nueve y media. Cuando el Papa llegó, Pablito hizo lo que su madre le había dicho, arrodillarse y juntar las manos. Le dijo que se levantara y le acarició cariñosamente: que cuántos años tenía, que si sabía rezar, que si le gustaba trabajar en el cine... Veinte minutos conmovedores e impresionantes, según monseñor Galleto que, con Ladislao Vajda, aparecen en la foto. Pío XII no sabía separarse del niño, que ya le hablaba con la máxima confianza. Su Santidad sacó del bolsillo de su sotana blanca un estuche y se lo regaló: un precioso rosario para el día de la primera Comunión. Pablito le prometió ser bueno, y monseñor recibió del Papa el encargo de prepararle una proyección de la película. La filmografía de Pablito Calvo es breve: 1954, Marcelino Pan y Vino; 1956, Mi tío Jacinto; 1957, Un ángel pasó sobre Brooklyn, las tres de Ladislao Vadja; 1958, Totó y Marcelino, de Antonio Musu, en Italia; 1960, Juanito, de Fernando Palacios; 1961, Alerta en el cielo, de Luis César Amadori; 1962, Dos años de vacaciones, de Emilio Gómez Muriel; 1962, Barcos de papel, de Román Viñoly Barreto, en la Argentina. La mejor, incluso para él, Mi tío Jacinto; la mítica, Marcelino Pan y Vino. José María Sánchez Silva aportó el milagroso argumento (medio centenar de ediciones sólo en Italia y, allí mismo, una segunda versión, de Comencini, en 1991). Es la más universal de las películas españolas: marcas de recaudación en Japón, traducida al inglés en los Estados Unidos, premio del público en Berlín, siete meses en la cartelera de Roma, ocho minutos de aplausos ininterrumpidos en Cannes... El jesuita Ignacio Ellacuría, paladín de la película, reprodujo en la revista ECA el juicio del periódico japonés: Con películas como ésta, se arreglaría nuestra sociedad en poco tiempo. También es una de las españolas sobre la que más se ha escrito. |
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Trata, en resumen, de la relación humana y milagrosa de un niño con Cristo. Pregunta el Crucificado: ¿Sabes quién soy?; Sí, eres Dios. Insiste Marcelino en su obsesión: Sólo quiero ver a mi madre y también a la tuya después; Y ¿quieres verla ahora?; -Sí, sí, ahora; Tendrás que dormir; Pero no tengo sueño; Ven, yo te lo daré. Y fue al encuentro de su madre. Los frailes lloraban. Desde entonces, el pueblo de abajo va en romería al convento.
De cinco mil niños convocados por un anuncio, eligieron a diez. Luego quedaron cinco. Entonces, Vadja preguntó a uno de ellos: ¿Cómo te llamas?; Pablito Calvo, señor. ¿O le habrá tuteado, como al Cristo del desván? Había nacido en Madrid el 16 de marzo de 1949. Soldado de Aviación. Estudios empresariales. 1976: boda con Juana Olmedo en la basílica de San Francisco el Grande. Fijan el domicilio en la costa mediterránea. Vida de familia. Un hijo que continuará en la empresa. La gente aún le conocía y le llamaba Pablito. No fue un niño prodigio al estilo de otros que el cine hizo famosos, aunque eclipsó ocasionalmente en popularidad a James Steward o Gina Lollobrigida. Fue nada menos que un niño tocado por la gracia. Y fue la gran oportunidad del cine español. Su historia no puede quedar sólo archivada en las filmotecas. Un día rompió el silencio del refectorio, gran susto de fray Papilla, con un grito: ¡Me llamo Marcelino Pan y Vino! Lo había bautizado el Cristo del desván. Pascual Cebollada |