RetrocesoA&ONº 200/17-II-2000SumarioDesde la feContinuar
Teatro
Cuando perder es ganar
Vencer no importa. Lo que importa es luchar. La libertad me engalana.
¿Utilizar mi pluma para escribir falacias? No, gracias.
No escribir nunca nada que no rime conmigo.
Soñar. Ser libre...

He aquí unos cuantos, irrenunciables, principios generales básicos del particular decálogo ético —habrá quien prefiera decir filosófico, allá él— de este singular poeta pendenciero y mujeriego espadachín, a una descomunal nariz pegado, que viajaba a la luna para criticar con botellas de rocío a la sociedad de su tiempo, y que ha pasado a la grande y general Historia bajo el nombre de Cyrano de Bergerac. Es el prototipo, emocionante, del eterno perdedor que acaba ganando, y que, desde que Edmond Rostand (1868-1918) lo inmortalizó, a petición del actor Coquelin, no ha cesado de conmover al público por todos los escenarios del planeta.

Vuelve a hacerlo ahora, honrando a Madrid desde las nobles tablas del Español, de la mano apasionada y maestra de Gustavo Pérez Puig y de Mara Recatero, bien arropados para la ocasión en la tersa, límpida, sonora, rica y nada fácil traducción y adaptación de Jaime Campmany y de su hija Laura, que han sabido respetar, y hasta mejorar, si cabe, baladas y alejandrinos pareados que saben a pura gloria castellana, a puro arte mayor en consonante. Los cuatro, junto con el escenógrafo y con el figurinista, recogieron, la noche del estreno de esta tragicomedia en verso y en cinco actos, la ovación interminable, cálida, y los bravos entusiastas de un público entendido y agradecido.

El altivo antiTenorio, enamorado pero que no se atreve a decírselo a su Roxana, el que dice al final: He fracasado hasta en mi propia muerte enternece y triunfa porque es, sin duda, una de las más bellas historias de amor jamás contadas. No sé cómo lo harían doña María Guerrero y Fernando Díez de Mendoza, o Dicenta y la Pradera. Sé que si Ferrer o Depardieu triunfaron con él en el cine, Manuel Galiana de Bergerac y Paula Sebastián lo bordan. Él, en un auténtico tour de force, y a pesar del nasón postizo que a veces le ahoga la voz, todavía lo bordará mejor cuando la mesura del decir el verso cada día vaya sustituyendo a la inevitable, nerviosa aceleración de algunos momentos del estreno, en el que, tutto sommato, estuvo magistral. Ella, casi perfecta, de voz, de dicción, de matices, envuelta en su maravilloso vestuario. Bien, muy bien Antonio Medina y José Carabias, Ana María Vidal y Juan Carlos Naya, y todo el larguísimo reparto. La escenografía, de Gil Parrondo, prodigiosa. Tanto, que al alzarse el telón de los actos IV y V, el público no pudo reprimir los aplausos. Los figurines, de Javier Artiñano, inmejorables. La dirección de Mara Recatero, irreprochable: merece mucho respeto mover así, sin un fallo, a sesenta personajes en un ámbito de luz y sombras. Y todo, bajo la garantía segura, confirmada y rubricada, memorable, de la sensibilidad exquisita de ese hombre de teatro integral que es Gustavo Pérez Puig.

Teatro puro, teatro esencial. A ver si aprenden los mediocres, partidarios de que sin las cochambres al uso no hay teatro. ¿No? Es probable que por los mejores escenarios del mundo haya espectáculos teatrales tan buenos como éste. Mejores, no.

Miguel Ángel Velasco