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Cuando a los pocos días volvió Jesús a Cafarnaúm, se supo que estaba en casa. Acudieron tantos, que no quedaba sitio ni a la puerta. Él les proponía la Palabra.
Llegaron cuatro llevando un paralítico, y como no podían meterlo por el gentío, levantaron unas tejas encima de donde estaba Jesús, abrieron un boquete y descolgaron la camilla con el paralítico. Viendo Jesús la fe que tenían, le dijo al paralítico: Hijo, tus pecados quedan perdonados. Unos letrados, que estaban allí sentados, pensaban para sus adentros: ¿Por qué habla este así? Blasfema. ¿Quién puede perdonar pecados fuera de Dios? Jesús se dio cuenta de lo que pensaban y les dijo: ¿Por qué pensáis eso? ¿Qué es más fácil: decirle al paralítico «tus pecados quedan perdonados», o decirle «levántate, coge la camilla y echa a andar»? Para que veáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados..., entondes le dijo al paralítico: Contigo hablo: Levántate, coge tu camilla y vete a tu casa. Se levantó inmediatamente, cogió la camilla y salió a la vista de todos. Se quedaron atónitos y daban gloria a Dios diciendo: Nunca hemos visto una cosa igual. Marcos 2, 1-12 |
No hay mucha diferencia entre la escena evangélica de hoy y las que ocurren diariamente en los lugares santos que el hombre visita en busca de un milagro que le devuelva la salud. Ser mortal es ser desdichado, afirmaba Eurípides. Pero no hay peor desdicha que la de no ver el mal en su radical dimensión infinita: eso que Jesús llama pecado. La diferencia entre el tiempo de Jesús y el nuestro es que en el suyo el hombre no tenía tanta dificultad para reconocer la existencia de ese mal, acurrucado como una bestezuela en el corazón humano, pronta a sabotearle su libertad.
Cuando Jesús dicta sentencia, unos se admiran y otros se escandalizan; pero ninguno se ríe porque hable de pecado. Saben que existe, que es raíz de muchos otros males. Hoy, una mueca de sarcasmo, un gesto de indiferencia o desprecio surca el rostro de los sofistas y fariseos dispuestos a condenar a Cristo y a la Iglesia cuando pronuncian las palabras más ricas de misericordia: Hijo, tus pecados quedan perdonados. ¡Ah!, ¿pero existe el pecado? ¿Cabe en el hombre tamaña frustración que le obligue a ponerse de rodillas y suplicar como un pobre la limosna de la misericordia? ¿No repugna a su omnipotencia, labrada de orgullo, recibir de Otro la gracia de la absolución? ¿Para qué se han inventado tantos métodos psicológicos de exculpación incluso de justificación que le permiten absolverse a sí mismo cegando con sofismas las fuentes de su propia razón? Los portadores del paralítico buscaban la salud del cuerpo. Jesús mira al fondo y pone el dedo en la llaga: descubre su verdadera enfermedad y perdona sus pecados. La salud recuperada es un signo del sacramento que la trasciende. Jesús cura para revelar el perdón; y perdona sanando para manifestar la esencia misma de la misericordia. La mirada de Cristo va a lo esencial, ilumina la verdad oculta, y permite al hombre reconocer su pecado. Debería bastar este evangelio para que muchos cristianos recuperasen la confianza en la potestad de Cristo sobre el mal y se acercaran a Él pidiendo con fe la salvación y no sólo milagros; debería bastar el gesto de Cristo para que los ministros del perdón no tuvieran miedo de decirle al hombre, como aquel sacerdote providencial en la vida de Carlos de Foucauld, ponte de rodillas y confiesa tus pecados. Porque si algo nos trae este evangelio es una ráfaga de aire fresco, el aire de la más firme confesión de la Iglesia sobre el poder de Cristo, poder que abarca al hombre entero, cuerpo y espíritu, pero que no deja duda alguna sobre la primacía del espíritu. + César Franco |
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Siguiendo a los Santos Padres, todos a una voz enseñamos que ha de confesarse a uno solo y el mismo Hijo, nuestro Señor Jesucristo, el mismo perfecto en la divinidad y el mismo perfecto en la humanidad, Dios verdaderamente, y el mismo verdaderament hombre de alma racional y de cuerpo, consustancial con el Padre en cuanto a la divinidad, y el mismo consustancial con nosotros en cuanto a la humanidad, semejante a todo en nosotros, menos en el pecado; engendrado del Padre antes de los siglos en cuanto a la divinidad, y el mismo, en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, madre de Dios, en cuanto a la humanidad; que se ha de reconocer a uno solo y el mismo Cristo Hijo Señor ungénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación, en modo alguno borrada la diferencia de naturalezas por causa de la unión, sino consevando, más bien, cada naturaleza su propiedad y concurriendo en una sola persona y en una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo ungénito, Dios Verbo Señor Jesucristo, como de antiguo acerca de Él nos enseñaron los profetas, y el mismo Jesucristo, y nos lo ha transmitido el Símbolo de los Padres.
Así, pues, después que con toda exactitud y cuidado en todos sus aspectos fue por nosotros redactada esta fórmula, definió el santo y ecuménico Concilio que a nadie le será lícito profesar otra fe, ni siquiera escribirla o componerla, ni sentirla, ni enseñarla a los demás. Concilio de Caledonia (año 451) |