RetrocesoA&ONº 200/17-II-2000SumarioEn portadaContinuar
Cristo ayer, hoy y siempre
Ni es verdad que estamos sin noticias de Jesucristo, ni tampoco que el Señor de la Historia haya dejado ser noticia. Han sido las páginas de los semanarios de información general más prestigiados de nuestro mundo las que, con motivo del dos mil cumpleaños de Jesucristo, le han dedicado sus más granados recursos tipográficos. Recursos de olor rancio de teorías cristológicas hoy ya superadas. Sin embargo, detrás de tanta esquizofrenia de pretendida teología de papel prensa, Dostoyevsky tenía razón cuando propuso, en su ensayo Los demonios, aquella pregunta nada desdeñable: ¿Puede un hombre culto, un europeo de nuestros días, creer aún en la divinidad de Jesucristo, Hijo de Dios? Pues en ello consiste propiamente la fe toda.

The Economist, en su edición de 23 de diciembre pasado, nos recuerda que vivimos lo que los republicanos llaman «el momento de Cristo». La expresión surgió cuando, preguntado George W. Bush (hijo, de confesión metodista) acerca del filósofo político que más influencia había tenido en su pensamiento, respondió: «Cristo. Porque Él cambió mi corazón». La respuesta desató una riada de religiosidad pública, a la par que una viva polémica sobre su significado. Un momento que arranca, en las más granadas páginas del periodismo internacional con las preguntas herederas del pensamiento de la sospecha.

La revista Time del 6 de diciembre dio el pistoletazo de salida con un nuevo evangelio apócrifo de la pluma del novelista Reynolds Pryce. Su primer párrafo no tiene desperdicio: La memoria de cualquier período de años nos trae una lista de nombres, y uno de los modos útiles de recordar la historia de los dos milenios pasados es traer los de las personas que han tenido poder. Mahoma, Catalina la Grande, Marx, Gandhi, Hitler, Roosevelt, Stalin, Mao nos viene a la mente con rapidez, pero sin hacer cálculos más complicados, nadie negará que la figura más poderosa, en estos dos milenios, ha sido Jesús de Nazareth... Jesús fue un hombre que vivió una vida corta, en un lugar atrasado y rural del Imperio Romano y que murió en agonía como un criminal convicto y que nunca se propuso causar ni la más mínima porción de los efectos que se han obrado en su nombre. ¿Quién fue, entones, Jesús? ¿Cómo podemos saber más de él? Tenemos poco que pueda llamarse historia acerca de este hombre.

EL RETO DE JESÚS

Preguntas a las que Robert Sullivan del semanario Life, en su número de final de año, añade la de ¿cuál es el mayor logro del cristianismo en nuestro siglo?, en un amplio reportaje que concluye con las siguientes afirmaciones: Después de 2.000 años parece claro que el cristianismo no desaparece. Porque al final, como al principio, está la breve, pero dramática, vida de Jesús de Nazareth, y el poderoso mensaje que dejó tras de sí. No tanto la palabra —cualquier ley escrita— sino la idea de la palabra. Están las enseñanzas y las nociones radicales. Está el reto. Él estimuló la aspiración. Él animo al Hombre a hacer mejor las cosas, a ser caritativo, a perdonar. Habló de fe, esperanza y amor. Las instituciones suben, y después caen; las sectas cambian, sin propósito fijo, lo esencial; los buscadores persiguen la verdad literal o el cumplimiento espiritual. Todo en respuesta a un hombre que habló hace 2.000 años. Todo en respuesta al desafío o reto de Jesús.

Páginas y más páginas se van contagiando de los argumentos de las publicaciones precedentes en una confusa actualización de aquella estéril dicotomía que estableció Harnack entre el Jesús que predicó, el del amor universal, sin doctrina; y el Jesús predicado, acorralado bajo el peso de los dogmas. En Francia, será Le Nouvel Observateur, en su edición del 23 de diciembre; en Italia, Panorama reproducirá el texto de Time, con algunas interesantes variaciones como son la referencia al último libro sobre Jesús, del cardenal Biffi, o una breve entrevista al periodista Vittorio Messori, en la que señala que la gente quiere respuestas a las preguntas últimas, aquellas que están en el fondo, que nos hablan del sentido de la vida, no a las preguntas penúltimas.

¿Y en España? La revista Tiempo del 27 de diciembre incluye un amplio texto de Alfonso S. Palomares, que concluye de la siguiente manera: Hoy, al cabo de dos milenios, sabemos que Jesús ha sido el hombre nacido de mujer (Dios para los cristianos) que más ha influido en la Historia y en el pensamiento de Occidente. Superior a los dioses y a los profetas de todos los tiempos. En su nombre se hicieron las entregas más humanitarias para ayudar al prójimo, pero también se cometieron los asesinatos más crueles.

Otros ejemplos significativos son los presentados por el Magazine, del diario El Mundo, en el que José Manuel Vidal se imagina la vida de Jesús en el Madrid de nuestros días, acompañado por la omnipresente ciencia del inquirimiento sociológico que formula preguntas tales como Jesucristo¿sería guapo, feo o del montón?, a lo que la muestra, por cierto de muy baja fiabilidad, contestaba mayoritariamente del montón —70,6%—. Y, por último, la concienzuda aportación del sacerdote del relativismo teológico, Juan Arias, en El País Dominical, que continúa proponiendo las radicales preguntas sobre Jesucristo. ¿Qué sabemos realmente de su persona? Los documentos históricos profanos, es decir, no cristianos, que hablan de Jesús —generalmente escritos por historiadores romanos— son muy pocos y se pueden resumir en pocas líneas. Sin olvidar que no existe la certeza absoluta de que sean auténticos. El resto, incluidos los evangelios y demás textos del Nuevo testamento —escritos años después de su muerte y por personas que le conocieron, en algunos casos, de segunda mano—, pertenecen más al Jesús de la fe que al Jesús histórico. Por eso, para muchos historiadores, Jesús fue un personaje creado por los judíos disidentes, que necesitaban un Mesías que cumpliera las profecías del Viejo testamento, pero que nunca existió realmente. No en vano, el amplio informe concluye con esta muy esclarecedora confesión del autor: Los cristianos afirman con razón que para ellos lo más importante no es conocer lo que hizo y dijo Jesús, sino la fe en él, como Salvador de todo lo que hace al hombre esclavo fuera y dentro de sí mismo. Y quizá lo más chocante de su vida sea la hora de su muerte en la cruz. Considerado como Hijo de Dios por la Iglesia, se lee, sin embargo, en los evangelios que murió en la oscuridad de una crisis de fe tras haberse sentido solo y abandonado por Dios.

Quizá, llegados a este punto, lo mejor sea recordar lo que el cardenal y teólogo Ratzinger señaló en una conferencia pronunciada en Madrid ya en 1989: No voy a entrar aquí en la disputa, cada vez más confusa, en torno al Jesús «histórico», donde se va evidenciando que la reconstrucción de un Jesús puro hombre, despojado del misterio de su misión divina, conduce al vacío y se anula a sí misma. Exegetas relevantes como K. Berger y R. Pesch nos muestran que sólo la integridad bíblica da sentido a la figura de Jesús, y que el dislate cada vez más patente de los intentos de retrotraerlo a supuestos parámetros humanos de su tiempo obliga a volver a la figura indivisible del Jesús de los evangelios.

Han sido, con seguridad, millones los lectores de estas fabulaciones periodísticas sobre quien Jaspers dijo que era uno de los tres hombres que había dado la medida de lo humano. Pero, ¿por el hecho de ser sólo humano, el más humano, el hombre por excelencia? El cardenal Joseph Ratzinger ha escrito recientemente que el increyente tampoco puede negar que Cristo es un hecho actual; no preguntaríamos por su pasado si no existiera este «hoy». Es más, todo el mensaje de Jesús va dirigido a atraer a los hombres al reino de Dios, y, por tanto, a sobrepasar el marco del tiempo. La cuestión de Cristo es un tema propio de nuestro tiempo. Una época en la que se ha generalizado la opinión de que sólo podemos seguir al Jesús hombre, o al Jesús que representa lo mejor de lo humano, y no al Hijo de Dios. Pues bien, Jesucristo es el mismo, ayer, hoy y siempre, como dice la Carta a los Hebreos. Sólo podemos conocer hoy a Cristo si está unido al Cristo de ayer. El encuentro con Cristo se realiza en el hoy, en nuestra circunstancia histórica. Pero si no queremos quedarnos en un presentismo irreal, debemos bucear en el origen, en quién fue realmente Jesús cuando vivía entre los hombres. El sometimiento a las fuentes y la condición humilde de receptores de una tradición viva son condiciones básicas del encuentro con el Señor de la Historia.

José Francisco Serrano