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Os he visto en la tele y me he quedado de piedra. Vosotros dos, amigos míos y amigos entre vosotros, situados en bandos diferentes y contrarios. ¡No me lo puedo creer! Manolo, Mustafá, ¿ya os habéis olvidado de los tés, los zumos o la cerveza, según, que nos hemos tomado juntos? No puedo creer que se olvide tan pronto una buena amistad, una buena vecindad siquiera. Os he visto lanzando insultos, gritos, alguna piedra y ¡qué miradas de odio! No puede ser, porque en uno y otro bando estábais vosotros y, seguramente, gente como vosotros.
¿Qué ha pasado, qué pasa allá dentro de nosotros? Decir esto es imprescindible, porque lo más cómodo sería echaros la culpa a vosotros, que tenéis vuestra ración, pero no sois los únicos: El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra, como dijo Jesús; y al sentirse descubiertos, se abrieron en un desfile rápido hacia la oscuridad de sí mismos. Pero ¡todos somos fariseos!, si bien de manera y en grado diferentes. Que no se olvide. Mustafá, Manolo: nunca os dije que yo fuera creyente, y os habrá extrañado mi referencia a Jesús de Nazaret. Pues sí, lo soy, y colaboro en Cáritas Madrid. Confieso que a veces me dejo también iluminar por los poetas y los humoristas. ¡Cómo rompen los tapujos con que ocultamos nuestras mentiras! Esta semana me he sentido provocado por un humorista, cuyos personajes hablaban así: Han elegido a El Ejido los racistas, los nazis y los pilatos pobres ejidenses... ¡Qué fuerte, amigos! Y, sin embargo, una verdad como la copa de un pino. Ya tengo claro que somos racistas cuando miramos por encima del hombro a los que tienen otro color en su piel y otra mirada en sus ojos. Sobre todo, si, además, son pobres y llegan en grupos, buscando trabajo. ¡Si vinieran en yates de lujo a Puerto Banús, pecho por tierra! Con los que vienen del Norte, hablando inglés, o alemán o francés, con ésos no somos racistas sino, a lo más, acomplejados. Somos racistas cuando decimos: Yo no soy racista, pero... llevamos mal compartir el ascensor o la escalera con un gitano o con una pareja de magrebíes o de negros. Somos racistas cuando nos atrincheramos en nuestro grupo y damos por supuesto que tenemos más derechos a las cosas y a la felicidad que los otros. Te digo, amigo Manolo, que viendo estos días la tele, me daba vergüenza ser de los nuestros. |
| TODOS SOMOS EL EJIDO
Tú, Mustafá, quizá no sepas que, en el mundo cultural cristiano, Pilatos es un personaje capaz de lavarse siempre las manos para eludir cualquier responsabilidad en lo que ocurre. ¡Hay muchos Pilatos sueltos! ¿Quién de nosotros no ha sido Pilatos alguna vez? Pilatos son los que cuelgan a otros el sambenito de esto o lo otro para parecer ellos impolutos. Los que, en el poniente de Almería, pagan salarios de vergüenza (4.500 pesetas por nueve/diez horas al día, a 50 grados de calor, bajo los plásticos) y exigen al Gobierno que se ocupe de los inmigrantes y les facilite vivienda, sanidad, escuelas... El negocio, por cuenta suya. Pilatos son, somos, los que levantamos la voz o el dedo acusador a los demás, antes de escuchar el grito de los pobres, desheredados, forasteros, de los que carecen de cultura, de techo, de nuestro idioma, hasta de papeles, lo que les hace ir por la calle mirando siempre de reojo, no sea que se acerque alguna autoridad... Manolo, Mustafá: tengo ganas de que lleguen las fiestas de abril para acercarme a El Ejido. ¿Podremos de nuevo tomar juntos el té, el zumo, o la cerveza? No será fácil, pero debemos hacerlo posible, aunque el odio se haya visto a través de la mirada. Ningún odio debe ser para siempre. Nos jugamos el futuro de las próximas generaciones, nuestros hijos entre ellas. En esta tierra nuestra, como en toda Europa, como en casi todo el mundo, el paisaje humano será cada vez más multicolor. ¿Por qué poner barreras o reclamar peajes por el color de la piel o el acento del idioma? ¿Puedo decir hoy que soy amigo de los dos, a pesar de lo que ha llovido en El Ejido en las últimas semanas? A. Vicalcán |