RetrocesoA&ONº 200/17-II-2000SumarioMundoContinuar
Un acontecimiento sin precedentes en Roma
Jubileo de los enfermos
Quince mil enfermos, de los cuales más de cuatro mil en silla de ruedas, y una decena en camilla, mil doscientos voluntarios... Éstos son los números del acontecimiento único que vivió, por primera vez en su historia, la ciudad de Roma el pasado fin de semana. Se puede decir que el de los enfermos será, sin duda, el Jubileo más seguido de este Año Santo, pues en todo el mundo, en miles y miles de hospitales y casas, millones de enfermos se unieron espiritualmente a esta imponente peregrinación.

El momento culminante tuvo lugar cuando, en la Eucaristía en la que participaron 35 mil personas entre enfermos, voluntarios, médicos, enfermeros y farmacéuticos, Juan Pablo II administró la Unción a diez enfermos graves. Unas doscientas personas también recibieron este sacramento, en esa misma ceremonia, de manos otros diez obispos, entre quienes se encontraba monseñor Lozano Barragán, Presidente del Consejo Pontificio de la Pastoral de la Salud.

El despliegue organizativo tampoco tiene precedentes en la historia de Roma. No se dejó ningún detalle al azar para reducir, lo más posible, los comprensibles trastornos que podían experimentar estos peregrinos. Una vez más los números hablan por sí solos: la empresa municipal de transportes de Roma puso a disposición casi 140 autobuses dotados de plataformas especiales y de sillas de ruedas; se movilizaron dos mil voluntarios; 80 médicos estuvieron a disposición en todo momento.

En la plaza de San Pedro, la UNITALSI (institución católica que organiza peregrinaciones a los santuarios marianos) colocó una tarima con una moqueta roja de más de cinco mil metros cuadrados que, gracias a un sistema de resistencias eléctricas, permitió a los enfermos seguir el acontecimiento sin sentir las consecuencias de la temperatura invernal.

Al dirigirse a los enfermos, Juan Pablo II explicó que, si bien es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios, es muy importante también saber leer el designio de Dios cuando el dolor llama a nuestra puerta. Y esta clave de lectura está constituida por la Cruz de Cristo.

La Iglesia entra en el nuevo milenio apretando contra su corazón el Evangelio del sufrimiento que es un anuncio de redención y de salvación —añadió Juan Pablo II—. Hermanos y hermanas enfermos, vosotros sois testigos singulares de este Evangelio. El tercer milenio espera este testimonio de los cristianos que sufren.

EL SENTIDO DE LA ENFERMEDAD

Los agentes sanitarios eran también protagonistas de este Jubileo. Fueron ellos precisamente los que abrieron las celebraciones con un Congreso de dos días en el que estudiaron los desafíos que tiene que afrontar el médico, el enfermero o el farmacéutico católico en estos momentos en los que la sanidad experimenta también el impacto de la globalización y de criterios economicistas que, en ocasiones, pueden llegar a anteponerse a la dignidad del enfermo. Los profesionales católicos del mundo de la salud concluyeron con un documento en el que se reafirma la primacía del hombre, especialmente del enfermo terminal, por encima de cualquier otro criterio.

Uno de los momentos más emocionantes de las celebraciones del Jubileo de los enfermos fue la procesión de las antorchas que, por primera vez, se organizó recorriendo la Vía de la Conciliación hasta desembocar en la plaza de San Pedro. Participaron unas 60 mil personas y se experimentó ese estremecimiento típico que produce en Lourdes la fe del enfermo que reza.

Tras un emocionante Viacrucis celebrado al día siguiente en el Coliseo, el broche de oro de este Jubileo inolvidable tuvo lugar con otra fiesta, organizada esta vez en la Sala de las audiencias generales del Vaticano en la que participaron seis mil personas, en su mayoría enfermas. Uno de los presentadores fue Terence Hill, el inolvidable compañero cinematográfico de Bud Spencer. Enfermos y grandes artistas fueron los encargados de animar la velada. Fueron particularmente emocionantes las palabras pronunciadas por Olivia Newton John, quien ha superado un cáncer de pecho, o las del cubano Compay Segundo, quien a sus 92 años vino a Roma con su banda de 12 músicos porque, como dijo, soñaba con cantar para el Papa, o las de la cantante irlandesa Scarlett, quien desde hace cinco años está en una silla de ruedas a causa de un accidente de tráfico.

La fiesta se convirtió así en un testimonio sobre la manera en que la fe puede dar sentido al dolor y al sufrimiento. Como dijo el campeón estadounidense de voleibol de los años setenta, Kirk Kilgour, quien desde hace 24 años tiene que moverse en silla de ruedas: Le pedí a Dios que me diera fuerzas para emprender proyectos grandiosos y me ha hecho débil para mantenerme en la humildad. Le pedí a Dios que me diera la salud para realizar grandes empresas: y me ha dado el dolor para comprender mejor...

J. C. Roma